Mi Papá, Ramón Robles

Por Rolando Robles miércoles 5 de abril, 2017

Mi papá es un tipo raro. Todo el que lo conoce sabe que Ramón Robles no “coge corte”; eso quiere decir que él piensa y actúa linealmente, que no reconoce puntos medios, cuando de la seriedad se trata: Usted o es serio o es sinvergüenza, nada de mas o menos.

Es por ello que no transige -ni siquiera ante sus mas cercanos amigos y relacionados- cuando de la honradez se trata. Al principio yo creía que se debía a sus años de policía en el Departamento de Robos, pero luego descubrí que es un asunto visceral que mi Viejo expele por los poros. “Una cosa es ser honrado y otra es no haber tenido nunca la oportunidad de robar”; esta proclama retrata de cuerpo entero al policía suspicaz, al cocolo intransigente que si razona y al hombre formado en la escuela de valores, en la familia tradicional.

Me he pasado la vida entera observando a mi Papá, pero no es sino hasta hoy, siete décadas después de que me cortaron el ombligo en Los Llanos, SPM, cuando me dispongo a compartir con mis amigos los diferentes enfoques que el Viejo le da a la vida.

Siendo cocolo y -¡a mucha honra! afirma de inmediato- el Primo se puede definir como un tipo cuadra’o, o sea, que no es fácil hacerlo rodar. No hay manera de meterle en la cabeza que un hombre pueda ser serio y marica a la vez. “Es que esos dos verbos no se conjugan en el mismo tiempo”, afirma con soltura, mientras alardea de sus conocimientos gramaticales.

Sin embargo, recuerdo también, el respeto, cariño y agradecimiento con que se refiere a cada uno de esos “hombres” que le sirvieron como cocineros en el Comedor Constelación, su antiguo negocio y que eran confesos homosexuales. Esta dualidad de criterio, evidencia que el viejo Mon siempre habla “de la boca pa’ fuera”, porque su corazón solo alberga bonhomía y sentido de paternidad.

Eso, la paternidad, es quizás la medida mas exacta de su catadura. “Si usted ha estado bregando con una mujer y ella le dice que salió preñá y que es suya la barriga, eso no se discute. Ese muchacho es suyo, y si no lo es, cójaselo y críelo; que a fin de cuentas, puede salirle mejor que todos los otros. No se ponga a estar exigiendo pruebas, que esa vaina del ADN la inventaron para apoyar las sinvergüencerías de los bragueta floja”

De poca formación escolar, Mon se enganchó a la Policía a comienzos de los 40’s y pidió su baja el mismo año que hicieron la Feria. Pero esa academia, que es la vida, le dio todos los conocimientos necesarios para dejarme una herencia de decoro y prudencia que ya quisiera yo poder transmitirla íntegra a mis descendientes.

Tengo que proclamarlo a viva voz y con toda sinceridad: si yo soy gente en esta vida, es porque soy hijo de Ramón Robles; y desde luego, también he de agregarle que ¡a mucha honra!

Cuando estaba próximo a cumplir los 92 años, me dijo con toda la autoridad que le confiere el deber cumplido al hombre: “Gallo, calcúleme los años en días; yo quiero saber ¿cuántos días es que realmente yo tengo sobre la tierra?”

Hice los cálculos correspondientes y eso arrojó que al día de cumplir sus 92 años (en el 2016), mi Papá había vivido la friolera de 33,959 días. Con la cuenta hecha y revisada y la solicitud cumplida, pero intrigado por saber cuál era la razón de tan singular demanda, le pedí una explicación y con franqueza me dijo lo siguiente: ”Muchachón, para cumplir años hay que esperar mucho y yo no tengo tanto tiempo, déjame ir cumpliéndolos por día. Así yo celebro desde que me despierto y al otro día, vuelvo y cumplo otra vez y vuelvo a celebrar”. De tal manera que al momento de escribir estas líneas (03-26-2017) mi Taita ha visto 34,086 amaneceres.

Este razonamiento, que evidencia sin duda una preocupación, me hizo empezar a escribir sin demora los recuerdos que aun conservo de my father, antes de que el “viejito” ese alemán que llaman Alzheimer me los lleve por momentos y luego no pueda reconstruirlos con exactitud.

Puedo recordar con claridad que vivíamos en San Francisco de Macorís en los años 50’s; pero no recuerdo haberlo visto jamás borracho, siempre ha bebido con moderación. Tampoco ha ejercido el celibato, pues considera la soltería como una aberración. Es que Mon Robles nunca pudo dormir solo; hasta las siestas solía tomarlas con su mujer al lado.

“Si mi mujer se acuesta ¿qué yo hago levanta’o? exclamaba con soltura, y eso talvez explique el porqué siempre madrugaba. Después que dejó la Policía, el viejo Robles por lo general se “acostaba con las gallinas” e indefectiblemente, sostiene con una sonrisa muy pícara que: “las malas noches se pasan acostado, que total, ni tan malas son”

También recuerdo que las últimas parejas del Zorro son todas mas jóvenes que yo; y que varios de mis hermanos nacieron después que mis hijos. Es que “don Ramón no es fácil”, agrega convencida Mía, mi media naranja, una aguerrida y fiel defensora de su suegro.

Mi Padre habla de las mujeres con mucha galantería, especialmente las que pudo convencer de que seguirlo a él era mejor que “subir al cielo”. Sin embargo, siempre se vive quejando de todas. Será para parecer que es muy rudo con ellas o talvez en el fondo solo quiere encubrir su debilidad.

Por una parte proclama un razonamiento un tanto mañoso e irreverente pero muy sentido: “si las mujeres fueran tan buenas, ¿por qué Dios no tiene la suya?, ni el Diablo tampoco”. Pero a seguidas agrega: “si no fuera por esas malvadas ¡cuántos trabajos se pasan, carajo!”

Juan Ramón, uno de sus nietos, afirma que: “aunque él dice que prefiere las mujeres flacas, en eso de enamorarse, los hechos han demostrado que Abuelo no tiene prigilio”. Y yo que soy su hijo mayor -por tanto el que mas lo conoce- casi apoyo esa sentencia de mi muchacho, pero a decir verdad, y revisando mentalmente “la bitácora de guerra” del viejo Zorro, no veo anotada ninguna dama de volumen excepcional. Al preguntarle al respecto, me dice convencido: “es que pa’ gordo estoy yo, Mi’jo”

Cuando se dobla la curva de las seis décadas, o sea, la edad de retiro forzoso del campo de batalla; cuando según el mismo don Ramón a los bateadores finos -los de promedio sobre los 300- que solo lo sacan a batear de emergente en la novena entrada y con el partido empatado; ahí es donde tienen que demostrar que son cañoneros de verdad; ahí, cuando solo queda maña para competir con la energía hay que matar por orgullo, aunque el infarto aceche.

Para entonces -los años 80’s- había una joven y esbelta mujer que pasaba frente a Constelación, temprano por las mañanas y que lo tenía medio alborotado. Con gran donaire y paso cadencioso, ella, cual Caperucita, se resistía a las propuestas del Lobo con un hermético silencio y la indiferencia propia de la última Coca-Cola del desierto.

Un buen día él, desesperado por el desdén de la fémina, le arrojó a los pies un costoso bolígrafo que yo le había regalado, mientras le decía con dulzura, pero a modo de súplica y queja a la vez: “malvada, písame el lapicero aunque sea, que yo con eso me conformo”. Ella, sorprendida y sonriendo por la ocurrencia, se detuvo brevemente y lo miró …., y esa fue su perdición.

Pasado el tiempo le pregunté por el nombre de la damisela -que resultó estar casada- y con gran sobriedad me respondió: “Macho, los caballeros no tienen memoria; nunca recuerdan nombres, circunstancias, fechas ni lugares; y trate de no olvidarse nunca de ese principio”.

Palabra de Dios, me dije yo a mí mismo.

Iván, el mayor de sus nietos, recuerda una conversación de esas que les dedican los viejos a los muchachos para “alinearlos”, mientras se apura un sorbo de café. Para entonces mi primogénito era un mozalbete y con la candidez de la edad y la osadía que da la confianza, le pregunta: ¿Abuelo y cómo es que usted puede bregar con mujeres tan jóvenes, siendo un hombre ya mayor? La respuesta, sin dudas, fue de antología.

“Oh muchacho, primero con la cartera. El hombre que no ‘camina’ nunca lo dejan que ‘llegue’ y después, pero si te aceptan en el ruedo, hay que ser como los finos gallos de pelea, que si no matan con la espuela, matan con el pico”

Hoy a mas de treinta años de esa íntima parrafada entre abuelo y nieto, Iván me confiesa con una mezcla de orgullo y profunda afirmación:

¿”Te digo algo Pa’? Abuelo no es de este mundo, él vino de otra galaxia”.

Mas luego, en otra entrega, les presentaré un retrato mas formal de mi amigo de toda la vida. De ese Ramón Robles que aunque no recibió una gran formación escolar, siempre supo distinguir las posiciones políticas de avanzada y alinearse con los mejores intereses patrios.

 

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