Mi primera comunión

Por Román Polanco Sábado 25 de Marzo, 2017

Las especies, con o sin forma entendible de vida, son un juguete de la evolución y las religiones.

Este contexto, aburrido, por cierto, me ha sujetado hace muchos años en cuanto a la diferencia en pensamiento de grupos sociales. Existe una brecha digital que hace mover las sociedades acomodando sus tejidos culturales en fusión con el modernismo digital y sus consecuencias. La vida misma ha dejado de ser un circulo, el modernismo cautivador ha sujetado el universo humano por el cuello.

La mujer que antes era un ente de compasión, hoy se suma a la lucha con un protagonismo muy peculiar. Ha cambiado de figura, cadera, pensamiento y forma de arrojar vida. Ahora lleva, escondido dentro de su refajo, un falso vacío de verdades.

Los hombres vivimos en un tiempo tangible e invisible, sujetados a un pretérito de todos los espacios, un lugar donde la razón está por encima y por debajo de la violencia; ya se puede escuchar los latidos agonizantes de una naturaleza que parece que no está viva. No se atreva hacer preguntas a la naturaleza, ya es incógnita, compulsiva, reacia, incompleta, abrupta.

Ya hemos decidido dejar por sentado que somos malos produciendo entendimiento con el futuro; para bien. Existe una forma implantada de autoengaño que constantemente actúa contra el bien. El pecado se ha convertido en una confusión, no sabemos quién peca, perdió su significado esa opción. Nosotros no somos los dueños del mundo, pero si somos hijos del dueño.

No todo está perdido, aunque estemos ligados a la acumulación del archivo cerebral, de alguna forma tendremos que mediar para buscar opciones de bien común porque como somos enseñamos el comportamiento a los demás.

La religión es una forma implantada de autoengaño, una estructura que conjuga el bien y el mal

indefinidos para pecado, perdón, confesión y confusión. En la religión las energías renovables de su belleza entraron en conflicto. La iglesia parece, perdió el sentido de su estructura colosal de servicio humano. Quien estudia la belleza no necesariamente tiene que ser bello. Creo en las organizaciones donde la belleza y su obra de servicio se disparan y el esplendor reluce. Hoy mirar un templo es como ver un reloj antiguo.

La iglesia en alguna época debió exhibir un marketin emocional por su belleza interior. Los hombres depositaban en sus templos una mirada indiscreta que era inevitable. Hoy todo ha cambiado los detalles el valor, incidencia y una forma peculiar para elegir enemigos. Que habilidad tienen las iglesias para ocultar su pasado; en el cargador de su vida la belleza contaminada tenía mucha bacteria. Desde mi primera comunión me sujetaron por el cuello.