“Ministerio de la Verdad” en USA

Por Alfredo García

Hace cosa de dos meses el departamento de Homeland Security (DHS) o Departamento de Seguridad de Estados Unidos, a cargo del Secretario Alejando Mayorkas, de origen cubano, intentó crear una especie de buró o comisión llamada “Disinformation Governance Board”, el cual a sólo tres semanas de su creación quedó descontinuado según informó el Washington Post.

Esta iniciativa que estaría encabezada por Nina Jankowicz, una experta en temas de desinformación digital, aunque en su intención buscaba crear una estructura que haga frente a las llamadas “fakenews” o noticias falsas, en su intento por ponerla en marcha se enfrentó con obstáculos transversales que impidieron su avance.

Y uno de éstos fue determinar quién o qué designa qué es verdad o qué es mentira, y en función de cuales criterios se llega a estas conclusiones, pues bajo este entendido la verdad será sólo aquella que quienes administren el “board” designen como tal y la mentira será todo aquello que no convenga sea difundo o lo que simplemente se quiera etiquetar como tal.

De algún modo esta comisión suplantaría la Primera Enmienda de la Constitución americana, la cual celosamente resguarda el derecho a la libertad de expresión, dado que ante la nueva realidad, los casos sometidos no serían analizados a la luz de lo consignado en la Constitución, si no bajo el criterio del nuevo “Disinformation Governance Board”.

En ese sentido también es bueno señalar que se atentaría de igual forma contra la libertad de expresión, un derecho sagrado y consignado por demás en la carta de la declaración de los derechos humanos.

No estoy de acuerdo en mentir, pero decir mentira no es delito y la constitución americana no penaliza por decir mentira a menos que sea bajo juramento en estrado, el congreso o ante un oficial de gobierno, o que la mentira sea sistemática, aviesa y con la intención de difamar, dañar honras o perjudicar de alguna u otra manera a terceros.

Es claro que con el advenimiento de la comunicación y su crecimiento exponencial, el gobierno americano quiso crear un órgano que pueda hacer frente a las noticias falsas que abundan, confunden y desinforman e incluso en ocasiones pueden poner en riesgo la seguridad nacional, pero hay una línea muy fina entre proteger de las noticias falsas y amordazar pues quienes tengan dicha potestad pudieran olímpicamente controlar la narrativa en aras de que sólo sean escuchadas las voces e historias conforme a sus intereses.

Imaginémonos por un momento a un Donald Trump teniendo a su disposición un “ministerio de la verdad” como se le bautizó al “Disinformation Governance Board” en Estados Unidos, un órgano que le permita controlar la conversación en redes sociales, televisión, prensa, revistas y radio, al punto de poder perseguir a aquellos que tengan divergencias con él o simplemente hablen mal de él por deporte. Esta sería una herramienta política de proporciones colosales que le permitirá silenciar por medios legales a sus adversarios políticos.

Asimismo, analicemos lo que supone entregar aquel poder a una persona que sólo quiera que se propague y promueva su punto de vista, ante ese escenario, todo lo que se diga en contra de esa verdad sería catalogado como mentira, de manera que se anula el debate porque si difieres puedes ser perseguido por “la justicia”.

Y el problema tiene alcances mayores pues de haberse concretado, dicho ministerio pudiera permitir la difusión de mentiras disfrazadas de verdad, dado que bajo su prerrogativa estaría determinar qué es verdad y qué no, y si ellos dicen que una mentira es verdad, entonces automáticamente deja de ser mentira y aquel que contradiga esa mentira que luego se convirtió en verdad, será sometido y en el proceso para determinar si es inocente o no, queda quebrado con las costas legales, en lo que se averigua el caso.

Entiendo oportuno que la libertad de expresión debe ser defendida a toda costa, pues bajo el actual marco legal, se ha crecido de manera exponencial en ese aspecto evidenciado en que nunca como ahora, las audiencias se habían sentido más empoderadas en un ejercicio pleno de esa hermosa democracia que transfiere el poder al pueblo como es la libertad de expresión.

Finalmente creo que la libertad de expresión no debe tocarse y menos debatirse, porque genera nervios a causa de los efluvios del pasado.

Por Alfredo García 

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