Las islas rotas, de Elizabeth Villamán

Por Rafael Rodríguez Pérez

Hacen ya algunos años, en mi Cuba natal, fui elegido como jurado de un concurso literario. Me convocaban a menudo para esos menesteres, y era siempre una grata labor, pues en cualquier lugar de la isla, hasta en el más sencillo concurso de un municipio cualquiera, uno podía tener grandes sorpresas: allí crece el talento de manera silvestre.

Lo mejor de todo era que, por lo general, a los jurados y premiados les regalaban libros. Esa vez no fue la excepción, y, al concluir la ceremonia de premiación, revisé, goloso, los que me habían tocado en suerte. Eran tres, pero solo hablaré de uno, acaso el más “endeble” de todos, a juzgar por su tamaño y complexión: No aceptes caramelos de extraños, de una tal Andrea Jeftanovic, una autora chilena de la cual no había escuchado jamás hasta ese día. “El título es bueno”, concedí, y comencé a leerlo allí mismo.

Decir que tuvieron que obligarme para que merendara, y luego arrastrarme para el almuerzo, y que anduvieron buscándome por los rincones donde me escondí, para que compartiera con los amigos, no hace justicia a aquella inmersión, porque eso fue. De regreso a casa, con el alma en los huesos y una opresión de grito en la garganta, agarré aquel librito por una esquina, como si de una araña se tratara, y se lo di a mi padre con un santo y seña que mucho tenía de señal de la cruz o de advertencia de inminente peligro: “Lee esta vaina”, le pedí. “Pero… pa, ten cuidado. Me ha rasguñado el alma”.

Varios años después, cuando me creo curado del “efecto Jeftanovic”, otro libro me vuelve a revivir aquellas sensaciones. A Dios gracias, mi espíritu está mejor curtido, y los destellos del talento ajeno terminan por alumbrar mi corazón y alivian la tristeza y el desasosiego que produce esta magia, esta “macabra enfermedad” llamada literatura. ¿El título?: Las islas rotas. ¿La autora?: la dominicana Elizabeth Villamán: escritora, guionista, docente y actriz. ¿Eso la resume? ¡No! Es también fundadora del proyecto Escribir es hoy, orientado a desarrollar el pensamiento creativo de escritores y guionistas; y entre sus premios y reconocimientos destaca, en 2019, la obtención de la primera beca de Residencia Literaria en A Coruña, a través de la fundación René del Risco Bermúdez, precisamente, de la que nació este libro que glosamos hoy, publicado en la Colección Caribes del sello Amargord Ediciones, 2020.

¿Eso la resume? ¡Todavía! Elizabeth es también Ingeniera Industrial, tal como suena y, además, una belleza tropical, y caribeña, en el amplio sentido de todo cuanto implica, para los entendidos, y para los no tanto.

Confesar que tuve este libro en versión digital, ofrecido por su propia autora, mucho antes de que se publicara, y que un tráfago de trabajo apenas soportable me impidió disfrutarlo, a esta altura, me pone muy nervioso. Tampoco negaré que sabía que era bueno. Verla desenvolverse, haber leído un par de textos suyos, incluso haber premiado uno de ellos: El viejo ventilador, en el Premio de Cuento Juan Bosch (Funglode 2018), ya me tenían sobre aviso. Los años en la lid nunca engañan. Lo que no sabía era que, como aquellos “envenenados” caramelos, también me dejaría la marca de su zarpa. Remedando mi gesto de antaño, y esta vez para mí, cuando cerré la última página de Las islas rotas, lo coloqué sobre la mesa, con la punta de los dedos, como si fuera a clavarme dos fieros dientecillos, y exclamé: “¡Carajo, tenemos nuestra propia Jeftanovic!” Quien haya leído a la chilena, comprenderá el tamaño del elogio, y lo que significa para nuestro futuro literario. No hago un paralelo inútil, ni clasifico epígonos; hablo de entraña y garra, del espíritu literario, agudo y abisal, que habita y atraviesa estas líneas con el mismo poder de enternecer, magullar u oprimir nuestras ánimas.

En Las islas rotas, además de la contundencia de las historias en sí, que conmueven y asombran, destaca la recreación de las atmósferas. Una especie de niebla, a veces infranqueable, a veces menos densa, pero siempre latente, parece desprenderse de estas narraciones, condensándose en un rocío letal, en gota persistente y helada que cae sobre la frente de un penado. Los personajes, húmedos por la eternidad y crueldad del castigo, se abren paso por ella como tirados por un hilo de horror que los impele, sin pausa, hacia los desenlaces más desgarradores. Digámoslo con todas las letras: hay relatos aquí que podrían figurar sin desmedro en una antología de terror o misterio, o ser filmados para recomerse las uñas una noche de pelis, con mucho miedo y pocas palomitas.

Villamán descifró a plenitud el secreto del género cuento: dos historias en una donde lo que se oculta, se calla o se sugiere, es siempre lo vital. Así, ha logrado perfilar caracteres de pesadilla que abren sus cráneos cual un pavoroso ojo de buey que mira hacia el abismo, y que nos devuelve esa mirada. No explora, cava, y cuando llega al nervio, tiene la sutileza de bordearlo y pasar de él, casi con cariño, solo para despezarlo cuando se bata en retirada. En estas páginas, la esperanza de redención o de supervivencia, como ocurre en la vida real con malsana frecuencia, es solo un lujo inútil.

El universo de la mente infantil, terreno habitual de naderías para escritores ñoños, se despliega aquí de una manera tan profunda, y tan dura, que apenas se ha acomodado el ánimo para tolerar un dolor, cuando un nuevo mazazo nos derriba. La ingenuidad de un niño, atrapado en un contexto hostil por los mismos que tienen el deber de amarlo y protegerlo, desnuda ante los ojos, “tiernamente”, lo más perverso y sádico que es capaz de habitarnos.

La familia, los lazos consanguíneos, ese “sagrado” núcleo harto representado como lugar seguro, como nicho de amor, aquí estalla, y esa explosión nos macula la cara con la mucha inmundicia de la realidad, la otra, que también existe, la alejada del idílico cuadro con hogar de fondo donde se queman leños aromáticos, los sujetos ríen alrededor de una mesa repleta, las madres son dechados de ternura y los padres protectores leones de sus vástagos. La otra…, la realidad donde la mami (o la abuela, o la tía), es una bruja cruel y odiadora, y papi sigue siendo un león, pero de colmillo sangrante, que devora a sus hijos como si fueran donas, y que siempre regresa por más.

La decadencia moral, la crueldad, la locura, el estupro, la orfandad, la superstición, el sexo…, asoman sus orejas peludas por estas “islas rotas” como un recordatorio de que la gran literatura, mal que nos pese, se alimenta con  mayor apetito de estos manjares deleznables que nos enfrentan, constantemente, a nuestros peores temores y demonios, al pavor de ver nuestro reflejo en el espejo abyecto del deseo, del impulso asesino, del garrote tribal, de la atávica sangre que pugna por rugir en cada quien y en cada cual.

Un libro como este nos hace recordar lo que podemos lograr con las palabras, y el intenso poder que habita en ellas cuando logramos transmutarlas en arte. La prosa de Villamán denota la búsqueda acuciosa de un estilo, se nota que va soltando lastre, haciéndose más límpida y contundente a medida que avanza. Hay oficio aquí, orfebrería, lengua domada y puesta a la merced…

Algo diré, no obstante, sobre la edición-corrección del volumen, porque atañe a mi mundo, y porque Villamán ha de acatarlo como un claro mandato en favor de su obra futura, que, a juzgar por estas “islas rotas”, será de importancia para el corpus literario de la nación: no puede permitir otra impresión de un libro suyo con una edición-corrección, y arte final, que no escale hacia su calidad literaria. Lo excelente merece la excelencia, y se debe tender hacia ella de manera incesante.

Por lo pronto, celebremos la aparición de este singular libro, de estas “islas rotas” cuyos fragmentos forman el rostro sin igual de la buena literatura, y de la media isla que habitamos, cuyo resuello universal puede sentirse entre las líneas. Mientras tanto, pensando todavía en “caramelos”, advertidos de que no debemos aceptarlos de extraños, podemos afirmar con orgullo: “¡La tenemos! ¡Tenemos a la nuestra!”. Mejor aún: apostamos porque en muy poco tiempo el “efecto Jeftanovic” dejará de asolar a los incautos, y una nueva “dolencia”, nacida del más puro talento, inquietará todos los corazones. La llamaremos el “Villamán effect”.

 

Por Rafael J. Rodríguez Pérez

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