Marginalidad y desempleo juvenil en América Latina

Por Ernesto Jiménez viernes 7 de diciembre, 2018

“El problema del trabajo es grave, por los elevados niveles de desempleo juvenil y porque a veces el trabajo no es digno”. Papa Francisco

El trabajo puede ser entendido como una actividad que, en términos morales, dignifica el accionar social y, en un plano material, genera recursos económicos mediante los cuales se construye todo el andamiaje productivo de la sociedad. En consiguiente, el trabajo es indispensable para el progreso socioeconómico del individuo, de la familia, del país y, en definitiva, de la humanidad.

La insoslayable relevancia de esta actividad la ha colocado constantemente en el centro del debate conceptual entre estudiosos de las ciencias sociológicas y económicas. Estas discusiones, a lo largo de la historia, han girado en torno a la función social del trabajo y las relaciones que su naturaleza colectiva genera.

Por tanto, se han desarrollado múltiples teorías que buscan explicar la interacción permanente entre el sujeto, el trabajo y la comunidad; como por ejemplo, la vinculación intrínseca que establecieron los antiguos filósofos griegos entre trabajo y esclavitud, como también, la teoría de la división del trabajo expuesta por Adam Smith, e inclusive, la teoría de Augusto Comte sobre la evolución social originada por la organización de la fuerza laboral.

Entre estos, y muchos otros postulados formulados a lo largo de la historia, existen profundas e importantes desavenencias teóricas. Sin embargo, un aspecto en el que casi todos coinciden, incluso de manera tangencial, es en la concepción del trabajo como un elemento determinante a la hora de establecer la posición social del individuo.

Por tanto, el trabajo erige en sí mismo, una carta de presentación ante la sociedad, lo cual, confecciona una realidad en donde el acceso a trabajos de calidad se convierte, más que un imperativo existencial, en un instrumento de validación social.

Ahora bien, en países de escaso desarrollo económico, este “imperativo existencial e instrumento de validación social” se ve seriamente limitado por una oferta laboral reducida e insuficiente que, paradójicamente, suele afectar con mayor crudeza al segmento poblacional que, en toda nación, representa el dinamismo, la iniciativa y la esperanza: la juventud.

En ese sentido, estadísticas suministradas por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) muestran que el 40 % de los desempleados de América Latina son jóvenes, y que además, casi la mitad de los jóvenes que poseen puestos de trabajo operan desde la informalidad (47 %).

En adición a estos altos niveles de desempleo e informalidad juvenil, persiste otro elemento —cual mancha vergonzosa dentro de los indicadores sociales de la región— que refleja descarnadamente las penurias que vive una enorme proporción de jóvenes latinoamericanos: el caso de los jóvenes que ni estudian ni trabajan, comúnmente conocidos bajo el acrónimo de “ninis”.

Este segmento poblacional —excluido del aparato productivo y educativo de la sociedad— para el 2017 ascendía a 20 millones de personas, dentro de los cuales, el 66 % son mujeres, lo que a su vez, produce un escenario de doble marginalidad que genera ciclos viciosos de pobreza intergeneracional.

Además, esta grave condición socioeconómica tiende a perpetuar esquemas oprobiosos de disparidad de género e incentiva la transmisión de la desigualdad de ingresos a la siguiente generación, creando a su vez, una especie de barrera ignominiosa que detiene la movilidad social e imposibilita la erradicación de la pobreza.

Esas ingentes precariedades demuestran, una vez más, que resulta sencillamente insostenible mantener modelos económicos excluyentes que condenan a millones de ciudadanos a condiciones abyectas de existencia.

Por lo tanto, la realidad alarmante de pobreza y marginalidad que se vive en los pueblos de la América Hispana debe servir como un llamado urgente a los gobiernos de la región para que inviertan mayores esfuerzos en pos de garantizar que los jóvenes latinoamericanos puedan disfrutar del sagrado derecho humano, de forjar con sus propias manos, un futuro de paz, progreso y bienestar.

Por Ernesto Jiménez

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