La otra cara de la venganza II

Por Borja Medina Mateo martes 23 de abril, 2019

Descendió de los cielos dentro de un globo aerostático en el patio de su mansión. La expectación era inusitada. Todos querían conocerlo e interactuar con él. Así hizo su regreso, Edmond Dantés, frente a quienes lo dañaron e injuriaron, ahora convertido en el flamante Conde de Montecristo.

Entre tramas, conversaciones y eventos, logra penetrar a la intimidad familiar de su homólogo. Se da cuenta de la situación económica, del trato hacia su familia y de su relación con sus otros enemigos. Ahí inicia una conspiración cuasi perfecta en la que se logra vengar de Mondego, Villefort y Phillipe Danglar. Este último era quien obstaculizaba el crecimiento de Edmond en su labor aduanal, con argucias e intrigas constantes.

El Conde de Montecristo despierta el interés de Mondego acerca de un envío que estaría recibiendo, para el cual había solicitado “el apoyo de Villefort para evitar que su cargamento fuese inspeccionado”. Pero, en realidad, quería despertarle el interés de qué se trataba. El Conde Mondego, involucra a Danglar para que se apropiara de tal encargo.

Por otro lado, Mondego y Villefort conversan sobre cómo hacerse del envío, sin jamás imaginar que todo estaba fríamente calculado por Montecristo.

Phillipe Danglar es apresado por las tropas de Villefort mientras intentaba robar el envío. Al encontrarse con el Conde de Montecristo, airado, exclamó: “¡El Conde Mondego me tendió una trampa!”. Así intenta atacar a Montecristo y con la soga al cuello le pregunta: ¿Quién eres? Y mirándole fijamente a los ojos, contesta: “Soy el Conde de Montecristo, pero mis amigos me dicen Edmond Dantés”. Su asombro fue inconmensurable.

Luego va a encontrarse con Villefort, a quien entre preguntas y referencias de lo acontecido dieciséis años atrás, lo hace confesar toda la trama criminal entre el y Mondego, a lo que en tono desesperado gritó: “Solo tiene teorías, conjeturas… Mondego, no confesaría ni en un millón de años”. Montecristo respondió: “El no, pero ya usted lo acaba de hacer”. Ahí, Dantés, hace una señal que indica a la policía salir detrás de los muros y llevarse arrestado a Villefort por conspiración para asesinar a su propio padre.

Finalmente, Mondego va a donde estarían, supuestamente, los baúles de oro enviados a su par. Sin embargo, solo encontró una ficha de ajedrez que intercambiaba con su viejo amigo Edmond Dantés. En ese preciso momento sale el Conde de Montecristo y Mondego, estupefacto, solo dice: “¿Edmond?”. A lo que, Dantés, caminando fríamente hacia su amigo Conde, le dice: “¿Cómo escapé? Con dificultad. ¿Cómo planee este momento? Con placer.”

 Después de algunas palabras, sin salir del asombro, Mondego pregunta: “¿Por qué haces esto?”, la respuesta de Edmond fue implacable: “Es complicado. Digamos que es mi venganza por la vida que me robaste”. Así, entre dimes y diretes, Mondego emprende la huida.

Ejemplo final

Lo mismo ocurrió en la película The Revenant (el renacido), con el personaje central Hugh Glass, quien lideraba un grupo de cazadores que fueron atacados violentamente por unos indígenas que le robaron todo. Los cazadores eran auspiciados por Andrew Henry y acompañado por uno de sus dependientes llamado John Fitzgerald, ex militar que envidiaba las cualidades de Hugh. Además, en el grupo estaba el hijo de Glass, llamado Hawk, de origen indígena.

Hugh Glass logra salir vivo de aquella encerrona. Para suerte de todos, era el único que conocía el camino. Pero, por sus vicisitudes posteriores, cualquiera hubiese preferido no ser contado entre los sobrevivientes.

Fue casi devorado por un oso. Su jefe lo abandona moribundo a la suerte de Fitzgerald y de Jim Bridger. Su hijo Hawk no se apartó de él. El estado de salud de Hugh era crítico, estaba inmóvil y ensangrentado. Se encontraba en plena agonía.

Fitzgerald, en ausencia de Bridger, intenta asesinar a Hugh, bajo el subterfugio de ponerle fin a su desgracia. Pero Hawk procura evitarlo, y a la vista de su padre, el ex militar lo mata vilmente de una puñalada. Imaginemos un instante lo que debió significar esto para Hugh, impotente e incapaz, de defender a su único hijo.

Hugh fue enterrado vivo en medio de la nada. Pero, ocurrió lo impensable: Glass logra salir de su tumba e inicia el camino más terrible para vengar la muerte de su vástago.

Al final de su tétrico peregrinar, se encuentra cara a cara con Fitzgerald. La lucha no se hizo esperar. Se dieron trompadas, se cortaron las manos y se puñalearon en diferentes partes. En medio del intenso combate, John dice: “Viniste todo este camino sólo por tu venganza. ¿La disfrutaste Glass? Porque nada te devolverá a tu hijo.” Su respuesta lo desconcertó: “La venganza esta en las manos de Dios, no en las mías.”

 La otra venganza

En fin, al estudiar exhaustivamente algo tan cuestionable como la venganza, vemos hasta donde puede llegar la naturaleza humana en ese sentido. Además, interesante es ver la manera en la que un vengador se prepara para lograr su objetivo. Se aparta, estudia y se concentra fríamente en lograr su meta.

Sin embargo, a pesar de lo cuestionable del tema en sí, de alguna manera encierra virtudes. Puesto que el vengador en estos casos luce disciplinado, constante, metódico, perseverante, calculador y astuto. Esas cualidades serían, quizás, parte del caldo de cultivo para la envidia que muchas veces siente quien hace el daño motivo de venganza.

Esos episodios amargos de la vida hay que enfrentarlos con dignidad y valentía, dejando que el tiempo ponga las cosas en su lugar. Puesto que se ataca aquello que se entiende con algún valor. En palabras del pueblo dominicano sería: “Se le tira piedras al árbol que da frutos”.

Luego de aquella escena, Mondego regresa a pelear y lanza a Edmond estas palabras cargadas de resentimiento: “No podría vivir en un mundo donde tu tienes todo y yo no tengo nada”. Se fajan nueva vez a golpes, haciéndose heridas graves y Mondego termina con la espada de Dantés atravesada en su corazón, moribundo, dice: “¿Qué pasó con tu misericordia?”. Edmond, triunfante, respondió: “Soy un Conde, no un santo”.

En todo caso, lo curioso de estas historias de venganza y retaliación es que llevan inexorablemente a Dios. Pues Hugh Glass dejó en las manos de Dios que Fitzgerald pagara lo que hizo a su hijo y segundos después de parar su lucha, lo arroja al río y la corriente lo condujo, nada más y nada menos que, a la orilla donde se encontraban los indígenas que habían dado muerte a sus demás compañeros. El Conde de Montecristo, por su parte, termina con esta sentencia: “Dios me dará justicia”.

Por consiguiente, esa es la otra venganza, no ensuciarse uno mismo por lo que no vale ni siquiera nuestra atención. Ya que los bienhechores siempre estamos protegidos por Dios.

Finalmente, el autor ruega el perdón del lector que ha llegado a este párrafo, pues jamás sería su intención levantar ánimo de venganza frente a este uso abusivo de las letras.

Ante tal fenómeno, Marco Aurelio, en sus laureadas meditaciones, concluyó: “La mejor venganza es ser diferente a quien causó el daño”.

 

Por Borja Medina Mateo

Anuncios

Comenta

Apple Store Google Play
Continuar