Louverture, Dessalines, Haití: tres cruces de sangre, muerte y heroísmo

Por Ling Almánzar miércoles 7 de abril, 2021

Haití conquistó su independencia en lucha encarnizada con potencias extranjeras. En realidad fue un injerto colonial en el Caribe, encadenado y explotado con impiedad. La crueldad duró siglos; esclavitud, humillación y barbarie forjaron con hierro al país y torcieron el rumbo de toda la isla. Hay que penetrar en las entrañas de esa historia para inteligir lo sucedido y extraer, así, las revelaciones del pasado.

La historia haitiana es una historia preñada de vicisitudes y escombros del pasado. Los negros esclavizados en África eran traídos como mercancía humana a la cruda realidad de estas tierras. Así, miles de esclavos llegaron a Haití y lo convirtieron en la colonia más próspera y rimbombante de Francia. Allí dejaron su sudor, su sangre, su pellejo.

Sin embargo, rompieron las cadenas de su opresión, se emanciparon y construyeron su propio destino histórico. Quiero decir: Haití forjó su propia conciencia anticolonial, instauró un férreo nacionalismo y desplegó sus energías nacionales para alcanzar la ansiada libertad.

En las tinieblas del pasado brillaron personajes de gran calibre: Toussaint Louverture, Jean Jacques Dessalines, Biassou, Jean-François. Este desfile de héroes negros sacudieron sus ataduras y proclamaron su liberación. La lucha fue cruenta y feroz: miles de hombres despellejados, cadáveres negros y sangre a granel. El país se volvió un teatro de muerte, destrucción y luto. La nación quedó desangrada.

De toda esa tragedia nació la gran República de Haití, devorada por el dios filicida: Saturno. Los protagonistas de esa aventura gloriosa y trágica lograron una hazaña brillante y escribieron una página de heroísmo cimero. Quiero subrayar el protagonismo de Toussaint Louverture. Este era cochero de una familia francesa y tenía conocimientos de medicina folclórica. Recetaba para todo tipo de enfermedades; sus brebajes eran milagrosos.

Su verdadero nombre: Dominique Pierre. Pero se ganó el merecido sobrenombre de Louverture, “el que abre trochas” en la guerra sangrienta. En principio le sirvió a los españoles -dueños de la parte oriental de la isla- y se entregó con pasión en los campos de batalla. El sacrificio fue tan fecundo como heroico. Después se pasó a las filas francesas, reconociéndose como vasallo de Napoleón, el primer cónsul de Francia. En sus cartas al caudillo francés, le rinde homenaje y se rinde a sus pies.

Sin embargo, descubrió los designios ocultos y macabros del gran Napoléon. Una formidable e implacable flota de guerra, con miles de hombres a bordo, fue despachada por el Gran Corso para esclavizar a los negros haitianos. Al frente iba su cuñado el general Victor Manuel Leclerc, acompañado de su esposa Paulina, hermana del guerrero francés. Las tropas cayeron como rayo fulminante sobre la aguerrida nación haitiana, y la atacaron con impiedad para dominarla nuevamente. Louverture estalló en resabios e indignación, y acaudilló huestes negras dispuestas a la acción mortal.

Así, puesto al frente de sus acólitos, emprendió una fulgurante campaña de liberación nacional. La estrategia era la lucha decidida, con la ventaja del territorio propio y de un alido feroz: la fiebre amarilla, inoculada por un peligroso mosquito caribeño. Miles de invasores, no acostumbrados a los rigores del clima tropical, cayeron aniquilados por la enfermedad. Las víctimas formaron una montaña de cadáveres tendidos en pantanos, selvas y otros lugares.

El triunfo fue un laurel para los haitianos eufóricos, coronados por tamaña valentía. Empero, la desgracia acechó a Louverture, líder indiscutible de la gesta patria: los franceses lo atraparon, lo aprisionaron y lo enviaron a Francia. Allí expiró, en un frío y desolado castillo, fulminado por la tuberculosis. Era el 7 de abril de 1803, hace exactamente 118 años.

La epopeya no terminó con su álgida muerte. Dessalines tomó el mando y completó la acción, quiero decir, proclamó con esplendor la Independencia de Haití, el 1 de enero de 1804. Fue el partero de la República haitiana, y con esa misma furia se proclamó emperador, como un imitador barato del gran Napoleón. El nacionalismo de Dessalines eran tan fuerte y proceloso, que decapitó, asesinó y degolló a sus enemigos, en la parte española inclusive, a donde penetró al mando de sus huestes furibundas. A su paso, estos hombres cometían toda suerte de tropelías y hacían un bautismo de sangre y fuego. Los cadáveres señalaban la victoria del poderoso ejército de Dessalines.

Había nacido la República haitiana, libre de sus cadenas y dueña de su destino.-