La nostalgia del emigrante

Por Miguel Collado lunes 2 de marzo, 2020

Me he identificado con María González Rouco al leer su monografía «Inmigración y literatura: la nostalgia». Especialmente cuando dice: «Más allá de los logros obtenidos en la nueva tierra, la nostalgia acompaña siempre al inmigrante. La evocación de la tierra natal se asocia, generalmente, a la infancia».*

Ocurre que hace unos días, contemplando el mar, en el Malecón de la ciudad de Santo Domingo, muy temprano, recordé que en mi pueblo, circundado por montañas ―me refiero a Jánico― nunca vi el mar: solo veía neblinas en las mañanas y el verdor de esas hermosas elevaciones naturales, senos gigantescos de la madre naturaleza.

De repente, se adueñó de mí la nostalgia y estando en mi propia patria sentí la nostalgia del inmigrante, del que había sido lanzado de su patria chica por el ansia de superación que me había impulsado a desplazarme hacia la ciudad capital.

¿Sería yo el mismo de haberme quedado en aquel pueblito perdido en la serranía por donde no es necesario cruzar para ir a ningún lugar de considerable importancia? Nadie será el mismo jamás al moverse de un lugar del planeta hacia otro: o perdemos algo o algo ganamos o ambas cosas a la vez.

Y es que, como ya he dicho, emigrar es desasirse de lo amado, de lo que nunca se queda, porque siempre va con uno; emigrar es extranjerizarse la piel o el alma, sabotear los recuerdos olvidados y rehacer la memoria en otro cielo; emigrar es un dejar de ser, voltear la hoja de la vida.

 

Al emigrar ya no seremos los mismos que hubiéramos sido de habernos quedado allí, en el añorado lugar en el que nos amamantó la vida. Ganamos y perdemos. Nunca se sabe con exactitud en qué medida se pierde o se gana al emigrar, al dejar todo atrás.

Por lo pronto, gané la emoción de ver el mar, pues en mi pueblito, cuando sus calles, todavía polvorientas,  recorría sin sentir el pavimento bajo mis pies, crecí sin ver el mar: solo veía las verdes montañas. Y eso me produce nostalgia cada vez que el trinar de pájaros se pasea por mis oídos:

 

Mi niñez sin mar

 

Despertaba, en mi niñez

—¡oh, recuerdos traidores que llegan sin anunciarse—,

viendo la neblina vestir de blanco las verdes montañas.

Nunca ví el mar en las mañanas,

nunca su oleaje acarició mis oídos.

Pájaros trinando saludaban mi amanecer de niño.

No pensaba en el mar,

no sabía que existía ese mar

que ahora persigue mis sueños

y entra en ellos como fantasma azul,

humedeciendo mis mañanas.

Atrás, en esa niñez perdida,

quedaron las montañas y la neblina fría

que empañaba mi mirada.

Nunca imaginé que un día

confesaría mis penas al mar.

 

Por Miguel Collado

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