La política y la reciprocidad de los afectos

Por Borja Medina Mateo domingo 15 de diciembre, 2019

En ocasión de no haber obtenido el triunfo en una competencia universitaria interna, mi padre me dijo: “Mi niño, uno no es una monedita de oro para gustarle a todo el mundo.”

Sus palabras sucedían un debate de “propuestas” del referido torneo estudiantil y había sido evidente mi estupefacción respecto de que, la argumentación, la lógica, la razón y las ideas no eran prioridad para los electores y, por consiguiente, mediante el uso de esos elementos no se ganarían las elecciones. Ahí entendí que, la victoria en certámenes eleccionarios se obtiene por medio de la conexión emocional que se haga con el votante.

Muchas veces la argumentación, lógica y razonada, de las ideas puede lucir arrogante y soberbia sin que, en esencia, esa sea la actitud real en la participación de la lucha política o del debate político. Aún así, se impone el vínculo emocional y afectivo.

Aquello me resultaba incompresible. Tal vez, por haber leído, a temprana edad, textos de profunda vocación lógica y racional. De ahí, entonces, el elemento emocional disminuyó su preeminencia en mí. Esa parte, en aquel episodio, la suplió muy bien mi hermano, mejor amigo y compañero, Nelson J. Medina, quien, sin dudas, era el joven más popular de nuestra promoción de la universidad. A quien agradeceré esa jornada por siempre.

Sin embargo, es justamente esa experiencia, que hace propicio el análisis de la compleja situación de los políticos que no logran equilibrar su vida personal con los compromisos y actividades propias de la política. Eso así porqué les resulta difícil en cuanto a tiempo, disponibilidad y ánimo atender, satisfactoriamente, a quienes se interesan en compartir con ellos.

Pero armonizar la vida privada con la pública no debe ser tarea fácil, asimismo, pretender gustarle a todo el mundo. Eso así, en primer lugar, porque no se puede cumplir las expectativas de todos a la misma vez, y, en segundo lugar, es mejor “caer en gracia, que querer ser gracioso.”

En todo caso, eso tiene mucho que ver con la autoestima y la fortaleza emocional del político (o el candidato), puesto que, si tiene temor al “qué dirán” las personas con las que no pueda cumplir estaría, prácticamente, imponiéndose una relación de codependencia. En cambio, si tiene la suficiente entereza y gallardía para, con respeto, tacto y prudencia, saber decir que no, hablar de frente y ejercitar la sinceridad y la honestidad de la que muchas veces se ufanan, es más probable que gane en partida doble. O sea, con quienes cumple y con quienes no puede cumplir en algún momento.

Ya que la gente reconoce y valora cuando les son francos, directos y sinceros. De lo contrario, quien no lo pueda ser, sería sencillamente: un cobarde.

Y es que ahí surge un elemento fundamental en las relaciones humanas: la reciprocidad. Si el trato, la disposición y los afectos no son recíprocos la relación se quiebra. Pero, cuando es a causa de la política es peor aún, pues, nunca se llega a comprender que algo de esa naturaleza sea superior al respeto, al cariño y al afecto sincero de una amistad, un amor o cualquier tipo de relación. Son emociones.

Es decir, está claro que uno no le tiene que gustar a todo el mundo. Más aún, que el político debe ser frontal y sincero. De hecho, más en estos tiempos que demandan cercanía y vínculos primarios. Por tanto, la reciprocidad se hace perentoria para evitar malquerencias y rupturas que pongan en evidencia quienes son, verdaderamente, los que participan de la política con vocación, pasión y entrega, y, quienes, por el contrario, la utilizan como un medio para la consecución de fines individuales, ruines y sinuosos.

En la actualidad, las redes sociales y otras formas de comunicación hacen que la información llegue a todos de la misma manera, al mismo tiempo y con la misma posibilidad de responder o reaccionar. Eso, ha permitido que cualquier persona pueda levantar su propio juicio de algo o de alguien, e, intente incidir en la valoración final de la colectividad. Lo cual, se traduciría claramente en aceptación, rechazo o votos.

En fin, el político que quiera erróneamente estar bien con todos y no fortalezca sus vínculos primarios mediante la sinceridad y la reciprocidad de los afectos, verá en las urnas o en la opinión pública el fruto de su siembra.

Hoy, justamente a dos años de la ida a destiempo de un tío muy querido y que siempre tengo en mi pensamiento, recuerdo un refrán popular que me repetía insistentemente que dice: “El amor y el interés se fueron al campo un día y más pudo el interés que el amor que le tenía”.
¡Entendido, tío!

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