La pandemia del Coronavirus ha hecho más ricos a los ricos y más pobres a los pobres

Por Víctor Manuel Peña lunes 29 de marzo, 2021

A partir de los diabólicos o endiablados efectos de la pandemia del Coronavirus en el mundo hay que llegar la indeseada conclusión de que ésta ha ahondado muy profundamente los niveles de desigualdad entre los países.

Esta pandemia ha representado una verdadera tragedia en la vida de la humanidad y del mundo.

A partir de esos dramáticos y tremendos efectos sobre la desigualdad hay que llegar a la correcta conclusión de que la pandemia no apareció en el mundo por generación espontánea o por obra y gracia del espíritu santo!

Y en esa conjura contra la humanidad están involucradas prácticamente todas las potencias del mundo.

No se trata de envolvernos en la jugarreta de si fue China Popular o Estados Unidos o viceversa. Lo cierto es que todas las potencias están envueltas en la fabricación de vacunas para supuestamente salvar a una parte de la humanidad del genocidio.

Ocurre que esas vacunas no se regalan, se venden. Y ese comercio internacional de las vacunas ha elevado al cielo las ganancias de las multinacionales de la industria farmacéutica en las grandes potencias y con ello ha aumentado el intercambio comercial desigual entre países ricos y países pobres.

Ese concepto es válido para las multinacionales de la industria tecnológica en el mundo desarrollado.

En el mundo los países se vieron obligados a sustituir la docencia presencial por docencia virtual.  En el caso de los países desarrollados los costos de esta transición o conversión tecnológica en el área digital resultaron mucho menores que los costos que ésta ha tenido en el caso de los países pobres y muy pobres del mundo.

Los países pobres y muy pobres han tenido que endeudarse hasta la coronilla para hacer esa posible esa transición parcial e incompleta, si se quiere dolorosa y traumática, de la docencia presencial a la docencia virtual. Los gobiernos de estos países han tenido que hacer compras masivas en el exterior de equipos tecnológicos –computadoras, tablets, etc.-

Esto se ha dado con el agravante de que en los países pobres y muy pobres no hay base tecnológica y cultural en la sociedad, por lo que hay serios problemas de conectividad y de difusión y uso muy limitado de la internet.  La pobreza extrema crea per se todas esas limitaciones para acceder al internet.

En el campo tecnológico y comercial la pandemia del Coronavirus ha sido la oportunidad del siglo XX1 para que las multinacionales de la industria de la alta tecnología hayan hecho ganancias siderales.

La profundización de la riqueza de los ricos o desarrollados se cimenta en la profundización de la pobreza de los pobres o subdesarrollados.

Al juzgar por los monstruosos y aciagos efectos de esta pandemia en el mundo hay que llegar a la penosa conclusión que su origen no es inocente.

Al juzgar por los efectos sobre la vida humana hay que concluir que la pandemia ha sido una gran tragedia cuyos impulsores han provocado un verdadero genocidio en el globo: Más de cien millones de contagiados y prácticamente tres millones de muertes.

Si el virus no ha aparecido en el globo por generación espontánea y el mismo ha provocado un genocidio gigantesco, hay que llegar a la conclusión de que la responsabilidad de su origen y de sus efectos letales sobre la vida humana corre por cuenta de las potencias y de manera muy especial sobre dos o tres de ellas.

El holocausto que hubo en la Segunda Guerra Mundial fue responsabilidad de Adolfo Hitler, pero el holocausto o genocidio a que ha dado paso el coronavirus es responsabilidad de la sed y el afán desmedido de riqueza de las potencias.

Esa es una muy extraña y rara forma de hundir la economía mundial para luego promover la recuperación de la misma.

Otro asunto que mueve a pensar que no fue inocente su origen es que el segmento de la población más vulnerable es el que pasa de sesenta años.  Se busca reducir ese segmento de la población porque representa supuestamente una carga “muy grande” para los estados.

Ese segmento de la población, hoy envejeciente, lo doy todo en su vida útil creando riquezas con su trabajo en todos los países del mundo.

Las pensiones de los envejecientes no deben constituir una carga pesada para los estados porque ellos conquistaron y se ganaron de sobra ese derecho con el trabajo realizado en su vida útil.

Además, hay un efecto de solidaridad entre generaciones en cuanto al financiamiento de los costos de los sistemas de pensiones y de jubilaciones o sea que el costo de la solidaridad descansa mayoritariamente sobre las generaciones jóvenes.  Y ocurre que la biología une inextricablemente a las generaciones envejecientes con las generaciones jóvenes y viceversa.

Otro asunto es el pésimo manejo de la pandemia por algunos gobiernos: Trump, Bolsonaro y AMLO

En Brasil están muriendo tres mil personas por día.

Algunos presidentes y expresidentes pasarán a la historia como verdaderos genocidas.

Otra cuestión es que la deuda pública externa de los países pobres y muy pobres ha crecido de manera realmente abrumadora.

Pronto estaremos siendo víctimas de otra gran crisis: la crisis de la deuda pública o la deuda soberana

Esa crisis de la deuda soberana que explosionaría en el futuro sería una crisis más impactante y destructora que la crisis de la deuda externa de la década de los 80.

Todo indica que estaremos envueltos en el círculo vicioso de grandes crisis durante un largo período en el tiempo.

Y como les conviene a las potencias ahora dicen los ideólogos de la tragedia que a partir de ahora el mundo estará o vivirá de pandemia en pandemia, lo que equivale a decir que el mundo quedará sometido inexorablemente a la eterna tiranía o eterna dictadura de las pandemias.

O sea que el globo vivirá bajo la esclavitud aniquiladora de los vapores o rigores de una caldera ardiente!

Eso significa que los países no saldrán de una eterna crisis sanitaria, una eterna crisis económica, una eterna crisis social, una eterna crisis de los sistemas políticos y democráticos y así sucesivamente.

La naturaleza de la humanidad es incompatible con estar sometida a eternas restricciones, confinamientos o cuarentenas.

Una situación de eternas o permanentes crisis es insoportable e irresistible para la humanidad y para los países pobres y muy pobres del mundo.

¡En fin, esto equivaldría a declararle la muerte por anticipado a gran parte de la humanidad!

Y volveríamos al centro de un problema filosófico esencial: ¿Vale la pena vivir o seguir viendo?

¡Ojalá que el pesimismo no sustituya al optimismo en la vida de los humanos!

¡En fin, la pandemia del coronavirus ha sido el gran negocio del siglo XX1!

POR VÍCTOR MANUEL PEÑA

*El autor es economista y abogado

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