Los cocolos somos “gente mansa” (1/3)

Por Rolando Robles lunes 24 de abril, 2017

La expresión la escuché siendo niño y desde entonces me ha acompañado en la memoria. Quien tal afirmación hacía, era un pastor de la Iglesia de Dios de la Profecía, el Reverendo Ladow, de muy grata recordación para mi familia. En ese momento me resultó ininteligible, porque yo no sabía a plenitud lo que significaba e implicaba la palabra “cocolo”. Ahora, yo si suponía que los cocolos eran personas de la raza negra, aunque no eran haitianos.

Sin embargo, intuía que en el fondo se escondía algún sentido peyorativo cuando te identificaban como cocolo; te marginaban y como que dejaban caer alguna zurrapita al hablar. Esto provocó que algunos renegaran de su condición primaria y hasta castellanizaran su nombre. Pero en modo alguno se puede considerar como una actitud de cobardía sino mas bien, era como un intento de sobrevivencia, que a su vez evidenciaba una gran preocupación por el futuro de la familia.

Crecí con la duda de no saber a cabalidad lo que significaba ser un cocolo. Hasta que en un viaje al ingenio Quisqueya, por agosto de 1960, alguien le dijo a un familiar -en casa de don Daniel Luna- algo así como: “oye cocolo, muévete que hay que salir temprano” y el aludido le respondió con toda la dignidad que pudiera yo imaginar a mis trece años: “si, cocolo y a mucha honra”. A partir de ese momento me dispuse a averiguar qué era en realidad un cocolo; un sobre nombre que algunos rechazaban, pero que otros aceptaban con evidente orgullo.

A mi tía Zulinda Robles (qepd), la escuché decir alguna vez: “nosotros somos de origen inglés, cocolos”. Y lo decía con tanto garbo y postín, que hasta la mismísima reina Isabel se habría sentido plebeya, ante esta imponente negra, de correctísimo hablar y modales propios de la realeza humana.

Hoy, a mis setenta años, aún sigo averiguando y aunque he aprendido bastante sobre los cocolos, continúo intrigado y buscando una definición mas explícita. Por supuesto, ya tengo muy claro que no es pecaminoso ni vergonzante, el que alguien te llame cocolo. Porque si lo eres, entonces experimentas un infinito placer cuando te lo recuerdan; eso lo puedo sentir.

Ha llovido bastante desde entonces, pero mucho mas que el tiempo transcurrido, es lo tanto que he ido conociendo sobre la gente que siempre estuvo a mi alrededor y que sin modestia ni dolor alguno, se llaman a sí mismos cocolos. Similar a la solidaridad de los negros americanos, que entre ellos se llaman “niger”; pero si un “blanco” lo hace, lo consideran un insulto. Los cocolos actuales, por el contrario, no se ofenden si se les recuerda su origen; mas bien lo celebran y hasta lo agradecen.

Y precisamente de eso es que quiero hablarles. Alguien comentando uno de mis artículos, me escribe: “Jabalí, yo no sabía que tú eras cocolo, yo también lo soy, así que dejaré de atacarte, porque lo mínimo que somos tú y yo es compadres”. Esto encierra una gran valoración por sus ancestros y una evidente y sólida autoestima personal y colectiva.

Primero debo establecer que los cocolos no son necesariamente negros y que el “cocolismo” no es una expresión simplemente étnica. De hecho, a lo largo de mi vida he conversado sobre el tema con gente que no tiene nada de negros ni en su sangre, ni en el ADN de su familia; y ellos mismos, con altísimo pundonor se definen como “cocolos morales”. Una demostración fehaciente de que el estilo de crianza de los cocolos es muy bien valorado por el resto de los dominicanos.

Eso de “cocolo moral” me obliga a establecer ciertas categorías con que este peculiar grupo de descendientes de esclavos isleños proveniente de la madre patria África, se clasifica a sí mismo. Ese ejercicio de reencuentro con los orígenes comunes, me resulta extraordinariamente placentero, aunque en ocasiones pareciera un tanto pretencioso.

“Robles, de entrada, aclararemos que eso de que el término ‘cocolo’ es una simple degeneración de ‘tortolos’ -o sea, habitantes de la isla Tórtola- ya no se puede aceptar como el génesis de la ‘cultura cocola’, nosotros somos una categoría histórica en el devenir dominicano” me dijo muy convencido Celestino Potter, un mecánico romanense que supongo ya se ha ido, por allá por los años 80’s.

Desde los tiempos previos a la independencia, se había acuñado el término cocolo; mucho antes de la gran migración hacia la isla. Tenemos constancia de que en una carta que dirigía el sacerdote peruano Gaspar Hernández al pintor Baltazar Morcelo, días después del 27 de febrero de 1844, le decía: “Te felicito a ti y a todos los dominicanos por haber sacudido el yugo de los mañeses cocolos, …” en evidente alusión racial y peyorativa a los haitianos.

Ya viviendo en Nueva York, traté de recoger el sentir de la comunidad dominicana sobre la valoración de los cocolos, ahora que de nuevo han emigrado -como lo hicieron sus antepasados- y contacté a dos “cocolos insignes” como Luis Graveley (qepd) y John Sheppard. La experiencia ha sido sencillamente exquisita, por la claridad cultural de ambos.

Graveley, mi amigo de 30 años, afirmaba sin reservas: “Un cocolo es un muchacho criado con método y respeto a la familia y a las personas mayores”. Años después escuché el mismo criterio por boca de otro cocolo, el magnífico beisbolista George Bell. “Es muy difícil que tú te encuentres con un cocolo bruto (sin educación académica), por lo general, el cocolo le hace tiempo al pupitre, no a la cárcel” reiteraba el conocido dirigente político y seguidor de Peña Gómez”.

Sostiene por su parte el doctor Sheppard, con la habitual parsimonia que lo caracteriza y desde luego, como docente consagrado que es, lo siguiente: “te voy a confiar algo Robles, a los cobradores les dicen ‘ingleses’, porque los cocolos eran reclutados por los comerciantes para cobrar, debido a su conocida seriedad, responsabilidad ciudadana y apego a las leyes; cuando llegaba ‘el inglés’, llegaba el cobrador”.

Mas adelante, el sólido intelectual aclara otro asunto de carácter folclórico, y que ha sido tergiversado por ciertos comunicadores en funciones de “culturólogos”. Se refiere el doctor Sheppard al origen de la expresión Yaniqueque. “En realidad, es una corruptela de ‘journey cake’ o sea ‘la torta de viaje’, aludiendo al sabroso alimento de harina de trigo -horneado o frito- que por descomponerse tan poco, te sirve para comer durante una travesía mas o menos larga”

 

Francisco Chapman (qepd) cocolo insigne, laureado escritor y activista comunitario, me decía con mucha propiedad: “es muy cierto Rolando, si le das una mirada a las cárceles, te será muy difícil encontrar un cocolo preso; es que el cocolo fue criado para servir a la sociedad, no para delinquir. Nuestros padres siempre entendieron el concepto de ‘invertir en la segunda generación’, algo que creo, hemos olvidado los dominicanos al venir a Estados Unidos.”

 

Carlos McCoy (Johnny), otro cocolo insigne y de armas tomar, relata en una reseña sobre su gente que: “el cocolo en nuestro país, se distinguió por su sentido de orden y organización, fundando diversas instituciones sociales, tales como: logias odfelas, sociedades religiosas, artísticas, deportivas y de socorro mutuo. Algunas han prevalecido en el tiempo como es el popular SAM (Sociedad de Ayuda Mutua)”, que aquí en Nueva York lo identifican simplemente, como una “sociedad”. En realidad, el SAM es una creativa manera de ahorrar en conjunto.

 

Mas adelante en su relato, remata Johnny con una expresión de evidente satisfacción, proferida por su padre don Charlie McCoy (qepd): “No hay un solo cocolo que sea ladrón ni maricón”

 

Julio César Malone, escritor y periodista nacido en el ingenio Consuelo de Macorís del Mar, toca otra arista de la cultura cocola, su cultura: “fíjate en la historia nuestra desde la muerte de Trujillo para acá, por ejemplo, y dime ¿cuántos cocolos tú conoces señalados como corruptos?, no es que no los haya, pero eso es muy raro”.

 

Esta verdad a medias, aceptada por mí solo por la categoría investigadora del emisor, me indujo a verificar, con cierto entusiasmo y algo de temor, que en realidad los cocolos no son gente de adueñarse del erario público. Ese antiguo vicio de “coger lo ajeno”, hoy tan arraigado en la sociedad, no es un hábito de los cocolos.

 

Marino Mejía, un meritísimo docente e investigador social, reconocido por la comunidad en el grado de “cocolo moral e insigne” a la vez, hace una acotación un tanto irreverente y que define con propiedad a los cocolos mas frívolos, los cocolos de cabaret. Me asegura Mariano, que la carta de presentación verbal a las meretrices, de los pocos cocolos que visitaban “la Arena” de Miramar o “los Kilómetros” de la José de Jesús Ravelo en Santo Domingo, decía lo siguiente: “Fulano de Tal, serie 23, tiro el paso y hablo inglés”.

 

Otro cocolo moral, pero tan cuadra’o como los mas originales, es Luis Gaspar, Comandante de Abril, mejor conocido como “Guiguí la Vela” (por su figura espigada); que se apresura a aclarar que él es “makambo”, o sea proveniente de Aruba y Curazao. Su padre don Rafael Gaspar (qepd) se estableció en San Antón, cuando se levantó un “Quilombo” frente al “Solar de la Piedra” en La Atarazana. Varias familias de las Antillas Holandesas crecieron por esos alrededores: los Tillman, los Romell y los Gaspar, para solo mencionar tres.

 

Guiguí tiene méritos personales para ser considerado un cocolo insigne, en especial su preocupación por sus orígenes, su profundo sentir patriótico y el apego a las buenas costumbres; pero disiente de los otros cocolos antes citados, porque él cree que eso de la seriedad de los cocolos es solo una prédica cosmética, aunque muy bien intencionada.

“Los cocolos eran serios hasta que se hicieron dominicanos; de ahí en adelante copiaron todas las mañas de los españoles, porque ellos no crecieron en Marte”, sentencia implacable La Vela Gaspar. “A don Charlie McCoy yo lo respeto, porque sé que era ‘hecho de una sola pieza’, como mi papá, pero creo que se le fue la mano un poco”.

“Y ten en cuenta Jabalí, que en eso yo me equivoco, pero muy poco”

Mas luego conversaremos sobre los cocolos que viven en Nueva York, sus diferencias, ¿cuándo vinieron, qué hacen aquí y hasta dónde han llegado? Tengo el compromiso de reivindicar su existencia en estas tierras de Dios; pues a fin de cuenta, es como contar mi propia historia; la historia de mis antepasados, que también fueron cocolos.

 

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