Mirar: Percepción pública y ejercicio de la política: ¡un antes y un después!

Por Francisco S. Cruz viernes 9 de junio, 2017

Aunque hace mucho tiempo que el ejercicio de la actividad política, en Latinoamérica, esta signado por un estigma cuasi colectivo: ¡profesión de ladrones!, no es menos cierto que la clase política y su liderazgo, con algunas excepciones, actuaban –antes del mega escándalo Odebrecht– con tal desparpajo e inobservancia sobre el tema –corrupción pública-privada- que daba entender una de dos: que estaban obnubilados en su zona de confort; o que, tal vez,  estaban convencidos de que, el escrutinio público-colectivo, vale decir, el ciudadano de a pie, jamás llegaría a asociar pésimos servicios públicos (salud y educación, básicamente) y ausencias de programas sociales y de políticas públicas -para conjurar falencias históricas-estructurales- con prácticas corruptas, clientelismo político, evasión de impuestos, dolo, soborno, falta de rendición cuentas; pero, sobre todo, ausencia de un régimen de consecuencias.

 

Por ello, coincido con Mario Vargas Llosa cuando escribió que: “Algún día habrá que levantar un monumento en homenaje a la compañía brasileña Odebrecht, porque ningún Gobierno, empresa o partido político ha hecho tanto como ella en América Latina para revelar la corrupción que corroe a sus países ni, por supuesto, obrado con tanto empeño para fomentarla”. En otras palabras, el aluvión brasileño, a mediano o largo plazo, hará más bien que mal, pues políticos y empresarios ya saben que la época de ciudadanos pasivos e indiferentes ante la corrupción pública-privada paso de moda, y mas, cuando el fenómeno redes sociales más que canal-exhibición de banalidades, ha devenido en herramienta eficaz y expedita para denunciar, fusilar (reputaciones publicas) y, como vimos, con la ola Primavera Árabe, como mecanismo de presión social y política para convocar huelgas, articular movimientos sociales y derrumbar gobiernos.

 

De modo, que ya nada ni nadie está fuera del alcance de las redes sociales, del rumor público ni del seguimiento publico exhaustivo si se es figura pública, líder político, ente empresarial, es más, ni siquiera, están a salvo -y desde hace tiempo-, líderes religiosos (Incluido, por supuesto, el mismísimo Papa o el Patriarca de tal o cual denominación religiosa).

 

Lo que vivimos –hoy día-, tal cual lo esboza Moisés Naím (El fin del poder), es un proceso lento pero indetenible de la fragmentación del poder (en donde los políticos –en todo el mundo- se están llevando la peor parte).

 

Y no hay juez ni sistema judicial –al menos en Latinoamérica (con algunas excepciones)-, que pueda administrar justicia –frente a cualquier caso de corrupción pública-privada- haciendo abstracción ingenua de ese fenómeno político-social, so pena de generar, de actuar apegado estrictamente a lo jurídico-doctrinario, mayores conflictos fuera del ámbito de lo que se llama el “debido proceso”, sin reparar en el riesgo, por otro lado, posible de desatar o incubar turbulencias sociales. Esto, porque –y hace rato- ya prima en la conciencia colectiva la percepción, prejuzgada o no, del estigma hemisférico –extensivo, incluso, a otras latitudes desarrolladas- que acompaña al oficio de político.

 

Por supuesto, algunos actores políticos –en Latinoamérica-, tal repulsa y presunción, se la ganaron a pulso, pues por mucho tiempo jugaron a creer que la ciudadanía jamás se enteraría de sus tropelías, o que peor, terminaría asociando atraso social e institucional con gestión pública sin transparencia, rendición de cuentas ni régimen de consecuencias. Aunque, en algunos casos, exhibición-ostentación -de riquezas “espontánea”- haya sido el detonante.

 

Y ya sabemos que, cuando algo se hace percepción pública, es casi imposible borrarlo de la mente o fijación colectiva. Por ello, resulta cuesta arriba (o “pedir peras al olmo”), cuando estamos conteste que, por mucho tiempo, se jugó –en toda Latinoamérica- al olvido obviando índice de percepción pública (que han arrojado –por décadas- estudios respetables), el fenómeno de la redes sociales, y lo que es peor, las ansias de resarcimiento colectivo y de castigo.

 

Entonces, en momento así, es mejor aferrarse a la sapiencia-agudeza divina o, a la prudencia de un sabio que, equivocado no, esté mirando por encima de las circunstancias, o como dijera Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Valga la redundancia.

 

 

                                          

 

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