Llamado a los obispos católicos y a la comunidad cristiana evangélica

Por Enrique Aquino Acosta

Inicio esta exposición haciendo algunas observaciones a los pronunciamientos públicos que  hicieron el Papa Francisco y los obispos católicos sobre  el magnicidio de que fue víctima el presidente de Haití, Jovenel Moïse.

Para ello, me apoyaré en lo que enseñan las Sagradas Escrituras y en el doble rol que debo desempañar como discípulo y seguidor de Jesucristo, en cuanto a ser sal  de la tierra para evitar la corrupción de  las almas  y a ser luz para los que viven en tiniebla espiritual.

El máximo jerarca de la Iglesia Católica Romana, el Papa Francisco, declaró: “Estoy cerca del querido pueblo haitiano, espero que cese la espiral de la violencia y la nación pueda retomar el camino hacia un futuro de paz y de concordia”.

En primer lugar, el obispo de Roma no hizo mención de la avaricia de bienes materiales, las ganancias deshonestas, la violencia política, el robo ni de los atropellos que han predominado en Haití, desde 1795, cuando España cedió a  Francia la parte occidental de la Isla de Santo Domingo, mediante el Tratado de Basilea.

En segundo lugar, el monarca católico no denunció la práctica de la brujería, la idolatría y  la superstición como causas espirituales de la violencia que vive Haití.

Y en tercer lugar, no llamó a los haitianos al  arrepentimiento de esos y otros pecados, como medida necesaria para vivir en paz y armonía.

El Sumo Pontífice de la Iglesia Católica Romana debe saber que el encubrimiento del pecado no trae prosperidad espiritual.

Al  pronunciamiento público que hizo el Papa Francisco sobre el magnicidio del presidente Jovenel Moïse se sumaron los de los obispos católicos de Haiti, quienes solicitaron “deponer las armas y elegir la vida, vivir juntos fraternalmente, en el interés de todos”.

Sin embargo, no explicaron la manera de lograr tales aspiraciones y como hizo el Papa Francisco, omitieron las causas históricas de la desgracia económica, política y social que vive el pueblo haitiano.

Los obispos católicos haitianos tampoco llamaron a su pueblo al arrepentimiento de sus pecados ni le explicaron que es necesario experimentar un nuevo nacimiento, renunciar a los deseos de la carne y estar lleno del Espíritu Santo para “elegir la vida cristiana, vivir juntos fraternalmente y en el interés de todos”.

También debieron explicar que el cumplimiento de estos requisitos espirituales es necesario para  pensar y actuar como cristiano.

En igual sentido se pronunciaron los obispos católicos dominicanos. Expresaron que “la violencia nunca conduce a la concordia ni a la paz”, por lo que es “necesario retomar los caminos del diálogo y la institucionalidad para favorecer un clima de armonía”.

Los obispos católicos  hablan de diálogo,  paz  y concordia, pero  ninguno de ellos explica a la gente la manera de conseguirlos. Evitan hablar de la  verdadera paz, que es nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

No les dicen a la gente que la paz se consigue acercándose a  Dios con corazón sincero, contrito y humillado.  No explican a los perdidos  que el  estudio, conocimiento, fe  y obediencia a  la Palabra produce paz interior y exterior.

Ojala explicaran que Jesucristo es el único camino que tenemos para  llegar al Dios Padre y alcanzar misericordia y que separados de ÉL no podemos hacer nada que valga la pena.

El diálogo, institucionalidad y armonía que  necesita Haití y  los demás países son posibles, si se piensa  y actúa  apoyado  en  lo que enseña la Palabra de Dios, que es la Biblia.

Ahora deseo que presten  mucha atención  a la forma y al fondo de la oración que hicieron  los  obispos católicos dominicanos. Cito.

“Nos unimos en oración al Dios de la vida por intercesión de la bienaventurada Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, patrona de Haití y de Nuestra Señora de la Altagracia, protectora de la República Dominicana”.

Señoras y señores, esas potestades de las tinieblas no tienen poder ni autoridad para interceder ante el  trono del Dios Padre por ninguna nación. No pueden hacer nada, por el pueblo haitiano ni por el pueblo dominicano. Son diosas muertas, carentes de vida, espíritu y  entendimiento.

Pongan su fe y confianza en Jesucristo. Solo ÉL tiene poder y autoridad para interceder ante el trono del Dios Padre por los pecadores. Jesucristo es nuestro Abogado y   nos defiende de las acusaciones del diablo.

No pidan nada a la Virgen María ni a las llamadas  “Nuestra Señora de la Altagracia ni a  Nuestra Señora del Perpetuo Socorro”. Son diosas inútiles, que no pueden interceder por ustedes ni por mí ante Dios.

Comiencen a orar al Dios Padre, en el Nombre Todopoderoso de Jesús.  Háganlo con fe y su oración será  escuchada y contestada.

No llamen a la Virgen de  la Altagracia “madre protectora del pueblo dominicano”. Es una de las herejías  del catolicismo romano.

Nuestro Verdadero y Único  Protector es Dios. Solo El controla todo lo que hay en la tierra y en los cielos. Pídanle  con fe. Ámenlo con todo su corazón y con toda su mente, fuerzas, espíritu y alma.

Clamemos a Dios, por medio de su Hijo Jesucristo, para que  nos  enseñe  asuntos importantes que muchos de nosotros desconocemos. Llegó la hora de despertar y abrir los ojos del espíritu. Cristo viene pronto. No permitamos que nos sorprenda fuera de base.

Voy a terminar esta exposición haciendo dos llamados. El primero, a los obispos católicos, para que se arrepientan de sus pecados y se conviertan al Evangelio. Así tendrán poder y autoridad espiritual para hablar conforme a la Palabra de Dios al predicar y enseñar. Repito: arrepiéntanse y llamen al arrepentimiento a los perdidos.

De igual modo, le recuerdo a la comunidad evangélica cristiana que Dios  la ha designado como sal  de la tierra para preservar todo lo que ÉL ha plantado  y  la ha puesto para que sirva de luz a los que viven bajo las tinieblas  del pecado.

Continúa levantando tu voz como trompeta. Denuncia cualquier modalidad de pecado. Lucha contra los principados, potestades y gobernadores de las tinieblas. Derriba cualquier fortaleza o argumento que levanten contra la voluntad de Dios.

Continúa utilizando el poder de la Palabra de Dios, la oración, el ayuno y la alabanza. Saldrás victoriosa de la guerra espiritual que debes librar.

Y que la bendición  de Dios se derrame como lluvia  sobre todos los pueblos de la tierra.

Por Enrique Aquino Acosta

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