La tradición de la agricultura familiar como valor agregado

Por Arturo Bisono

En una ocasión se le preguntó al destacado periodista y escritor argentino Andrés Oppenheimer sobre los desafíos que tenían los países en vías de desarrollo en materia de innovación. En respuesta a esa pregunta, él respondió, a su vez, con la  interrogante siguiente: ¿qué porcentaje de una taza de café que una persona se toma en Estados Unidos significa ingresos para el agricultor dominicano, costarricense o brasileño?

La desafortunada  respuesta a esa pregunta es que solo un 3% del valor pagado por el cliente llega a los productores y el 97%  restante va a los profesionales y empresas de la innovación y agregación de valor; es decir, a quien  hizo la ingeniería genética, la distribución, el ‘marketing’, el ‘branding’. Esto es, todo lo que tiene que ver con la economía del conocimiento.

Esos productores  que reciben solo el 3% del valor del café, en su mayoría entran dentro del marco de la agricultura familiar campesina que representan en su conjunto más del 70% de los agricultores en la República Dominicana, los cuales en  un alto porcentaje  viven  en condiciones de pobreza.

Difícilmente exista alguna otra forma más directa de salir de la pobreza que no sea  generando riqueza de una manera sostenible, y surge una pregunta, ¿Cómo puede generar riqueza un pequeño productor de escasas tareas de tierra, poca capacitación técnica, bajo nivel de tecnología, poco acceso a mercados; y que además tiene que enfrentar los efectos del  cambio climático que está afectando de manera a veces impredecible sus rendimientos?.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) define la AF como “todas las actividades agrícolas de base familiar y está relacionada con varios ámbitos del desarrollo rural. La agricultura familiar es una forma de clasificar la producción agrícola, forestal, pesquera, pastoril y acuícola gestionada y operada por una familia y que depende principalmente de la mano de obra familiar, incluyendo tanto a mujeres como a hombres”.

Sobre esto se ha escrito bastante en muchas partes del mundo, pero quiero hacer énfasis en la siguiente interrogante, ¿Qué significa consumir un producto proveniente de la agricultura familiar campesina?. Para responder habría que  empezar diciendo que este es un  producto hecho por manos campesinas desde el inicio al final del proceso productivo que trabajan; es decir por personas que  viven en el campo, y que de un 40 a un 80% de la materia prima que usan son productos que provienen de su propia finca y de pequeños productores cercanos, quienes, en general, ocupan solamente el 25% de los recursos naturales en sus procesos productivos.

Este hecho tiene un valor sumamente importante para el establecimiento de políticas públicas, que actualmente en muchos casos se está perdiendo. Muchos países están sacándole provecho a esta condición para fomentar los  productos especiales  que provienen de la agricultura familiar campesina y están capacitando a los pequeños agricultores para  llevarlos  a un escenario de nichos de mercado que les permitan vincularse con un consumidor que valora realmente el esfuerzo, la tradición, el entorno donde fue producido y que sobre todo se conecte con esas manos que, con mucho esfuerzo, crearon ese producto.

En nuestro país la potencialidad de esta oportunidad es enorme, sobre todo en productos tan tradicionales como el café, el cacao y el tabaco. Luis Gerónimo de Alcocer de Ocampo, un destacado escritor del siglo XVI, en su libro  Relación Sumaria de la Isla Española expresó que en esta isla existían abundantes y fértiles valles, ricos en ganado, cerdos salvajes y aves silvestres; las frutas además de abundantes, eran muy diversas y al referirse a los cultivos comerciales dijo se exportaban en cantidades pequeñas productos como el tabaco, café y el cacao. Lo anterior significa  que ya en el año 1640 encontramos evidencia de la existencia del campesinado en lo que años más adelante seria la República Dominicana. Incluso siglos antes que Luis Gerónimo escribiera estas importantes revelaciones, los tainos nos regalan como herencia el casabe, quizás la primera expresión del valor agregado de la agricultura familiar indígena. Esto representa una tradición de la producción de estos cultivos  de cientos de años; por lo que cabe preguntarse: ¿acaso esto no tiene ningún valor?

Quizás no sea la única forma de que nuestros pequeños productores mejoren su calidad de vida, pero sí creo que cada producto que sale de sus fincas, de sus pequeños pedazos de tierra, tiene un valor único que merece ser dado a conocer.

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