Las marchas verdes como actividades cívicas y ciudadanas

Por Ramón Antonio Veras Lunes 27 de Marzo, 2017

I.- Poner en acción los derechos

1.- La operatividad hace posible la eficacia, y convierte las prerrogativas en útiles y funcionales. Lo productivo de los derechos no depende de que figuren consagrados en la Constitución política, sino que sean llevados a la práctica por sus titulares. En la medida que los pueblos se ejercitan, despliegan actividades públicas con sentido cívico o político; hacen uso de sus facultades y materializan sus atribuciones, fortalecen su capacidad de reclamo.

2.- De nada sirve tener el derecho constitucional a la alimentación, la salud y el empleo, si no hay posibilidad de adquirir empleo, comida y acudir a los servicios de la salud pública. Lo mismo ocurre con el derecho del pueblo a la protesta y a las manifestaciones públicas, si no las lleva a la práctica, no las hace realidad.

3.- Si a los derechos no se les da vida ejerciéndolos, se atrofian, anquilosan y llegan a consumirse. De ahí la necesidad de desarrollarlos, fomentarlos y acrecentarlos para que en sus poseedores se conserven robustos, con vitalidad. La debilidad y la impotencia se combinan en los órganos en desuso.

4.- El poder se construye mediante la ascendencia, la energía que le imprime su portador se convierte en un ente difícil de someter a la obediencia. Aquel que prueba poderío nunca cae en la subordinación de su adversario.

5.- Los pueblos permiten que los derechos se les oxiden cuando no los ejercen; llegan a enmohecerse por la falta de accionar en el medio donde están llamados a ejercitarlos. De igual manera se disminuyen nuestras facultades físicas o mentales, si no nos adiestramos, ensayamos y ejercitamos.

II.- La educación cívica y ciudadana

6.- Un pueblo no resulta debidamente instruido de un día para otro, en un abrir y cerrar de ojos, sino que precisa de todo un proceso de instrucción para llegar a ser cortés, amable, correcto, considerado y de fino proceder. Con los buenos modales no se nace, se cultivan mediante la educación familiar y escolar.

7.- Para actuar necesitamos estar adiestrados en lo que vamos a ejecutar, por lo que los pueblos precisan tener formación, estar educados en el ejercicio cívico y ciudadano de sus derechos y libertades. El conocimiento teórico y práctico de lo que el ciudadano o la ciudadana debe hacer o no hacer, lo hace sujeto apto para defender accionando; no abandonar ni ceder lo que legítimamente le pertenece.

8.- A los fines de hacer de las dominicanas y los dominicanos una comunidad de mujeres y hombres indóciles ante la prepotencia, los desmanes y la violación de sus derechos, conviene comenzar por formar a la niñez de nuestro país para que sea inflexible frente a todo lo que significa atropello, ilegitimidad y degradación ética y moral.

9.- Corresponde a los padres preocuparse para que sus hijas y sus hijos se formen en el hogar, en los centros escolares y en las actividades cívicas, porque solo así llegarán a estar preparados en la defensa de sus derechos y libertades. Los pueblos necesitan personas con disposición para enfrentar a los gobiernos despóticos inclinados a conculcar, vulnerar las atribuciones de los miembros de la comunidad.

10.- Es una garantía de vigencia democrática cuando los pueblos están educados para ser contestatarios; listos para replicar y objetar cualquier acción del régimen de turno contraria a la Constitución y al correcto proceder. Contribuyen al desarrollo armónico de la sociedad los hombres y las mujeres en condiciones de llevarles la contraria a los grupos marcados por utilizar la violencia institucionalizada y practicar el ladronismo.

11.- Las marchas verdes las veo como expresión de civismo y ejercicio ciudadano, demostración legítima de queja justificada contra todo lo que significa corrupción e impunidad; exhibición de valor en procura de edificar al pueblo para que exija el cese de las acciones pecaminosas que dañan a todo el país.

12.- Las marchas verdes sirven como espacio de protesta cívica, ejercicio de derechos ciudadanos y manifestación contra lo degradante, degenerado, indecoroso, ignominioso y afrentoso. Moverse por lo sano y limpio ennoblece, enaltece, habla bien de quien acciona para elevar, no para reducir, envilecer y desacreditar.

13.- Las marchas verdes son escenarios propicios para que nuestro pueblo ponga en ejecución su legítimo derecho a expresarse en la plaza pública contra lo que considera lesiona su dignidad como comunidad que ama la decencia; hay que verlas como el ámbito ideal para en forma colectiva hacer escuchar la indignación popular contra lo que es un agravio a quienes repugna el latrocinio sin sanción.

14.- La lucha cívica es la expresión de hombres y mujeres conscientes que deciden ponerse en tensión para materializar las ideas que tienen con relación a una situación que lesiona a toda la sociedad. Las marchas verdes significan el conflicto, la pugna, la divergencia que hay en el medio dominicano entre los que quieren vivir en un ambiente degradado en lo ético y moral, y aquellos que han decidido marchar por la honestidad y contra la tolerancia a la delincuencia y el saqueo de los fondos públicos.

15.- Los reclamos de contenido cívico mueven no solo a una parte del pueblo, sino a las grandes mayorías nacionales no conformes con el estado de cosas que han indignado, enfurecido a las personas de bien que se sienten mal viviendo en un espacio corrupto. Aquellos que aquí se han integrado a las marchas verdes merecen que a su lado caminen todas y todos los exasperados, los ofendidos por la tolerancia al robo y a los actos ilícitos.

16.- Las marchas verdes se han convertido en acciones de animación que han alborotado a los dormidos, a la vez que han permitido expresividad; motivan para que aquellos que marchan lo hagan como en una fiesta, en la celebración del despertar. El buen ánimo de los que se movilizan contra la corrupción y la impunidad está generando disposición, alborozo, empuje, aliento, hervor, capacidad y fuerza para luchar con eficacia.

17.- Las marchas verdes deben concitar apoyo porque son protesta y lamento de que estamos viviendo en un ambiente que no merecemos quienes aspiramos a vivir bajo un Estado de garantías, institucionalidad y decencia. Lo que es una afrenta, un agravio, nos daña y lesiona como comunidad humana laboriosa

18.- Son justificadas las marchas verdes porque permiten que amplios sectores de nuestro pueblo se expresen circulando y propagando, recorriendo y difundiendo, transitando y divulgando todo aquello que afecta la dignidad, el decoro y la honra de lo mejor del país. Andar por calles y avenidas extendiendo las piernas y levantando unidos las voces de la vergüenza, nos eleva como mujeres y hombres amantes del correcto proceder e impugnadores de inconductas.

19.- Estar presente en las marchas verdes hace posible enseñar, demostrar desagrado, repugnancia, fastidio y asco contra todo acto que denigra, deshonra, amancilla y desprestigia el accionar político limpio, decente y honorable. Se justifica hacer ostensible, mostrar protesta ante lo que ultraja y nos pone de vuelta y media.

III.- Cuidemos las marchas verdes

20.- No hacen aportes positivos a las marchas verdes aquellos que las aprovechan para saciar sus malos sentimientos, personalizando la actividad lanzando palabras hirientes contra adversarios políticos de ocasión. Los chismes, los dimes y diretes reducen y empañan el valor de las jornadas cívicas.

21.- Las causas justas no pueden ser defendidas con métodos ilegítimos. La justeza, la razón y lo limpio, no necesitan de la diatriba, ni de las invectivas cargadas de inquina. La crítica fuera de tono, el lenguaje soez dirigido a un contrario, le convierte en una víctima del blasfemo.

22.- Alrededor de las marchas verdes, al igual que en toda actividad pública de masas, se mueven los más diversos intereses económicos, políticos y sociales; convergen las aspiraciones más disímiles. Pero lo importante es que predominen, prevalezcan los mejores objetivos, aquellos que sirven de motivación a la actividad; que la mayoría de los integrantes de la sociedad hagan suyas las demandas planteadas contra la impunidad y la corrupción. Además, de que con las masas movilizadas es posible alcanzar otros fines de contenido social que van en provecho de los que aquí son los más.

23.- Partiendo de que las marchas verdes son actividades que tienen por finalidad el adecentamiento de la vida pública, las mismas deben servir para que en ellas hagan acto de presencia las escuelas y colegios; núcleos familiares; clubes culturales, y otros órganos que simbolizan centros de formación ética y moral.

24.- Las marchas verdes reflejan un conflicto, choque social de conductas e inconductas, que pueden llegar a la ruptura de la pasividad que hasta ahora había mantenido un amplio sector de la sociedad dominicana ante el fenómeno de la corrupción y su tolerancia. La contienda, el enfrentamiento entre lo sano y lo nocivo conviene para erradicar lo que es perjudicial a todos y todas.

25.- Las marchas verdes debemos verlas como el deseo, las ansias, el sueño de nuestro pueblo por vivir en institucionalidad, respeto, decencia, integridad, es decir, como es debido; libre de impudicia, obscenidad y degradación ética y moral. Además, resulta reconfortante aceptarlas como prueba de que nos afanamos por liberarnos de las lacras sociales, y no desmayamos en construir un país diferente al actual que los perversos lo han convertido en un fango.

26.- Reclamar con firmeza y demandar lo que creemos es de justicia; exigir, solicitar movilizados; mediante quejas reivindicar la decencia y la institucionalidad perdida o secuestrada; reprochar demandando; solicitando, exigiendo a nivel de masas lo que individualmente no podemos lograr. Es correcto y conviene a la sociedad que ciudadanos y ciudadanas se conviertan en reclamantes, demandantes, querellantes públicos movilizados.

27.- Al aceptar las marchas verdes como actividad de civismo, su objetivo está al abrigo de toda crítica de que las mismas persiguen fines inconfesables que llevarían al país al desorden institucional, al desenfreno. Para propiciar el caos, el desbarajuste, hay que ser loco, sinvergüenza, un vencido por la insensatez, la irresponsabilidad, la ligereza y la más notaria insipiencia, algo que no han demostrado padecer los que, hasta ahora, están al frente del movimiento verde.

 

28.- Desde hace varios años conocemos personalmente a muchos de los hombres y las mujeres que inciden en la dirección de las marchas verdes, y podemos dar testimonio de sus firmes convicciones democráticas, y de haber estado siempre al lado de las mejores causas del país. Nadie cambia de bueno a malo, de serio a vagabundo, en un abrir y cerrar de ojos.

29.- Al margen de toda mezquindad, resabio politiquero o miopía política, hay que reconocer que las marchas verdes han significado un aporte al accionar político a que aspiramos, y una contribución al adecentamiento de la vida pública del país.