La sangre en el 20

Por Manuel Hernández Villeta viernes 10 de enero, 2020

Es preocupante que la violencia continúe en el 2020. Desde luego, solo los ilusos pensaban que la caída de un mes en el almanaque aplacaría la ola de delincuencia y de sangre. No. hechos violentos no se paran por simples deseos ni medidas tomadas de emergencia.

La violencia descarnada que ensombrece a la sociedad dominicana tiene una parte policial y judicial, y otra de educación hogareña y escolar. La policía y la justicia tienen acción luego de que se comete el crimen.  La educación es prevención y contención. Tiene que darse una mezcla de ambas.

Por más que carguemos el dado a las autoridades cuando ocurre un hecho de violencia, debemos tomar en cuenta que la policía está para investigar el crimen y detener a los responsables, y la justicia, para aplicar las penas de acuerdo al delito cometido.

El ciudadano también está  irrespetando sus prioridades. Estamos flaqueando en la educación hogareña, y también en la educación formal. Fortalecer el orden en el hogar, y que la escuela se torne en la forjadora de conductas, es el camino central para controlar la violencia.

Las autoridades tienen que cumplir con su papel, pero también al ciudadano le toca ser responsable. Tenemos el reciente caso de un niña de cuatro años, que la madre la envía al filo de la noche con 200 pesos para  comprar a un colmado en una comunidad marginada.

No hay que hacer un gran investigador para usted predecir cuál será la suerte de una niña con un billete de 200 pesos, dirigiéndose a un lugar donde hay borrachos y música a todo volumen. Muy bien lo condensó el jefe de la policía cuando habló lleno de indignación por este hecho.

Esa madre cometió una ligereza de actuación, fruto de la costumbre, la falta de educación y el hacinamiento. Mandar a niños de esa edad a los colmados no es un hecho aislado, pasa en todos los barrios marginados. No tienen una protección especial.

Es desde la clase media donde se toman medidas extremas  para proteger a los niños, a tal extremo de que los convierten en presos en los apartamentos donde residen. No salen a jugar a los parques, están con vigilancia en las zonas de parqueos de sus edificios, los padres los llevan y los buscan a las escuelas, no les permiten hablar con desconocidos. Un extremo de lo que debe ser la protección.

Estamos en las antepuertas del infierno social. A cada esquina la muerte espera. Solo la providencia hace posible que uno no esté en la mira de un delincuente. Sigamos teniendo esperanzas de que esto se vaya a superar.  Solo nos salva que surja el fortalecimiento del hogar, y el imperio de la educación, y la justicia. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Por Manuel Hernández Villeta

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