La Meteorología y la Política

Por Rolando Robles miércoles 17 de junio, 2020

Desde San Zenón para acá, decenas de huracanes han impactado la isla. Algunos de ellos hasta localizaron su centro de rotación, generalmente llamado “ojo del ciclón”, en nuestro territorio; y eso resultó catastrófico, especialmente para los mas pobres, que siempre son la mayoría.

Estos fenómenos naturales, desastrosos, indeseados e imprudentes, por lo general se originan en el Atlántico Medio y en su viaje hacia el Norte, abaten las Antillas y el Caribe. Para los países pobres, son una desgracia mayor, pero, para los países desarrollados, son tan sólo, una especie de novedad.

El lado malo de estos eventos es que, suelen dejar un rastro de muerte y desolación, sin embargo y en paralelo, producen una reactivación de las economías locales. Es extraordinaria la cantidad de mano de obra que demanda la Florida luego que un ciclón o tornado recorrió su territorio.

Para nosotros la cosa no es tan benigna. Las muertes inmediatas y las epidemias propias de los trópicos, es lo que nos queda con el paso de cada uno de estos monstruos naturales. Pero lo mas llamativo y triste, es cuando el “centro” pasa por nuestros pueblos y caseríos, dejándonos la gran lección que al parecer nunca aprenderemos.

Conforme se acerca el huracán, sentimos el aumento de los vientos y nos vamos preparando para recibir los mayores embates que, llegan cuando el “ojo del huracán” se nos acerca. Esos son los momentos de más angustia, pues no sabemos cuánto tiempo durarán en realidad.

De pronto todo cambia y una paz infinita se siente. Pareciera como si ya pasamos lo peor. No se mueven, ni las hojas de los árboles que todavía siguen en pie y salimos jubilosos a celebrar o agradecer a Dios que, al fin, amainara la tormenta. Aprovechamos para dar un vistazo al entorno local, cuantificar y reparar los daños y reanudar nuestras vidas.

Es justo ahí cuando despertamos y el oasis de tranquilidad se esfuma. Los vientos nos llegan de pronto, con las mismas velocidades de antes de recibir “el ojo”, pero, ahora vienen por el lado opuesto y nos pillan todo desprotegidos. Es exactamente después del paso del centro u “ojo del huracán”, cuando somos más vulnerables, por la sorpresa de sus fuertes vientos.

Con el tiempo, los vientos van disminuyendo, pues, el “ojo” se va alejando de nosotros. Pero, va llegando a otras comarcas y produciendo a otros los mismos daños que a nosotros. Es aquí donde se registra lo único positivo de los huracanes: la enseñanza que nos dejan.

Hay dos variables de los ciclones que nos afectan, entre otros; y debemos conocerlas. Primero, la velocidad máxima de los vientos -especialmente cuando se acerca el centro u “ojo”- y es proporcional al daño que nos va a causar. Segundo, la velocidad de traslación del fenómeno es totalmente inversa, o sea, mientras mas lento se mueva el “ojo”, mas dañino será el resultado.

Hoy, ya en plena temporada ciclónica, sufrimos los embates de un huracán gigantesco, de categoría desconocida en la escala daños producidos. No se generó en el océano Atlántico, como de costumbre sino, en el Pacífico Norte y su fortaleza no radica en sus temibles ventarrones y las lluvias que lo acompañan. Su agresividad descansa en minúsculas partículas de agua que esparcen los humanos al hablar o respirar. Esa es su arma letal.

Como todo ciclón, este tiene su “punto muerto” u “ojo del huracán” llamado “cuarentena”, que es la época donde nos sentimos aliviados porque con el resguardo en casa, combatimos sus síntomas y no nos exponemos a sus “poderosos vientos y abundantes lluvias” o más bien, a sus “mortales y diminutas gotas”, que son las portadoras el virus llamado COVID-19”.

Esta similitud entre el “ojo del huracán” y la “cuarentena” que llevamos hoy, tan solo pretende recordar a mis lectores, lo peligroso que resultaría salir de la casa a pasear, únicamente porque no se sienten los ventarrones y suponemos -erróneamente- que ya pasó todo el peligro. No hay que correr riesgo alguno, esperemos hasta ver el fin de esta desgracia.

No nos comportemos como los temerarios muchachos, que se acercaban hasta el rompeolas, para ver y disfrutar la placidez del mar, después de las gigantescas olas que cruzaban la avenida y se estrellaban en los edificios. Quizás no tengamos tiempo de huir y la marejada nos arrastre hasta aguas profundas.

Sigamos las instrucciones de las autoridades, que han demostrado la gran pericia en el manejo de esta crisis. Las estadísticas comparativas y el reconocimiento de los organismos internacionales atestiguan la justeza de esta solicitud.

POR ROLANDO ROBLES

¡Vivimos, seguiremos disparando!

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