Mi nuevo amigo, Camilo

Por Roberto Fulcar sábado 19 de octubre, 2019

Tengo un nuevo amigo, su nombre es Camilo, de sonrisa sin frenos y mirada al centro de la frente; esbelto y de paso largo al caminar. Lo conocí la tarde del 14 de septiembre en Neyba, tierra de uva y de aguas frías.

Teníamos prisa por llegar a la Casa de la Cultura, donde nos esperaba una nutrida concurrencia convocada a la presentación de la propuesta de César Acosta -Casarín- para la alcaldía del municipio, un similar acto anterior en Tamayo nos había retrasado. Bajamos del vehículo media cuadra antes -el frente del local estaba ocupado- y caminábamos hacia la puerta cuando él se abrió paso y me abordó diciendo, entre afirmación y pregunta: Tú eres Roberto?, yo te veo en la televisión.

Su extroversión me impactó. Le dije: Si, soy Roberto, estoy a tu orden. Y tú, quién eres?, a lo que respondió como movido por un resorte: Me llamo Camilo.

A pesar de la prisa, no pude evitar un breve diálogo con el resuelto caballero. Le dije que hombres destacados en distintos ámbitos han llevado su nombre, como por ejemplo Camilo Sexto, un famoso cantante español que acaba de fallecer, Camilo Torres, independentista colombiano, o Camilo Cienfuegos, emblemático revolucionario cubano.

Tú sabes quiénes fueron? le pregunté. Me dijo que no y a seguidas –parecía querer vengarse-, me preguntó: Y tú conoces a Cesarín? Cuando le dije que sí me afirmó: Ese es el mejor maestro de aquí, el me dio clases.

Le di un abrazo, entré al acto y en mi intervención compartí con los presentes la impactante experiencia de encontrarme con un alumno que habla así de su maestro, no de cualquiera, sino justo del ciudadano cuyo proyecto se lanzaba esa tarde a consideración de la comunidad. Aproveché ese hecho para hablar de la buena política y de los buenos políticos, que no es el tema de estas notas.

Alguien salió e informó a Camilo que yo estaba hablando de él y, de repente, entró raudo al salón y esperó hasta que terminaran el acto y los informales saludos del final, se acercó de nuevo a mí y me dijo: Hablaste bien, Robert, y pidió hacerse una foto conmigo, la que les comparto.

Finalizada la actividad y atendiendo la invitación del alcalde Eliferbo Erasme, nos trasladamos a cenar junto a un grupo de dirigentes locales y una delegación de la provincia Independencia, a un pequeño restaurante cercano. Allí también se presentó Camilo, ahora con dos amigos más.

Tuve la impresión de que Camilo sostuvo alguna discusión con sus incrédulos compañeros y los llevó para demostrarles que sí tenía un nuevo amigo. De hecho, alguien me informó que lo detuvieron en la puerta y le inquirieron hacia dónde se dirigía, y que su respuesta fue sacar, seguro  y determinado, una tarjeta de presentación  que le había dado en el acto y, mirando sobre el hombro, decir: Voy a entrar, son amigo de Robert.

Alcancé a verlo en la puerta, le pedí entrar y lo invité a cenar, entonces pude conocer más de él y de su vida.

Esa alma limpia, ese ser inocente, evidentemente inteligente, de nombre Camilo Batista Fidem, tiene apenas 13 años y, en lugar de estar dedicado sólo a estudiar y vivir a plenitud su niñez, tiene que andar las calles de Neyba con un limpiabotas debajo de su brazo izquierdo, para llevar a su casa alquilada el aporte de un pedazo de pan que compartirá con sus otros tres hermanos, su madre embarazada Marida Batista y su padre, el jornalero Yannifet Fideme.

Llegó la hora de partir a un viaje largo después de un día de gran faena, pero antes del despegue, alguien tocó insistentemente la puerta del vehículo, era Camilo, mi nuevo amigo, que había abandonado su cena para ir a despedirse, estrechando mi mano y diciéndome: Ya tú sabes, Robert!

Ese drama cotidiano, presente en los cuatro puntos cardinales de la República Dominicana, es el fundamento de nuestra lucha, a eso nos referimos cuando hablamos de cambiar el modelo en el poder por uno centrado en la gente, orientado a construir oportunidades para todos, a propiciar la materialización de los sueños de realización y felicidad a las personas, de todas las personas de este país que no es propiedad de unos cuantos, aunque unos pocos se lo hayan llegado a creer.

Por Roberto Fulcar 

 

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