Los cuarenta años de la Copppal

Por Manolo Pichardo sábado 30 de noviembre, 2019

El 24 de mayo de 1981 muere en un accidente de avión el presidente ecuatoriano Jaime Roldós. Su gobierno no alcanzó los dos años, pero ese corto período fue suficiente para marcar, con acciones concretas, el corte progresista de su administración y un distanciamiento con los Estados Unidos, justificado en asuntos relacionados con los derechos humanos.

Bajo esa orientación y sus posiciones en torno a los temas de soberanía, se niega a asistir a la investidura del electo presidente estadounidense, Ronald Reagan, mientras se acerca a Nicaragua, gobernada entonces, como ahora, por el Frente Sandinista de Liberación Nacional que llegó al poder mediante la lucha armada que combatió la dictadura de los Somoza y, además, establece un estrecha relación con el Frente Democrático de El Salvador.

Omar Torrijos moriría en parecidas circunstancias a penas dos meses después de la desaparición física de Roldós, en un hecho ocurrido el 31 de julio de 1981. La recuperación del Canal de Panamá, la salida de bases militares extranjeras, su apoyo a la Revolución Sandinista y su inocultable compromiso con la soberanía de los pueblos de América Latina, lo convirtieron, junto a otros uniformados, como Francisco Alberto Caamaño, de República Dominicana, Juan Velasco Alvarado de Perú y Hugo Chávez de Venezuela, en símbolo del hombre de armas comprometido con las causas progresistas.

José López Portillo gobernó a México del 1976 al 1982 centrado en una política nacionalista que le condujo incluso a privatizar la banca. Esa postura nacionalista le llevó a comprender a la comunidad latinoamericana en su sed de independencia real, pues no solo fue un aliado del Frente Sandinista, sino que mostró simpatías con los procesos de liberación nacional de la región, y entendió, igual que Torrijos y Roldós, que desde las formaciones políticas, como plataformas destinadas a gestionar la administración de los Estados nacionales, se podrían impulsar los procesos democráticos, de integración regional y autodeterminación de nuestros pueblos.

La coincidencia en propósitos de estos tres mandatarios, les condujo a concebir, según reveló el compañero Nils Castro en la pasada Reunión Plenaria Ordinaria de la Copppal en Panamá, la creación de una articulación de partidos sin agendas impuestas por Estados Unidos ni Europa. Una organización centrada en el afianzamiento de la latinoamericanidad como expresión de identidad y convergencia de los intereses de nuestra región para, desde nuestras perspectivas, y tomando en cuenta nuestros recursos humanos y naturales, diseñar estrategias orientadas hacia la creación de una comunidad latinoamericana, pujante, próspera y decisiva en la toma de decisiones para la gobernanza continental y mundial.

La concreción de esta idea se da en un ambiente de afianzamiento identitario en la región marcado por la Revolución Cubana. Pues resulta que este episodio histórico puso la atención del mundo en Cuba, y la isla se convirtió en centro de peregrinaje del mundo político, literario y periodístico, dando la impresión de que una región con cariz propio, definida e inconfundible, existía; que una región de difusas nacionalidades comenzaba a verse como una sola nación con héroes, personalidades, expresiones culturales y artísticas recogidas en un mosaico con diversidad unitaria.

La Revolución Cubana surge, se gesta, en un contexto de bipolaridad marcada por la confrontación Este-Oeste que dejaba como secuela dictaduras en América Latina. Es necesario precisar que las dictaduras de facturas anteriores a la Guerra Fría se hicieron más fuertes y represivas, creando un panorama de miedo y secuestro de la libertad. Estos regímenes de fuerza, la chispa revolucionaria inspirada en Cuba, y democracias débiles y amenazadas, componían el escenario en que vio la luz la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (Copppal) un 12 de octubre de 1979 en la ciudad de Oaxaca con el compromiso inmediato y urgente de luchar por el establecimiento o afianzamiento de la democracia en la región.

La cada vez más definida identidad regional y el afianzamiento de la latinoamericanidad, con su carácter de nación, que tuvo como epicentro a la isla caribeña, necesitaba de símbolos que sintetizaran nuestra marca identitaria, por ello el sueño que arrastrábamos desde que presidimos el Parlamento Centroamericano (Parlacen), lo concretamos desde la presidencia de la Copppal, con el llamado a un concurso para dotar a América Latina de un himno y una bandera, hecho que se consumó en la XXXVI Reunión Plenaria de nuestra organización, celebrada el pasado año en la ciudad de Panamá, con el aporte lírico musical del compañero Dante Delgado, líder de Movimiento Ciudadano de México y el paño patrio aportado por creativos argentinos.

A cuatro décadas del acontecimiento en que el liderazgo político continental dio inicio, desde la articulación de nuestra organización, a una ofensiva que no solo buscaba la instauración de regímenes con bases democráticas sólidas, sino también orientada al reclamo de la independencia de Puerto Rico y las Islas de las Antillas Menores; a la exigencia de la soberanía de Argentina sobre las Islas Malvinas, al pedido firme del desmonte de bases militares en nuestra región, además del impulso de la integración comunitaria de nuestros pueblos como reto para la construcción de la Patria Grande.

Estas demandas, reclamos, exigencias o pedidos, tuvieron como base orientadora la declaración de Oaxaca, texto que dio cuerpo ideológico y marco filosófico y conceptual al programa de luchas democráticas, patrióticas, reivindicativas y solidarias que emprendieron nuestros partidos. Este texto fue levemente modificado en una redacción que produjo la Segunda Declaración de Oaxaca, con la idea de adaptarlo a la realidad política, económica y social que marcaban la dinámica del momento; y hoy, a cuarenta años de la primera, y 25 de la segunda, se hace necesario una nueva declaración que adapte nuestro documento guía a la realidad que está definiendo una agenda mundial marcada por un proceso globalizador indetenible que nos impone la interdependencia y retos hacia la multipolaridad, la cooperación, apertura de los mercados y el multilateralismo como base para la construcción de una comunidad internacional anclada en un marco civilizatorio con profundas raíces en la paz.

El Partido Independentista de Puerto Rico, el Partido Revolucionario Dominicano, el Frente Sandinista de Liberación Nacional y otros partido latinoamericanos, junto al Partido Revolucionario Institucional, que sirvió de anfitrión bajo el liderazgo de Gustavo Carbajal Moreno, en su calidad de presidente de esa organización política, le dieron a nuestra región un instrumento que no solo ha luchado contra las dictaduras y a favor de la democracia, sino que ha plantado cara a las políticas neoliberales que han fracturado nuestra sociedad regional, además de ponerse al frente para combatir las conspiraciones contra los proyectos progresistas que han venido construyendo sociedades más justas al ir poniendo los recursos naturales en manos de los ciudadanos y ciudadanas.

Han sido significativos los aportes de nuestra organización a través de las formaciones que la conforman, pues es innegable que nuestros partidos, con altas y bajas, han ayudado a construir sociedades más incluyentes, participativas y democráticas; han hecho esfuerzos denodados para que el crecimiento económico represente desarrollo y no mercados con individuos atrapados en el consumismo, esfuerzos para levantar sociedades soportadas en la construcción de ciudadanía, un desafío que aún tenemos por delante para que la generación de riquezas esté destinada a la formación integral de la gente como sujetos centrales en la implementación de las políticas públicas.

La dinámica política ha configurado y reconfigurado el espectro político partidario en la región afectando la matrícula de nuestra organización con salidas y nuevos ingresos. Algunos partidos se alejaron por años. Los apoyos políticos y económicos mermaron por un buen tiempo; sobrevivimos a penas. Carvajal Moreno, primer presidente de la entidad y presidente adjunto vitalicio, sufrió por mucho tiempo la desidia de quien debía sostener, por disposición estatutaria, los compromisos que hicieran posible la marcha regular de la Copppal.

Fuimos testigos de sus angustias y preocupaciones; sentía que la Copppal languidecía. Sin embargo, tenía la decisión de luchar por aquella responsabilidad que cayó en sus hombro y asumió para siempre. No podía decepcionar a José, Omar, Jaime, y una pléyade de líderes que confiaron en su conducción. Sabía que, en medio de su dolencia, un vacío inesperado podría acabar con la organización que adoptó como un hijo. Más de un año le tomó mover un complicado tablero para armar una Coordinación General que logró, si no la unanimidad, una mayoría que asomó al consenso.

No se equivocó, esta dirección caminó a su lado por un tiempo, destrabando, sacudiendo, despertando y removiendo hasta lograr el empoderamiento, la vuelta a la agenda continental con determinación y templanza, para acompañar los procesos políticos latinoamericanos con una presencia y visibilidad sin precedentes, de lo que son testigo los medios de comunicación que, de un momento a otro, comenzaron a sentir cómo esta poderosa organización comenzó a ser protagonista de los acontecimientos que se producían en esta región de esperanzas y desafíos.

Las vicepresidencias de subregiones, creadas en esta gestión para dinamizar y descentralizar nuestra entidad, tomaron vida propia partiendo de programas articulados en la Coordinación General. El Instituto de Formación Política Gustavo Carvajal Moreno, también creado en nuestra gestión, sin recursos económicos, montó diplomados, instruyó y entrenó cuadros partidarios, organizó eventos para debatir temas nodales para nuestros países y la región. Avanzamos también con nuestra presencia en los eventos comiciales; pues lo que fueron acompañamientos o procesos de observación electoral surgidos de forma espontánea y sin rigurosidad, se le dio sistematicidad a través del Observatorio Electoral, de suerte que nos hemos convertido en una voz con autoridad y peso en este complejo universo que constituye una parte esencial de la democracia que día a día vamos construyendo en América Latina.

Sin embargo, nada de esto es suficiente. La Copppal y sus partidos deben ponerse a la altura de una sociedad global con nuevas demandas, todas desprendidas de los avances científicos y tecnológicos, del crecimiento que experimenta la población mundial, de la degradación de nuestros suelos con el uso intensivo de los recursos naturales que, a su vez, empujan hacia la migración masiva que va cambiando los fenotipos de poblaciones con características que les dieron identidad por siglos, que van cambiando las culturas, alterando de manera considerable los esquemas tradicionales de la familia, de la propia sociedad, en una dinámica que pone al público a pasos adelantados de los partidos que se mantienen sembrados en los esquemas sociales del pasado.

Esta realidad, aderezada con la interdependencia, nos impone una visión más planetaria, que nos debe estimular para poner empeño en la integración comunitaria, por entenderla como un instrumento esencial para alcanzar el desarrollo.

A sus cuarenta años la Copppal es, hoy más que nunca, un instrumento al servicio de los intereses latinoamericanos y caribeño, y por ello, para mí, ha sido un orgullo dirigirla por poco más de tres años. Me siento satisfecho por lo que pudimos lograr, siempre con sentido de cuerpo, para fortalecerla y reivindicarla como la articulación más grande y formidable de nuestra región.

Nuestros pueblo deben estar agradecido de Omar Torrijos, López Portillo y Jaime Roldós por concebir esta idea patriótica, pero también de nuestro padre Gustavo Carvajal, que la llevó al terreno de los hechos con pasión y entrega total.

Por Manolo Pichardo

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