Los méritos patrióticos de Francisco del Rosario Sánchez  

Por Rubén Moreta

Contrapoder 

 Este 8 de marzo se conmemora el 205 aniversario del natalicio del prócer Francisco del Rosario Sánchez.  El mulato Padre de la Patria sobresalió en la vida pública como intelectual, abogado, político y militar.

El prócer es hijo legítimo de Narciso Sánchez y Olaya del Rosario de Belén.  Es el primero de una prolífera familia de once hermanos.  Los rasgos más sobresalientes de su personalidad son su inteligencia, astucia, pragmatismo, reciedumbre ética y su nacionalismo diamantino, que lo encumbra como paradigma revolucionario.

Sánchez fue alfabetizado por su madre Olaya y su tía María Trinidad Sánchez y amplió su formación bajo la tutela del cura Gaspar Hernández y del profesor Nicolás Lugo, con quienes aprendió latín y Filosofía.

En sentido general, Sánchez fue un autodidacta, cuyo afán por el saber lo llevó a agenciarse una privilegiada educación que le posibilitó ejercer como abogado en los tribunales de Santo Domingo.

Su niñez transcurrió en el marco del período de Dominación Haitiana de la parte este de la isla, que se inició en 1821 tras fracasar la iniciativa independentista del ilustrado José Núñez de Cáceres, que nuestros historiadores denominan como “Independencia Efímera”.

En su juventud Sánchez solía acompañar a su padre en las labores de administración de propiedades agrícolas, lo cual le permitió relacionarse con personas de diversos estratos sociales.

Se ha planteado que Sánchez no estuvo entre los primeros iniciados en la Sociedad Secreta la Trinitaria, lo cual es irrelevante, porque tras su adhesión al partido duartista, se ganó un lugar cimero de ascendencia y liderazgo, llegando a ser el segundo al mando en el proyecto revolucionario, lo cual se comprueba porque en ausencia de Duarte, tras su exilio en Curazao, desde el 2 de agosto de 1843, es Sánchez quien asume la conducción de la lucha política por la separación del yugo haitiano.

Sánchez fue pieza clave en el proceso de independencia nacional.  Le correspondió el mérito de coordinar y ejecutar los trabajos conspirativos que concluyeron con la consumación del proyecto soberanista el 27 de febrero del 1844.

La faena revolucionaria de Sánchez fue intensa.  Pretendía consumar la independencia a finales del 1843 solo con las fuerzas trinitarias.  Por eso le escribe el 15 de noviembre del 1843 a Duarte, junto a Vicente Celestino Duarte, solicitando ayuda: “Después de tu salida, todas las circunstancias han sido favorables, de modo que solo nos ha faltado combinación para haber dado el golpe.  A esta fecha los negocios están en el mismo estado en que tú lo dejaste: por lo que te pedimos, así sea a costa de una estrella del cielo, los efectos siguientes: dos mil o mil o quinientos fusiles, a lo menos: cuatro mil cartuchos, dos o tres quintales de plomo; quinientos lanzas o las que pueda conseguir.”  

El Acta de separación dominicana del 16 de enero del 1844, autoría inequívoca del prócer Francisco Sánchez del Rosario, esboza el hartazgo social imperante, que indignaba a todos, factores que generan la sed de separación del yugo haitiano:  “Pasáronse  los veintiún años de la administración pervertidora de Boyer, en cuya época, padecieron los habitantes del Este todas las privaciones que no se pueden enumerar: trató a sus habitantes peor que aun pueblo conquistado a la fuerza: les exprimió el jugo, sacando cuanto beneficio pudo para saciar su codicia y la de los suyos: hizo esclavos en nombre de la libertad; les obligó a pagar una deuda que no habían contraído como los de la parte occidental, que aprovecharon bienes ajenos; cuando al contrario, a nosotros nos deben ellos las riquezas que nos han usurpado o malversado”. 

Francisco Sánchez del Rosario inicialmente difería de Matías Ramón Mella en buscar alianza con los conservadores y afrancesados, pero luego se convenció de que sin un mayor consenso era imposible lograr la independencia.

El 24 de febrero del 1844 realizaron una reunión preparatoria para dar el golpe, que fue encabezada por Sánchez, donde estaban Mella, Vicente Celestino Duarte, Juan Alejandro Acosta, Ángel Perdomo, los hermanos Jacinto y Tomás de la Concha, Manuel Dolores Galván y Marcos Rojas.  Allí se propuso a Sánchez como Presidente de la Junta Central Gubernativa y se le reconoció el rango de coronel.

La noche del 27 de febrero de 1844, después de que Matías Ramón Mella disparó el trabucazo en la Puerta de la Misericordia, los patriotas dominicanos se dirigieron a la Puerta del Conde de Peñalba, donde Sánchez procedió con júbilo a izar la bandera nacional, dejando iniciada la nueva república.

Sánchez asumió la Presidencia de la Junta Central Gubernativa, primer órgano nacional de gobierno, por lo que a él le corresponde el mérito de ser el Primer Presidente Dominicano.

Dejó la Presidencia del órgano de gobierno sobre Tomás Bobadilla, quien de forma traidora desarrolló acciones para lograr un protectorado de Francia, a través del Plan Levasseur, mediante el cual se materializaría una ayuda militar francesa, para salir victoriosos en la guerra dominico-haitiana que se estaba produciendo y en compensación, el nuevo estado dominicano cedería a Francia la península y la bahía de Samaná.

Molestos, los trinitarios dieron un Golpe de Estado el 9 de junio y expulsaron a los partidarios del protectorado francés e instalaron a Sánchez en la Presidencia de la Junta de gobierno.  El hatero Pedro Santana, al frente del Ejército del Sur, avanzó a Santo Domingo y el 12 de julio dio un contragolpe, expulsando de la Junta Central Gubernativa a los trinitarios, juramentándose el líder seibano como Presidente de la República.

Los jóvenes trinitarios, artífices de nuestra nacionalidad, tuvieron que penar las más inverosímiles persecuciones, destierros, encarcelamientos y fusilamientos, lo mismo que recibir falaces denuestos morales con pretensión de agujerear su estirpe procera.  Ni un solo de los jóvenes duartistas escapó de la cruel campaña de dicterios de Pedro Santana y los hateros conservadores que asaltaron el mando político en la naciente república.

Como triste paradojo del destino, seis meses después de consumada la Independencia Nacional, el 22 de agosto del 1844, la Junta Central Gubernativa dirigida por Pedro Santana, dictó una resolución que declaraba a los jefes trinitarios (Duarte, Sánchez y Mella) “traidores a la Patria” y los deportaba a perpetuidad.

Sánchez fue desterrado a Europa el 26 de agosto, junto a Matías Ramón Mella.  Luego se trasladó a Estados Unidos y curazao. Permaneció cuatro años alejado por la fuerza de su patria.  Regresó en el 1848, en el marco de una amnistía política que dictó el Presidente Manuel Jiménez.

La grandeza de Sánchez radica en que tuvo estelar participación en los dos momentos claves de nuestra definición política: primero, como planificador y ejecutor de la Independencia Nacional, y segundo, ofrendando su vida en la Gesta de Restauración de la República.

La anexión a España fue proclamada el 18 de marzo del 1861 y el 1 de junio de ese año, Sánchez comenzó su alzamiento, trasladándose de Saint Thomas, a donde había sido expatriado, a Haití y luego a la República Dominicana, a través de las lomas de Calimete, Hondo Valle.

El insigne Sánchez fue apresado cuando regresaba a reintegrarse a las faenas conspirativas que perseguían restaurar la soberanía nacional extinguida tras la anexión que promovió el Presidente Santana, reduciendo la patria dominicana a provincia ultramarina del reino de Isabel II.

Tras su detención, junto a veintiún compañeros en Juan de la Cruz, El Cercado, fue trasladado a San Juan de la Maguana, donde fue sometido a un consejo de guerra en este parque o plaza pública.

El Presidente Santana designó a un enemigo del prócer para juzgarle, el general Domingo Lazala, quien en un juicio amañado dispuso su fusilamiento y del colectivo de revolucionarios que le acompañaban.

Sánchez asumió su propia defensa. Recordó con talante, frente a sus verdugos, que: “Para enarbolar el pabellón dominicano fue necesario derramar la sangre de los Sánchez; para arriarla se necesita de los Sánchez. Puesto que está resuelto mi destino, que se cumpla. Yo imploro la clemencia del Cielo e imploro la clemencia de esa excelsa Primera Reina de las Españas, Doña Isabel II, en favor de estos mártires de la Patria… para mí, nada; yo muero con mi obra”. 

Implícitamente el héroe patriótico quiso recordar el implacable castigo capital a que fue sometida el 28 de febrero del 1845 su tía María Trinidad Sánchez, una de las que confeccionó la bandera nacional que Francisco izó en el baluarte del Conde, la noche del 27 de febrero del 1844.

Impregnada de dolor, la tarde del 4 de julio del 1861, la ciudad de San Juan de la Maguana fue escenario de su ejecución.  El sacramento de la extremaunción se lo dio el sacerdote Francisco Barrientos Rodríguez.  Luego, al filo de las cuatro de la tarde, recibió los disparos mortales.  Junto a él fueron condenados a la pena capital Juan Erazo, Benigno del Castillo, Francisco (Cefiro) Martínez, José Antonio Figueroa, Juan Dragón, León García, Segundo Alcántara, José Corporán, Pedro Zorrilla, José de Jesús Paredes, Juan Gregorio Rincón, Rudecindo de León, Manuel Baldemora, Epifanio Jiménez, Romualdo (Tani) Montero, Domingo Piñeyro y Félix Mota.

A su muerte el prócer contaba con 44 años de edad.

En Duarte con su infortunio y en Sánchez con su fusilamiento se demuestra que la historia del dolor y de las vicisitudes, es la historia de los fundadores de nuestra nacionalidad.

Rubén Moreta  

El autor es profesor UASD.

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