La lección que nos queda del sacerdote Elvin Taveras

Por Florentino Paredes Reyes martes 22 de agosto, 2017

Tras la muerte  del joven Fernelis Carrión Saviñón, a manos del sacerdote Elvin Taveras, quedan muchas inquietudes que llaman poderosamente la atención de quienes somos parte de la Iglesia Católica de manera activa o pasiva, sobre todo, porque sabemos los grandes recursos humanos y económicos que invierte la Iglesia en la formación de sus futuros clérigos.

  Si tan trágico acontecimiento conmovió los cimientos de la sociedad dominicana, muchos no vislumbran cuan destructivo es dicho hecho a lo interno de la curia católica. Son muchos los años de formación que debe pasar un joven para poder ser ordenado sacerdote. Son más de diez años de estudios constantes, oración, retiros, evaluaciones, trabajos pastorales, y luego un equipo de formadores le considere merecedor de recibir la ordenación, para que de golpe se tire por la borda todo el esfuerzo personal, de una institución y de la feligresía.

  Si pensamos en la familia del joven muerto, nos imaginamos un panorama de dolor, ansiedad, incapacidad y destrucción. Es un daño irreparable que ni el pedido público del perdón por parte de la iglesia podrá redimir.  Pero si pensamos en la familia del sacerdote, el panorama es más sombrío y triste. La gente no imagina cuan importante es un sacerdote para su familia, es el orientador, el orgullo, el alma espiritual y moral. Es una culpa judicial incalculable y un daño moral inimaginable.

   Los jóvenes que deciden ingresar a un seminario con la intención de ser sacerdotes, son lo mejor del entorno donde viven. Son por lo general líderes de pastoral, buenos académicamente, serios, humildes y dotados de las mejores intenciones humanas y espirituales.

   La lección que nos queda de esta tragedia, debe llamar a la reflexión a los formadores de los seminarios donde van los jóvenes con aspiraciones clericales, la parte psicológica de los aspirantes debe ser trabajada más  a profundidad, para que tanta cizaña no se siga colando junto al trigo. No es posible que un sacerdote participe de  un crimen en horas de la mañana del sábado y al día siguiente suba a un altar a celebrar una eucaristía con toda la normalidad del mundo. Con los niveles de formación y conciencia, es inimaginable tal actitud.

 Nuestra Santa Iglesia no puede seguir aplicando el método del traslado a los sacerdotes que sean señalados de tener una dirección impropia de su ministerio. Las acciones impúdicas que pudo estar cometiendo el sacerdote en cuestión, hasta degenerar en la muerte del adolescente nunca las sabremos, pero podemos estar seguro, que no fue la única y tal vez sólo tuvo como castigo un cambio de comunidad pastoral.

 Otra lección que nos queda de este hecho, es que nuestra Santa Iglesia debe entender que con pedir perdón no redime el mal cometido por sus representantes, ni a la victima y a la sociedad dominicana. Pedir perdón es un símbolo de arrepentimiento, pero dicha penitencia debe estar unida a la aceptación de su responsabilidad por no actuar cuando debió o callar cuando se enteró.

  Nuestra Iglesia no puede actuar de forma repentista y sin apego a sus prédicas, apenas se está en la fase de investigación y primero deben ser los tribunales competentes quienes lo declaren culpable, luego de agotar el debido proceso. No se entiende como el Episcopado Dominicano, lo separa de sus filas, sin juicio y sin una condena justa. No olvidemos que lo mismo han hecho con otros sacerdotes que luego fueron declarados inocentes y por esas acciones de la iglesia, hoy se encuentran pasando necesidades y en el limbo ministerial. Por más horrendo que sea el accionar de un sacerdote, antes de ser condenado, debe ser juzgado.

 Otra reflexión que nos queda de este hecho, es una profunda revisión de los  manuales morales que rigen el comportamiento social. Desde las familias, debe haber un análisis  del comportamiento de sus miembros. Los cabeza de familia, los padres, deben reflexionar sobre la postura que están teniendo con sus hijos e hijas. Un padre, no puede saber que uno de sus hijos esta teniendo relaciones íntimas con otros de su mismo sexo y quedarse como si nada estuviera pasando, sólo por conveniencia o bagatelas económicas.

    Es intolerable que en una sociedad donde legalmente  no está permitida la relación sentimental entre personas del mismo sexo, éste hecho sea repudiado por la pérdida de la vida del joven, siendo todo lo otro aceptado como normal por la colectividad.

  Ante el morbo generado por el hecho que removió las simientes de la sociedad dominicana, es bueno pensar en frio, y hacer los aportes (desde la tranquilidad del desesperado) para que esta sociedad nuestra, no sucumba ante lo bajo, absurdo, falto de conciencia y degradante. Sabiendo que una sociedad sin principios morales está condenada a vivir bajo el caos, al tiempo que niega a las futuras generaciones la sana convivencia. El decoro, debe ser la próxima meta a trabajar como plan nacional.

    Lo que nos queda de este lamentable hecho, es una profunda reflexión de todos los sectores que componen la sociedad dominicana, para que juntos decidan los caminos que debe seguir una sociedad cada vez más indecente, inmoral, injusta, falta de solidaridad y de hombres y mujeres ejemplo de integridad. Esperamos que fno aparezca otro hecho más vergonzoso, que sepulte el impacto de éste y luchemos por salvar la reserva moral que nos queda de nuestra querida Republica Dominicana.

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