Los liderazgos políticos en nuestro país

Por Francisco S. Cruz

En nuestro país hay una larga tradición histórica sobre la gravitación -prolongada- de nuestros líderes políticos nacionales. El génesis de esa realidad sociopolítica-cultural e histórica la podríamos contextualizar a partir de la fundación de nuestra República en 1844, al fragor o antesala: “Independencia efímera de Núñez de Careces” (1821), la Trinitaria (1838) y el movimiento de Reforma en Haití (1843), en una acción política-militar y estratégica -alianza- de los trinitarios encabezado por Juan Pablo Duarte. A partir de ahí, y con la Independencia nacional, dos corrientes política-ideológicas se debatieron la defensa y contra-defensa del hecho histórico-fáctico de 1844: los independentistas -liderados por Duarte- y los conservadores -más luego, venidos en anexionistas- bajo la espada de Pedro Santana, Tomás Bobadilla y Briones y Buenaventura Báez -estos dos últimos, “afrancesados” y ala intelectual-.

 

Se podría afirmar, en término histórico, que con ellos nuestro país inicia un ciclo histórico de liderazgos de larga gravitación política-ideológica, unas veces revestidos de coraje patriótico, romanticismo, heroísmo y de defensa, a ultranza, de nuestra independencia; y otras veces de traiciones y manifiesto entreguismo sintetizado en dos liderazgos: Pedro Santana y Buenaventura Báez. Al punto, que no fue hasta la Guerra Restauradora (1863-65) cuando logramos, por fin, nuestra real reafirmación de Independencia frente a España y Haití -aunque ya disminuida, pero latente amenaza-.

 

Con la Restauración, el país y esos liderazgos -unos cívicos y patrióticos; y otros entreguistas y tiranos- recorrimos la segunda mitad del XIX y un largo trayecto del siglo XX, al filo de una tiranía -Ulises Heureraux: 1882-1884-1887-1899-, innumerables guerras e insurrecciones montoneras o de caciques rurales, presidentes efímeros, intervenciones de nuestras finanzas, frontera y aduana (1906-1907); y finalmente: intervención-ocupación norteamericana 1915-24, Horacio Vázquez (1924-30, liderazgo caudillista-continuista) y dictadura trujillista -1930-1961-.

 

Cerrado ese ciclo -histórico-político-, abriríamos otro: el de la transición de una dictadura a un embrión o ensayo democrático -gobierno de Juan Bosch-PRD 1962-63-, golpe de estado e inestabilidad política, guerra de abril de 1965 y, de nuevo, segunda intervención de los Estados unidos (1965). No obstante, dos liderazgos, para reafirmar esa arritmia histórica-, bajo telón de fondo, gravitarán por más de tres décadas nuestra historia política y electoral contemporánea: Joaquín Balaguer y Juan Bosch; luego, emergerá, 1973, José Francisco Peña Gómez.

 

Ese interregno histórico -1961-1996- estará matizado por inestabilidad política, Guerra Patria, Intervención extranjera, instauración de un bonapartismo o semi-dictadura -1966-78, guerra de contra insurgencia (aniquilamiento y encarcelamiento) contra todos los cuadros o remanentes políticos y militares de la guerra de abril y de movimientos o partidos “comunistas”, asesinatos de los jóvenes (Club Héctor J. Díaz, 1971), insurrección armada -Los Palmeros, 12 de enero de 1972, Las Américas)-, conculcación libertades públicas y asesinatos de Estado -Orlando Martínez, Gregorio García Castro, entre otros periodistas, izquierdistas e intelectuales-; y finalmente, Caamaño (febrero-1973), y crisis irreversible sociopolítica-electoral del bonapartismo balaguerista 1978 (ese cuadro sociohistórico y político, sintetiza una etapa traumática por la impostura de nuestra frágil democracia que, a partir de 1978, entrará en otra fase de altas y bajas; pero de construcción definitiva).

 

1996 y su antesala -Reformas o Pacto por la Democracia 1994-, marcaron un nuevo relevo de liderazgos en democracia. Gravitación sociopolítica y electoral que ya lleva casi tres décadas, reafirmando esa arritmia histórica de gravitación política de liderazgos presidenciables de largo aliento entre luces y sombras. Sin embargo, nos aferramos en que, llegado el momento -2024-, nos encarrilemos por senderos más democráticos e institucionales, por encima de figuras o de liderazgos continuistas o mesiánicos.

 

Por: Francisco S. Cruz

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