Los derechos de los animales en NY

Por Rolando Robles miércoles 29 de enero, 2020

Si no lo cuento me muero o se me atraganta en la garganta. Es que esta es una historia que resulta extraña para los dominicanos, pero bastante ordinaria y hasta predecible, para los residentes de Nueva York, donde se respeta la vida de los animales, incluidos los que pudieran ser peligrosos para los humanos.

Yo vivo en Washington Heights a la altura del Presbyterian Hospital, que se levanta en Broadway con la calle 168, justo alrededor del lugar donde a principio del siglo pasado funcionaba el estadio Top Hill, primera casa de los gloriosos Yankees de Nueva York. Por la cercanía, disfruto del Highbridge Park, una extensa área verde cuyos límites son las calles 155 y Dyckman, y las avenidas Amsterdam y Edgecombe, en un buen trecho.

Este gran pulmón verde, que casi colinda con el río, a no ser por el Harlem River Drive, es hábitat de varias especies de animales, entre los que se distinguen las amistosas ardillas o “chipmunk”, que por lo general son diurnas y los hermosísimos mapaches o “raccoon”, que normalmente se avistan de noche. Ambos suelen salir hasta las aceras y zafacones en búsqueda de comida; son inofensivos, pero pueden transmitir la enfermedad de la “rabia”.

El caso es que el pasado jueves, a media mañana y mientras caminaba por la calle 164 rumbo al parque, me encuentro que hay una situación de emergencia en la medianía de la cuadra. Distingo la presencia de una patrulla policial, dos ambulancias de los bomberos y una furgoneta de ASPCA (Sociedad Americana Contra la Crueldad Animal).

El problema era que un joven mapache, aparentemente herido, yacía en el pavimento, exactamente debajo del vehículo policial, pero casi al final, de forma que los vapores calientes del mofle le calentaban el cuerpo. Los dos policías, uno de origen chino y el otro, un negro probablemente de origen “West Indian” o sea antillano -por el fuerte acento inglés- discutían sobre el curso que debía seguir el incidente.

Decidieron, juntos con el miembro de ASPCA, llamar una unidad que se especializa en la captura de animales en estado de emergencia, enfermos o peligrosos. Luego que se hace la llamada por radio y que ya es asunto de solo esperar, los curiosos nos acercamos al policía chino, que se mantuvo siempre a unos tres pies del animal que, aunque vivo, no se movía casi.

Una vecina le propone al oficial que muevan el carro policial, para ver cómo reacciona el raccoon; “puede que hasta se vaya al parque por sí mismo y terminado el asunto”, dedujo ella. El joven policía le replica con cierta incomodidad que: “si lo abandonamos, puede morir, pues está mal herido o enfermo; ¿usted no ve que ni se mueve, cuando ellos siempre huyen de la gente?” demostrando que sabe -el chino policía- algo mas que disparar su arma.

Ya han transcurrido unos quince minutos desde mi llegada y otro carro patrullero vino y se atravesó en la esquina de Amsterdam y 164 st., para sellar la entrada al “área de emergencia”. Y los “mirones” en espera, unos diez en total, junto a los siete empleados de la ciudad, nos mantenemos a distancia del animal, mientras conversamos sobre lo hermoso y expresivo que lucen de noche, que sus ojos parecen verdaderos luceros.

Es en ese momento cuando me asalta la pregunta, infausta, pero cortés: ¿y si hubiera sido una persona, en lugar de un animal, responden ustedes de igual manera? La respuesta vino como un rayo, aunque también cortés, el policía negro me dijo con la mayor formalidad: “la gente tiene amigos y familiares que de seguro los ayudarán, pero los animales no; y nosotros no los podemos abandonar a su suerte, ¿de acuerdo?”. A lo que contesté con un marcial, pero seguro: ¡Yes Sir!

Ya llevamos mas de cuarenta minutos de espera y entonces, lo único que se me ocurre es pensar en cuánto nos costará a los “tax payer”, la enfermedad de este pequeño raccoon. Si tenemos suerte, de un momento a otro aparecerá la “unidad de captura segura” y si se toman unos quince o veinte minutos para “capturarlo con seguridad”, mas otro quince o veinte para llegar hasta el hospital de animales mas cercano, estamos hablando de unas dos horas/hombre, lo que significa por sobre $500.00 de gastos solo en sueldos. Y todo, por asegurarle “el derecho a vivir de ese raccoon”.

Cuando finalmente llega la unidad especializada, hacen un trabajo “casi humano”, rápido, con cuidado y efectivo. Capturan y enjaulan al ciudadano mapache; y parten raudos y veloces, con las luces de emergencia y las sirenas ululando, para demandar el “derecho de paso franco para los vehículos de emergencia” a los conductores ordinarios, so pena de ser multados si alguno de ellos no obtempera el llamado ciudadano.

Terminado el evento y con los bomberos y policías de vuelta a su ordinario discurrir, mientras camino por el parque, solo pienso en el contrasentido que encierra este hecho tan común en NYC. Los humanos se mueren a diario por falta de diligencia gubernamental, mientras hacemos de la protección al género animal, una filosofía de vida. Norma ésta con la que todos estamos de acuerdo y ni por un pienso, aspiramos a que se disminuya; lo que demandamos es que a la gente se les trate, cuando menos, igual que al pequeño raccoon.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

POR ROLANDO ROBLES

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