¿Lavado de Activos vs. Delito Tributario?

Por Paola Clisante martes 26 de marzo, 2019

Ya no. Antes, los delitos tributarios sólo eran sancionados por aplicación del Código Tributario, pero la Ley 155-17 le adicionó un nuevo sabor al configurarlo como delito precedente del lavado de activos, en tanto que quien cometa la infracción en cuestión -a través de cualquiera de sus derivados- será sometido a las penas establecidas por el Código Tributario pero también a las consignadas en la Ley contra el Lavado de Activos y Financiamiento del Terrorismo.

Lavar de activos es dar apariencia legítima a bienes o activos provenientes de fuentes ilícitas. Esas fuentes ilícitas son la consecución de los delitos precedentes o determinantes que la misma ley señala y, entre ellos, se encuentra el delito tributario.

Hay distintos tipos de faltas y delitos tributarios que, en su conjunto, constituyen las infracciones recogidas y sancionadas por la normativa especial en esa materia.

El Código Tributario dominicano, por un lado, clasifica los delitos tributarios en defraudación tributaria, elaboración y comercio clandestino de productos sujetos a impuestos y fabricación y falsificación de especies o valores fiscales; y por otro, la evasión, la mora y el incumplimiento de los deberes formales son enmarcados por dicho instrumento legal como faltas tributarias.

Sin duda, el delito tributario más inveterado es la defraudación tributaria y, por supuesto, la evasión es la falta más popular.

El primer concepto supone la acción y efecto de engañar, o inducir a error, al fisco con el objetivo de evitar el pago total o parcial de los impuestos u obligaciones tributarias que sean atribuibles a un individuo o a una institución. Tomando en cuenta únicamente las sanciones establecidas por la Ley contra el Lavado, su materialización supone penas de veinte años de prisión mayor, multas de doscientos a cuatrocientos salarios mínimos, el decomiso de todos los bienes ilícitos y valores, entre otras.

La evasión, de su lado, procura la disminución ilegítima de los ingresos tributarios, el otorgamiento indebido de exenciones o el perjuicio directo al fisco a través de cualesquiera actos u omisiones, y -a menos que ralle en defraudación-, es castigada con penas de carácter monetario.

Por su parte, a nadie debería extrañarle que nuestro país -por muchos años-, ha asumido una cultura de incumplimiento en materia tributaria. De hecho, la tasa de incumplimiento global del Impuesto Sobre la Renta, entre 2007 y 2017, osciló entre un 57.45% y un 66.99% y, durante el mismo período, se estimó que el porcentaje de incumplimiento del ITBIS alcanzó un 44.52%, según la Estimación de Incumplimiento Tributario en la República Dominicana publicado en octubre de 2018 por el Banco Central, el Ministerio de Hacienda y el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo.

Estas cifras son alarmantes. Parecería coherente, entonces, que el fisco dominicano intente combatir este fenómeno tan arraigado con la puesta en marcha de sistemas de recaudación más eficientes y mediante la imposición de penas más contundentes, ya sean pecuniarias o privativas de libertad, muy especialmente las que derivan del anclaje del delito tributario al lavado de activos.

Pero esta es una calle de doble vía. Pese a los esfuerzos en materia de recaudación, el crecimiento económico todavía no se traduce en la reducción de desigualdad social, pues es permeado por la corrupción, el dispendio, la impunidad, la falta de fiscalización, entre muchos otros fenómenos, que nos asisten.

De igual modo, la pérdida de recaudación del fisco por cuestiones defraudación, evasión, omisión al pago de los tributos, o cualquier otra infracción tributaria, ciertamente obstaculiza los ingresos necesarios para que el Estado pueda responder a las necesidades de desarrollo y crecimiento demandadas por la sociedad misma.

Ambos escenarios merecen especial atención. Por ello, los estadistas tienen un gran reto. Bien lo dijo el filósofo griego Epicteto, “es un delito renunciar a ser útil a los necesitados y una cobardía ceder el paso a los indignos”.

Por Paola Clisante

Anuncios

Comenta