La oveja mansa

Por Alfredo García

“Aun el necio, cuando calla, es tenido por sabio; el que cierra sus labios es entendido” – Proverbios 17:28

Jugando basquetbol cuando tenía 15 años me ocurrió una de las más grandes enseñanzas de inteligencia emocional que he tenido.
Sucede que una tarde nublada y lluviosa de mayo de 1996, como a eso de las cinco de la tarde, nos encontramos 16 jóvenes para jugar básquetbol en una cancha del sector Lomisa donde residíamos.

Como la calle de la cancha estaba mojada y no podíamos jugar movible, decidimos hacer un juego llamado la escalerita.

Aquello consistía en que la cantidad de puntos encestados por un jugador, debía ser igualado por otro que él designara, de lo contrario, era descalificado del juego. Pero si al responder el duelo, el retado metía más de lo que debía, el excedente se lo ponía al contrincante que lo había desafiado o a cualquier otro jugador que quisiera. Bien simple.

Como comprenderán, aquello era una gallera pues los desafíos entre uno y otro contrincante estaban a la orden del día y las palabras desafiantes y altisonantes cuando un participante descalificaba a otro, eran permanentes.

En ese ambiente cada vez que me tocaba tirar yo fallaba por ser el que menos sabía jugar, pero como estaba callado ninguno de los presentes que encestaban me vio como amenaza y por consiguiente, no me desafiaban.

El caso es que sin haber metido una pelota llegué a la final, todos los demás que habían metido hasta veinte tiros, habían sido descalificados, más yo seguía en el juego sin haber encestado un sólo tiro en múltiples intentos.

Es así como de repente, llegué a la final con el que las había metido todas, cerca de 40 veces.

De manera que cuando me tocó tirar, en ese “match up”, ¡oh gloria, la metí! ¡Había metido una, wao! Pero yo no celebré porque sabía que mi contrincante no había fallado en el juego entero, de manera que cuando le tocara tirar tenía una alta probabilidad de encestar, sin embargo, para mi sorpresa y enseñanza, aquel que todas las había metido, falló, terminando yo como el único ganador.

En dicho juego le había ganado con un sólo punto al que había encestado cuarenta, y todo por haber permanecido en humilde silencio, sin perfilarme como amenaza, ni desafiar a nadie durante el juego.

Sin dudas la enseñanza de inteligencia emocional en ese momento fue extraordinaria, verificado en el hecho de que nunca lo olvidé y todavía lo traigo a colación varias décadas después, pues aquel juego lo gané, con un sólo punto, a 16 competidores, simplemente por mi mansedumbre.

De manera que la lección fue bien clara, en boca cerrada no entran moscas y el silencio, la humildad y la mansedumbre, combinado con la paciencia, abren todas las puertas y las mantienen abiertas.

Por Alfredo García
Analista Político

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