Magia e impotencia sexual

Por Humberto Bogaert García

Un amigo y colega, en un encuentro ocasional, se preguntaba —no sin cierto escepticismo— si la magia podía ser efectiva en algunos
casos de impotencia sexual. Hacia unos días, en su consulta privada, había escuchado la declaración de un paciente, serio y confiable, de que su impotencia había cedido por efecto de un rito que le practicaron en Baní.

José, un próspero comerciante, casado y con dos niñas, con tan solo 32 años, comenzó a padecer el trastorno sexual a los 28 años. Durante una salida  con un   ex compañero de estudio, no pudo resistir la tentación de echar una cana al aire; pero, al confrontar la megadiva que le brindaban las circunstancias, su pene dejó de responderle. Cuatro años después, gracias a las artes “curativas” de otra mujer “encantadora”, Petronila Cruz, “bruja” de Baní, logró su erección.

Para comprender los motivos psicológicos de la impotencia sexual, conviene recordar que el hombre experimenta la erección de un pene que no es vivido como un simple órgano corporal, sino como el objeto de múltiples investimientos procedentes del discurso cultural.

Ahora bien, ¿cómo es posible que Petronila Cruz ayudara a José a recuperar su confianza y a atenuar la angustia que provocó su impotencia?

Esto es posible porque José es un histérico sugestionable en quien la eficacia simbólica del rito calmó la angustia de castración, devolviéndole la confianza en su falo, por lo menos hasta que no vuelva a ser víctima de otra megadiva.

Tanto la magia como la impotencia son fálicas. Ambas conciernen a ese registro de la experiencia en el que se experimenta el sentido de la diferencia y se vive la angustia de castración. Por esa razón, si la megadiva “castró” a José, las artes de
Petronila le devolvieron la seguridad perdida.

Sin embargo, al recuperar su erección, José superó el síntoma de la impotencia pero no modificó la estructura de su personalidad. La verdadera curación debe conllevar un cambio de actitud frente al otro, que ponga fin a esa percepción de
la mujer como “buena” o “mala”, “mansa” o “brava”; y que le garantice a José la seguridad requerida para mantener su erección, sin temer a las megadivas ni recurrir al conjuro de Petronila.

Curar a un histérico no es liberarlo de lo que é1 estima es el motivo de su sufrimiento; consiste en modificar el modo como él vive su sexualidad ante su pareja.

El neurótico histérico es siempre amo o esclavo; el confeso manipulador de una mujer desvalorizada o la víctima desconcertada de una hembra enigmática e idealizada.

En consecuencia, la psicoterapia efectiva conlleva siempre un cambio de perspectiva que implica una modificación radical del deseo. Lo importante para José no es preguntarse qué espera de é1 la megadiva, sino convencers

Por: Dr. Huberto Bogaert García

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