La salud no está asegurada en compañías de particulares

Por Ramón Antonio Veras

I.- Lucha y compromiso social

I.- Las dominicanas y los dominicanos, que tenemos la posibilidad de escribir y hacer públicas nuestras ideas, y además estamos comprometidos con la lucha social, cívica y ciudadana, debemos de hacer uso útil de la facultad de pensar.

2.- La obligación voluntariamente contraída de enfrentar lo injusto, impone a los involucrados en el accionar político liberador, a no proceder como diletantes, sino con gran empeño, mucha vehemencia y decidido entusiasmo.

3.- Si estamos convencidos de que el pueblo dominicano está regido por un sistema social que se fundamenta en la desigualdad de oportunidades, el deber nos impone,  sin pretender ser vanguardistas, señalar las lacras que genera el statu quo, y dañan al ser humano.

 

4.- En determinadas coyunturas, los pueblos requieren del accionar público de equipos humanos compuestos por personas sensibles, con sentido de obligación social y ciudadana, que tengan facilidad de desmenuzar y exponer en forma fácil al pueblo llano, determinados asuntos.

 

5.- Para la generalidad de los hombres y las mujeres del país, no es una cuestión de poca importancia, tener conocimiento de todo aquello que tiene relación con  la condición  del organismo, es decir, con la salud, porque la misma entraña aptitud para vivir y desarrollarse.

 

6.- El agitado tren de vida que están obligadas a desplegar las masas populares para conseguir un pedazo de pan,  les impide detenerse a pensar en las maniobras que hace una minoría como intermediaria manejando los servicios de salud de manera caprichosa.

 

II.- Es un deber recuperar el derecho del pueblo a la salud

 

7.- Es una labor social incidir en el medio donde vivimos para interrumpir o acabar con todo aquello que va contra la vida de los integrantes de una sociedad humana cualquiera.

 

8.- Con toda razón y justicia procede que ciudadanas y ciudadanos, con calidad moral e intelectual, sin politiquería, asuman como labor social y humanitaria, la tarea de llevar al seno  de la sociedad  y a los organismos institucionales, el mensaje de la necesidad de quitarle a grupos ausentes de sentimientos hacía el género humano, el control de decidir los servicios de salud.

 

 

9.- Se impone ejecutar acciones públicas, que lleguen a la mente de las personas sensibles, a los fines de probar con documentos irrefutables y testimonios confiables, que una de dos: se está al lado de las ganancias abusadoras, o con el derecho del pueblo a la salud y a la vida.

 

10.- En ningún momento, ni en país alguno, la salud del pueblo puede estar a merced de lo que decida la conveniencia de una persona física o moral que pone por delante los beneficios particulares, y no la sanidad colectiva. Obrar sin pensar en los demás, es propio del individualismo que nada tiene que ver con sanación y vida.

 

11.- Porque aquí, en esta tierra de nuestros amores y sinsabores, el gobierno central y el cuerpo legislativo no tienen interés en limitar ni quitar el control que sobre los servicios de salud tienen compañías comerciales, corresponde a las fuerzas motrices más lúcidas del país, identificarse con los humildes y tomar la iniciativa para movilizar a las masas y llamar la atención de las personas sensibles.

 

12.- No hay que hacer un gran esfuerzo para convencer a la comunidad sensata dominicana, de que es un asunto de trascendencia, de gran importancia, que la seguridad y garantía de la salud no dependan de voluntades individuales movidas solamente por ganancias.

 

13.- Para que se imponga lo que es conforme a la justicia y a la razón, no hay que recurrir a los sonidos hirientes y desagradables, ni mucho menos a métodos destemplados. Basta con demostrar que se opera basándose en  la ecuanimidad, en la honradez para provecho de la comunidad.

 

14.- Es fácil probar lo que está a la vista, y más cuando se busca enfrentar algo que en el ambiente nacional se comporta de manera inhumana. El salvajismo y el humanismo no pueden coincidir.

 

15.- Aunque sectores  del país tienen a nuestro pueblo como una cosa sin valor ni importancia, minimizándolo, la verdad es que los marginados de la sociedad dominicana, no son tontos y saben que su derecho a la salud está secuestrado, atrapado por algunos que simulan un humanismo que no sienten.

III.- Defender el interés colectivo genera adversarios, pero poco importa

 

16.- Todo aquel que abraza la lucha social con firmeza, convencimiento y coherencia, debe saber que va a tener de frente a quienes se aprovechan o se sirven del orden establecido. La brega contra intereses económicos, engendra adversarios desde todos los litorales.

 

17.- Siempre, y  bajo cualquier circunstancia, el ser humano que decide hacer causa común con las víctimas de la opresión, solo debe razonar en el sentido de qué lado está la justicia, que es la que hace a los seres humanos honestos, íntegros y ajustados a la realidad de su pueblo.

 

18.- En la defensa del interés colectivo, ante las conveniencias individuales, hay que distinguir lo personal de lo económico. Enfrentar una situación injusta, no significa llevarla al individuo que forma parte del órgano que genera la iniquidad.

 

19.- Debemos de estar conscientes de que aquel que está dominado por lo que le es lucrativo, no ve las cosas más allá de lo que le es provechoso, y cree que una crítica a sus intereses de clase, es un ataque a su persona. Le es difícil separar lo fructífero para sí, de la posición de quién defiende la parte humana de la población en general.

 

Idea final

 

20.- Resulta sumamente espinoso tocar temas que afectan intereses económicos de clases sociales minoritarias.   Referirme a la necesidad  de quitarle el dominio de la salud del pueblo a empresas comerciales, irrita a familiares; es peliagudo por el celo de algunos amigos con lo que es de su beneficio personal, y algo intrincado para muchas amistades. Pero particularmente a mí, no me queda de otra, porque me siento de por vida comprometido con lo que es de la conveniencia para la colectividad dominicana, y de ahí nadie me saca.

 

Por: Ramón Antonio Veras

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