La santidad de un vivir (sin morir) hacia el encuentro con Jesús

Por Víctor Corcoba Herrero sábado 7 de septiembre, 2019

Me gusta el horizonte de ser para los demás,

un corazón que acompaña y alumbra,

un espíritu que ilumina e injerta existencia,

un sentimiento en flor que no se marchita,

un manantial de testimonio en las noches,

por las que hemos de transitar unidos,

si en verdad queremos renacer cada día,

resurgir cada minuto, retoñar cada instante.

Lo trascendente del camino de cada cual,

es convertirse en un mártir y un testigo,

es conciliar los mil pulsos con mil pausas,

hasta ser capaz de reconciliarse consigo,

de aproximarse a la mirada del Creador,

pues la gran maravilla está en conocerse,

y en saber reconocerse entre arrepentidos,

como una blanca margarita sobre el celeste.

 

Ahí radica el retorno a ese verso que fui,

que hemos de volver a ser algún día,

porque coexistir es hallarse en los otros,

es descubrirse parte, unirse y esperanzarse.

Cristo en la cruz espera cerrar sus brazos,

y nosotros hemos de abrirnos a sus llagas,

para crecer en ternura y entrar en la vida,

para recrearnos de su amor y amor ser.

 

No sin antes avergonzarse de sí mismo,

por sembrar palabras viciadas y vacías,

por callar al grito de los desheredados,

y no alzar la voz al ritmo de las lágrimas,

pues la biografía de cada cual es un deseo

a compartir,  entre lo visible y lo invisible,

una aspiración positiva ausente de dolor,

pues quien a Dios busca, a Dios encuentra.

 

Como él,  y viendo que Jesús nos redime,

hemos de estar en camino y en guardia,

en plegaria permanente y en alabanza,

para dejarse transcender y transformar,

pues penetrando en nuestro interior

es como se llega a sentir la liberación,

a concebir el gozo de vivir en plenitud,

pues la dicha del Señor es nuestra destello.

 

 

 

Por Víctor Corcoba Herrero

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