La paradoja del docente: ¿Ser o parecer?

Por Gerardo Castillo Javier

Conocí a un profesor que decía públicamente que él no era ejemplo de nada ni de nadie, que él era un ser humano como todos los demás, que no aceptaba ser modelo de los jóvenes, que si querían modelo que lo buscaran en otra parte. Según el «Currículo Explícito», un docente es un modelo de ciudadano. La persona en la que se suman los ideales de la corrección en el ser y en el parecer. En otras palabras, el docente es esa persona permanentemente coherente, crítica y autocrítica; mesurado en el pensamiento y en la expresión de sus ideas, respetuoso y capaz de ponerse en lugar de los demás, es decir, de comprenderles; y al mismo tiempo, sin dejar a un lado los buenos modales ni la cordialidad,  ni caer en el autoritarismo, capaz de ser firme cuando las circunstancias lo exijan.

Hildebrand (1973), citado por Ernesto Meneses Morales, en El perfil del maestro universitario, afirma que se «identificaron mediante el análisis factorial, las características de los profesores mediocres y, también, de los excelentes, es decir, de la enseñanza efectiva».

El referido estudio demostró que los buenos maestros:

1) Dominan su materia; 2) Se comunican fácilmente con sus estudiantes; 3) Establecen relación cordial con la clase, y son hábiles para organizar la participación del grupo y permitir la mutua interacción; 4) Responden en forma personal a cada estudiante, y 5) Manifiestan entusiasmo contagioso que despierta el interés del estudiante y estimula la reacción de éste (p. 1).

En el mismo trabajo, bajo el subtema «Transmitir conocimientos formales y organizados», el autor señala que: «Sin embargo, según lo pone en evidencia la realidad, lo explícito, un docente es un ciudadano común y corriente, poseedor de tantas virtudes y defectos como el que más o como el que menos. Vituperado por unos y visto por encima del hombro por otros». Un docente es eso: alguien ante quien todos se inclinan reverentes si necesitan una referencia, un buen ejemplo para los jóvenes, a sabiendas de que el gesto se hace con reservas, y a sabiendas también de su efímero efecto. En definitiva, el docente nos ofrece la misma borrosa y desvitalizada reminiscencia que del «totem» nos ofrece el sacerdote. Eso que necesitamos para contraponerlo a un ideal, y hacernos creer que la utopía es posible.

Y se espera de él, aunque nadie lo consigna de manera clara y definitiva, que represente el «estado de cosas», y que sea capaz, ante todo, de sustituir a los padres y reparar con éxito las relaciones malogradas con sus hijos. Se espera, además, que encarne los supuestos en los que se sustentan las propuestas del currículo escolar y universitario. Es decir, que el docente pueda producir los cambios necesarios y pertinentes en la educación y que sea el avatar que nos legue el mundo mejor que todos soñamos.

El trabajo antes citado del profesor Hildebrand  nos da la razón cuando dice:

El docente, llamado por el currículo a fortalecer la capacidad analítica, crítica y autocrítica de los alumnos, ante una cultura que, ante todo se caracteriza por el cambiante juego de imágenes en un laberinto de espejos, y a la cual el docente está llamado a impugnar y al mismo tiempo proteger y replicar, sabe que la paradoja es real, y que es una trampa de la que es imposible salir, a menos que sea capaz de renunciar a su concepción del mundo y de la vida (p. 1).

¿De qué manera se crea y fortalece la capacidad crítica en los jóvenes sin poner en tela de juicio los principios y valores en los que se sostiene la cultura que nos moldea y sobre la que la educación está llamada a reflexionar? ¿Qué hará el docente ante el cuestionamiento de los jóvenes a las instancias del poder fático?

El punto en cuestión es que la expectativa puesta sobre el docente y a la que es imposible responder, hace del docente un individuo que se sabe, en esencia, descalificado. Pues él sabe que jamás podrá corresponder la que tiene de sí mismo con la imagen que el poder define y le endilga.

Y es, probablemente, esa contradicción lo que nos permitiría explicar el silencio cómplice del docente, porque ¿qué se puede esperar de un individuo que se debe al sistema? ¿Qué se puede esperar de un individuo a quien el sistema asigna la tarea de representarle y al mismo tiempo cuestionarle? El silencio es la respuesta esperada. La inercia.

En ese sentido, Ada Abraham (1975) sostiene que:

La actitud de los propios docentes no es menos sospechosa. Lo que les caracteriza es el silencio. Es una población que no se manifiesta. En una situación cada vez menos protegida y aunque se ven amenazados por todas partes, ellos no expresan en voz alta sus reivindicaciones, sus ansias de formación, lo que piensan de su situación ambigua (p. 13).

Una revisión de la experiencia en nuestro  país pone en evidencia la apatía de los docentes a formar grupos, a exigir que se cumplan los acuerdos y a plantear demandas en beneficio de su gremio o de la sociedad toda.

La causa de esa actitud ante la sociedad se explica por la tendencia del docente a tratar de ser visto de acuerdo a la imagen que él sabe los demás tienen de su persona. Probablemente no exista otro profesional más temeroso ante la descalificación potencial que el docente.

Ada Abraham realizó un estudio en el que procuró establecer la idea que cada uno de los docentes que participó en el estudio tenía de sí mismo. Al respecto, ella dice: «Así pues, los docentes se han descrito según la imagen ideal del docente, en lugar de representarse individual y subjetivamente, se han atribuido la imagen del “buen” docente tal y como él debe manifestarse según la norma» (p.44).

Y más adelante agrega: «En conclusión, podemos decir que los docentes se han abstenido en gran medida de describirse individualmente para presentar, por el contrario, una imagen idealizada de ellos mismos, generalmente deseable y comúnmente admitida» (p.45).

Los resultados más notables de la encuesta realizada por la autora citada son los siguientes: los profesores se describen a sí mismos de manera muy parecida al ideal que de ellos tiene la cultura. Esto explica la persistencia del conformismo entre los docentes, pues, según la autora, los docentes se ven de forma estereotipada.

Esta tendencia, nos explica la autora, se conoce como lo «socialmente deseable». Referente al mismo aspecto, Erich From (1941, p. 97), citado por Ada Abraham (1975, p. 47) dice:

(…). En las coyunturas de esta sociedad, está en auge la sumisión del individuo a las exigencias del mercado: a la manera de toda mercancía vendible, él debe tener una reputación de “ente logrado” para afrontar la competencia. Se descubre, pues, que “el individuo no vende solamente mercancía sino que se vende también a sí mismo teniendo la impresión de ser una mercancía.

Según este punto de vista, el individuo luchará entonces por conseguir la apreciación de los otros. En lugar de evaluarse a sí mismo lo más seria, honesta y objetivamente posible, su empeño se enfoca en conseguir la aprobación ajena, lo que a través de una infravaloración del «yo» conduce al autoengaño que es tratar de ofrecer la imagen que el sistema le ofrece de sí mismo como si fuese la suya propia. Desde las instancias del poder se nos anima de manera sistemática a que vivamos según la idea de que, más importante que ser es el parecer.

  1. Homey (1945) citado por Ada Abraham (p.48) explica los procesos psicológicos que caracterizan la alienación del yo dentro de la personalidad neurótica, atrapada en una imagen idealizada del yo. Ada Abraham lo traduce así:

Nos topamos ahora con un fenómeno particular: la disposición del docente a renunciar a una parte de su identidad propia, a alienar en relación a sí mismo una parte del yo real y contagiarse de alguna otra. Se trata de una alienación específica: la del individuo en relación consigo mismo.

Así, lo «socialmente deseable» y la «personalidad comercial» le dan forma y definición a la imagen que el docente ofrece de sí mismo y que procura ajustar a la imagen de sí mismo y que desde el poder se le ofrece como ideal, como esperada.

Por otra parte, la investigadora vislumbra un recurso novedoso en manos del poder establecido para garantizar, sin falla alguna, la impronta de sus normas sobre el docente. Se trata de la fuerza influyente de los «Mass media», que poseen un alcance indiscutible, tanto en la vida privada como en la pública.

Ese recurso viene a proveer la ilusión de que mitiga el control riguroso de la cultura. Se vende a sí mismo como una fuerza que ejerce control sobre las áreas más oscuras del poder fático, y se llama a sí mismo «el cuarto poder».  De modo tal que los individuos ven mitigado el poder del súper yo, de la conciencia que se nos impone, y que se nos enseña a asociar con la imagen paternal, a través de esa imagen estereotipada e idealizada. Es decir, con sutileza, desde el poder se impone como recurso para la alienación del individuo un afán desmedido por ser «socialmente deseable» y por «venderse» como cualquier mercancía, como una estrategia de lograr la aceptación y eludir, dada la alienación, la presión social. En otras palabras, «a falta de reprimir los impulsos considerados como prohibidos, [el poder o el sistema] dicta formas de comportamientos considerados como deseables» (p.49).

Todo lo anterior nos permite entender cómo la cultura del poder se replica a sí misma en cada individuo. Y nos permite ver porqué el docente «es requerido –y él se siente obligado- para encarnar el hombre perfecto, producto logrado de esta sociedad, ante sus alumnos, los “futuros ciudadanos”, “la nueva generación” [de personas a la que él contribuye a moldear, a alienar,] lo que intensifica el aspecto representativo y artificial de su comportamiento» (p. 51).

Por otra parte, Ada Abraham se apoya en un estudio realizado por Miles y Wright (1956) para explicar cómo la imposición de jerarquías es uno de los pilares más importantes en el proceso de alienación  social. Y al referirse a los docentes afirma: «El sistema pedagógico se distingue igualmente por su carácter jerárquico, por la presencia del docente en la base de la escala, su ausencia en las decisiones, su falta de prerrogativas y su dependencia opresora de cara a sus superiores» (p. 53). En el caso dominicano, lo anterior se ilustra con la situación de los docentes ante los directores de las escuelas: en sentido literal, las maestras y los maestros son propiedad de los directores. No pueden ser trasladados sin la autorización del director. Sin embargo, el Sistema Educativo presume enseñar a convivir en democracia mientras trata como a esclavos a los maestros.

En conclusión, tomando como punto de partida las consideraciones de Ada Abraham a la luz de la teoría psicoanalítica, se puede afirmar que el docente es alienado por una cultura que procura, por vía de conglomerados humanos que se niegan a sí mismos como único recurso posible para satisfacer su necesidad de ser aceptados y reconocidos socialmente, replicarse en cada individuo. Y en ese sentido, el docente, como individuo y como conglomerado, recibe la mayor presión social para que acepte ser la representación material de la fuerza represiva del sistema.

La aceptación de ese ideal es la condición sine qua non para que una persona llegue a considerarse a sí misma como docente. Ahora bien, asumir ese ideal lleva implícita la negación de la individualidad y la aceptación de una imagen estereotipada que le queda grande, pero que él acepta para jugar un juego en el que además debe ser ejemplo de sumisión, de pasividad, de dependencia y de pensamiento mimético, aunque el currículo oficial le diga que debe enseñar a los jóvenes a ser críticos y autocríticos; aunque el currículo hable de educación pluricultural, democrática e inclusiva.

En fin, pude entender con el paso de los años a aquel profesor que se negó siempre a ser expresión vacía de una farsa. De alguna manera él intuía la trama detrás de las atribuciones que se hacen al maestro. Y se negó a jugar ese juego en el que se le asigna al docente la auto represión, la anulación de su individualidad y la emulación de un ser ficticio que responde a intereses ajenos.

 

Por Gerardo Castillo Javier

El autor es docente universitario y psicólogo clínico

 

 

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