Mi recuerdo  y  testimonio sobre el hermano Juan Pablo Medina

Por Enrique Aquino Acosta viernes 8 de noviembre, 2019

En el año 1986  tomé la decisión de emigrar  del país hacia la ciudad de New York. Quería progresar económicamente, como aspira todo emigrante. Necesitaba  cambiar el rumbo  de mi vida  y  realmente lo logré, pero  no como yo pensaba.

A la altura del  año 1993 había  pasado  por diversas pruebas y ante  tales circunstancias, mi compañero de trabajo, Mario Gin, me invitaba  a  la iglesia donde él se congregaba para  que escuchara el mensaje del Evangelio. Yo no mostraba interés. Ignoraba que me invitaba  a la “Iglesia Menonita “Ebenezer”, ubicada en el 1126 de la Av. Sherman  en el Bronx, New York.

Mi primera visita a la citada iglesia ocurrió un domingo. Allí  permanecí  un año escuchando el mensaje del Evangelio, pero sin dar el paso de fe. Sin embargo,  una mañana, mientras  terminaba  la  Escuela Dominical,  la maestra, Arcelia Suero, preguntó con voz tierna: “¿Hay aquí alguna persona que  quiera  recibir a Jesucristo como  Señor  de su  vida  y Salvador de su alma?”

Mientras meditaba la respuesta que  quería dar sentí una especie de corriente  eléctrica y fuertes latidos en mi corazón  y me dije a mi mismo: no voy a barajar más lo que debo hacer. Necesito arrepentirme de mis pecados. Entonces, me  puse sobre mis pies, levanté mi mano derecha y dije que quería recibir  a Jesucristo  como mi Señor, Guía de mi  vida  y Salvador de mi alma. Desde ese momento, la gracia de Dios y su Santo Espíritu  dirigen  el timón  de mi vida para que no tropiece ni caiga en pecado. Este milagro ocurrió en el  año 1993.  Haga usted lo mismo.

Seis años después, en el año 1999, se comentaba que el mundo  acabaría al iniciar el año 2,000.   Tal augurio  se sumó al interés que yo tenía de regresar  a mi país con mi familia y lo  hicimos, gracias a Dios, en mayo del 1999.

Una vez en el país, comencé a buscar una iglesia cristiana  para congregarme con mi familia. La  encontré en la Avenida  Padre Castellanos (antigua Calle 17), esquina Albert Thomas. Allí vi un letrero que decía “IGLESIA MENONITA EL BUEN PASTOR”. Me detuve inmediatamente y  anoté el horario de los cultos y el próximo  domingo en la mañana, me presenté  ante la congregación.

En aquel lugar santo se congregaba un siervo de Dios que resultó especial para mí: tuve el honor de conocer  a mi  hermano en Cristo, Juan Pablo Medina, padre del Licenciado Danilo Medina, en ese momento Secretario de la Presidencia de la República, si mal no recuerdo, a quien usó Dios para  apoyar económicamente la construcción del templo de  la referida  iglesia, según me contaron, posteriormente, varios hermanos.

De igual modo, me plació conocer a  la hermana Amelia Sánchez,  esposa  del hermano Juan Pablo Medina y madre del Presidente Danilo Medina y de sus otros hermanos y hermanas, de los cuales recuerdo, a  Milcíades  y  Araceli. Con ellos compartí  el mensaje del Evangelio por más de 5 años.

Recuerdo muy bien al hermano Juan Pablo Medina en el área  espiritual. No era un simple miembro de aquella iglesia, sino, que formaba  parte de su Junta Directica y  era uno de sus líderes más activo. Su buen testimonio lo conocía todo el mundo. Se  sentaba delante, en la fila izquierda, para orar y escuchar con atención  la Palabra de Dios. Desde allí, alababa y adoraba con gozo a nuestro Dios. Otras veces dirigía cultos y predicaba el mensaje del Evangelio, desempeños con los que mostró sus firmes convicciones cristianas.

En el plano personal,  el hermano Juan Medina fue un hombre sencillo, modesto y  humilde. Solía  llegar a la congregación  en un carro público y cuando terminaba  el culto, se  paraba  frente al edificio de la iglesia a esperar otro carro para que lo dejara cerca de su casa.  Por eso, me le acercaba algunas veces y  le pedía  que se fuera en mi vehículo, pues,  ambos vivíamos en  la zona oriental. Recuerdo que siempre  aceptó y agradeció mi servicio.

Durante el trayecto que recorríamos hacia su casa, tratábamos asuntos relacionados con el Señor y nos gozábamos. Al llegar, fluía  su espíritu de cortesía y me ofrecía una silla y algún brindis. Me despedía siempre con sus frases habituales:”muchas gracias, hermano”. “Dios le bendiga”.

Luego, dejé  de ver al hermano Medina, debido a que  comencé a congregarme en otra iglesia cristiana, pero conocí, posteriormente,  a la señora Jacqueline  Medina, mientras trabajaba en la  Contraloría General de la República, a quien  pregunté  si  era familia del padre del Presidente Danilo Medina y me dijo: él es mi tío. A  partir de  ahí, le preguntaba  siempre  por la  salud   de él y  le expresaba  mi  interés  en  verlo.  Ella prometió  coordinar una visita para que lo viera.

Sin embargo, un día me dijo: la visita a “Pablito” no es posible, debido a que confronta serios problemas de  de salud, los cuales impiden que se le visite. Como consecuencia de ello,  el domingo 3 de  los corrientes leí el titular de un periódico que decía: “MUERE EL PADRE DEL PRESIDENTE  DANILO MEDINA”.

 La noticia me entristeció. Sin embargo, recordé  que el hermano Juan Pablo Medina vivió y murió para Cristo. Eso consoló mi corazón. Entonces, clamé al Señor y le dije: me acojo a tu voluntad, Señor. Tú sabes lo que haces y conoces los tiempos. Recibe el alma de mi hermano Juan Pablo Medina y  Gracias, Señor, porque  él  vive  contigo para siempre.

Por tanto, eso recuerdo y testifico de mi amado hermano Juan Pablo Medina, que fue un hombre temeroso de Dios, fiel, responsable y esforzado en su obra. También  fue  amoroso y responsable con su familia y hospitalario, cortés, amable  y  generoso  con las demás personas. 

Finalmente,   expreso  mis condolencias sinceras al Presidente Danilo Medina, a  sus hermanos, hermanas y demás familiares, por la muerte de mi amado hermano en Cristo, Juan Pablo Medina.  Los invito a seguir las instrucciones de nuestro  Padre Dios, por medio de Jesucristo y su Santa Palabra.  Sírvanle  y  ámenlo  con todo su corazón, alma, cuerpo y fuerzas  y  mantengan la fe, obediencia y compromiso que  tuvieron su padre y su madre ante Dios.

Por: Enrique Aquino Acosta

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