La soledad del poder

Por Manuel Hernández Villeta jueves 17 de agosto, 2017
El poder es temerario  y solitario. La temeridad  que da el tener bajo su control todos los hilos que mueven la vida ciudadana. Ser el primero, ser el único, ser el predestinado. Puede que no lo sea, pero es la percepción de los áulicos.
No hay nada más solitario que el poder. Es sólo contar con el lisonjeo de los corifeos de turno. Es únicamente escuchar un rasgo de la verdad, y siempre pensar si la versión del auxiliar fiel es preparada para levantar egos y hundir voluntades.
El poder tiene que ser fiero y vender al mismo tiempo humildad y solidaridad. Es difícil verlo en la perspectiva real. Es cuando en un hombre se da la fuerza de tener todo el poder en sus manos y ser el gran indispensable. Ese hombre es un gran solitario.
Los norteamericanos acuñan una fórmula que su estudio siempre me ha llamado la atención. El solitario de la multitud. El poder de destruir y salvar el mundo en la mente solitaria de un hombre en el Despacho Oval.  El desconocido, la cara sin rasgos, que está solo en medio de un juego de béisbol en un estadio lleno con 60 mil espectadores. Su pensamiento es uno, y el entorno está en otra onda.
El poder tiene doble cara. Es como Jano. Ese dios de  mitología convertido en realidad de James Bond, que presenta dos caras para siempre encontrar a fieles satisfechos. Cuando se tiene  el poder absoluto se gana el pecho levantado,  pero se pierde  la amistad, la confianza, la solidaridad y se comienza a ser prisionero del mando.
Trujillo es el mejor ejemplo. No se tiene a nadie en quien confiar, cuando balbucea una corte de aduladores. Es un eco mal formado de lo que son las muestras de nuestros deseos primitivos. El alago se convierte en  acto de magia barata    para convertir  las vanidades en alas de cera  que son quemadas cuando se levanta vuelo.
Pero hay una cosa que se escapa a los pensadores idealistas. El hombre en la cresta del poder representa un segmento de  voluntad popular, que en un momento puede ser manipulada, pero que en lo colectivo es  consciente de porque le dio impulso al que se cree iluminado.
Es el surgimiento de una coyuntura especial que mantiene  a esos solitarios del Poder. Trujillo, mozo cuidador de caballos, peón de la intervención militar norteamericana, patán  que puso a una intelectualidad rancia a lamerle las botas, fue producto de las debilidades sociales de su época.
Los que tenían miedo, los sin esperanzas, los Don nadie, los de tercera, inclinaron su cabeza ante él a cambio de promesas de orden, moralidad, trabajo y una esperanza. Los hombres son producto de su tiempo y agentes, directa o indirectamente,  de las circunstancias generacionales que les toca vivir.
El mejor ejemplo  es el hombre que vivió y murió por el mando absoluto, levantado por los aduladores, abandonado por la iglesia que casi lo santifica y ajusticiado por antiguos amigos. Es claroscuro de como las coyunturas sociales dan y quitan el poder. El hombre y sus circunstancias. El rostro  sin rastros  y su soledad. ¡Ay!, se me acabó la tinta.
 

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