La ilusión de Cataluña

Por Víctor Manuel Peña jueves 12 de octubre, 2017

La vida de los pueblos, de las sociedades, de las naciones y de los Estados se rige por realidades, y una de esas realidades es el Derecho.

No importa que el Estado preceda al Derecho o el Derecho al Estado, lo más trascendente es que la organización y dinámica de un estado no se puede explicar al margen del derecho.

La cabeza, el cerebro y el alma de un Estado es su constitución.

Tras el triunfo de las fuerzas de derecha y ultraderecha en la guerra civil española de 1936 a 1939, el franquismo decidió reinstalar la monarquía constitucional en España.

Una digresión.  Lo deseable, y a lo que aspiraban las fuerzas progresistas en España y en el mundo, era haber restablecido o haberle dado continuidad a la República y haber liquidado definitivamente las posibilidades de restablecimiento de la monarquía.

El bando nacional, encabezado por Francisco Franco, logró imponerse sobre el bando republicano, digamos que este último fue el bando que asumió la defensa de la Segunda República, fruto de una elección democrática.

Pero república o monarquía, lo cierto es que ningún Estado, sea republicano o monárquico, se constituye al margen de una constitución determinada.

La Constitución española data de 1978, año en que fue sometida a un referéndum, y sirvió para redondear el proceso de transición a la democracia que comenzó en 1975, año en que se produjo el deceso de Francisco Franco.

En esa Constitución se establece que en España funcionará el Estado social y democrático de derecho y que el régimen político es el de una monarquía parlamentaria. En el principio general de la Constitución, norma suprema del ordenamiento jurídico de la nación, se consigna que a ella se subordinarán todos los poderes y los ciudadanos del Estado español.  También se establecen principios como la libertad, la igualdad, la justicia y el pluralismo político, bases esenciales para que la democracia pueda funcionar.

La división político-geográfica descansa en el trípode de municipios, provincias y comunidades autonómicas.

Y en el caso del inmenso territorio que constituye el Estado español no se contempla en su Constitución que ninguna comunidad o región, llámese como se llame, pueda constituirse en estado libre e independiente.

Pero en el caso del Estado español, a diferencia de la exYugoslavia, no se observan etnias, ni culturas ni religiones diferentes como para escindir el territorio en múltiples estados independientes.

La profundidad de la crisis de los Balcanes explica el desmembramiento de la exYugoslavia. Donde estaba Yugoslavia tenemos hoy una miríada de repúblicas: Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Serbia y Montenegro

Es indudable e innegable la importancia estratégica de la comunidad autonómica de Cataluña, no solo en términos de su ubicación geográfica sino en términos de su contribución económica y financiera al Estado español, llegando a representar un 18.8% el aporte al PIB de toda España.

En términos filosóficos e ideológicos es posible que haya ene Españas, pero en términos jurídicos de integridad, unidad y soberanía hay una sola España.

Recuerdo que durante varias décadas el País Vasco acarició la idea de convertirse en una república independiente, cobijada esa aspiración bajo la sombra protectora del grupo ETA, el cual se estableció como el grupo terrorista más poderoso, temible e irresistible en Europa y en el mundo, de tal manera que se creó la percepción, a partir de la violencia demoníaca e infernal y de los crímenes y asesinatos horrendos cometidos, de que este grupo era invencible.

Finalmente, el grupo ETA fue desmantelado y barrido y sus dirigentes terminaron en las cárceles de España, y el País Vasco no pudo materilizar su fantasía, su emoción o su sentimiento de convertirse en un Estado independiente dentro del Estado español.

En cierta medida resulta paradójico, aunque esta confrontación criminal y ciega de ETA tuvo lugar en las coordenadas de la Guerra Fría y de la fuerza extraordinaria del ideologicismo, que ETA tuviera tanta fuerza e influencia en muchos sectores del País Vasco, San Sebastián y Vitoria, incluyendo sectores universitarios.

Cataluña (Barcelona, Gerona, Lérida y Tarragona) es una comunidad autonómica que cuenta con su propia estructura de gobierno pero subordinada a la Constitución del Estado español.  A esa estructura de gobierno se le llama Generalitat: Parlamento, Consejo Ejecutivo o Gobierno y Presidencia de la Comunidad

Cataluña tiene otras estructuras de gobierno como el Consejo de Facultades Estatutarias, el Síndico de Agravios y la Sindicatura de Cuentas.

La aspiración de Cataluña de independizarse del Estado español o de España plantea una contradicción no entre la Generalitat, el gobierno de Cataluña representado por Carles Puigdemont, y el primer ministro del gobierno español, Mariano Rajoy, sino una contradicción entre el gobierno de Cataluña y el Estado español.

Y ya el rey como máximo representante del Estado español acaba de entrar en escena al decir que la Generalitat ha observado “una deslealtad inadmisible” y llama a retomar el orden constitucional y la democracia.

Esa contradicción ha sido muy mal manejada por parte del gobierno de Cataluña. Y claro, el gobierno español ha cometido errores en este proceso.

No obstante de que el Tribunal Constitucional declaró ilegal e inconstitucional el referéndum convocado por el Parlamento de Cataluña para conocer sobre el asunto de la independencia, y de todas maneras se llevó a cabo de manera atropellada la consulta.

El gobierno español, con sede en Madrid, carga con la responsabilidad de la violencia que hubo el día de la celebración del referéndum.

La Constitución española establece la unidad, la integridad y la soberanía de España, pero en el caso de que un municipio, provincia o comunidad autonómica decida independizarse de España, la decisión política no debe ser solo de los habitantes de esas localidades, sino de todos los españoles.

Obviamente que Cataluña no solo ha inobservado la Constitución española sino que ha estado transitando un procedimiento o un camino equivocado.

Lo lamentable de todo ese es que los líderes y funcionarios de Cataluña han asumido su emoción o su sentimiento con una pasión tal que han llegado a confundir esa ilusión con la realidad, es decir, han asumido la ilusión, la pretensión o la aspiración como la realidad misma.

Cuando sencillamente es imposible que cualquier comarca o comunidad en España pueda convertirse en una república o en un estado independiente.

Pero vayamos a los resultados del accidentado referéndum (celebrado el domingo 1 de octubre).  Según los cómputos en el referendo hubo 2, 262, 424 votos emitidos, y ocurre que las personas con derecho a votar son 5, 343, 358 personas, lo que significa que dejó de votar el 57.7% de los inscritos en el padrón de Cataluña porque apenas votó el 42.3%.  Pero de esos 2, 262, 424 votos emitidos, el 92% votó por el sí, y el 8% por el no.

Entonces es obvio que la mayoría no está del lado de los independentistas de la Generalitat.  Y eso visto en términos absolutos como si la toma de una decisión política de esa naturaleza y envergadura les correspondiese solo a los catalanes. Ya hemos visto que eso no es posible, y en caso de que hubiese sido posible la decisión sería tomada por todos los ciudadanos del Estado español.

Y esa mayoría silente comienza a manifestarse públicamente en Cataluña contra las pretensiones de la Generalitat. En el día de ayer, domingo 8 de octubre, se produjo en Barcelona, la capital de Cataluña, una desbordante y multitudinaria manifestación de apoyo a la Constitución y a la unidad de España.

Ello evidencia el tremendo divorcio que hay entre la Generalitat y las bases de la sociedad catalana, lo que significa que la dirección política de Cataluña está muy desconectada de la sociedad catalana.

En ese tenor la declaración de independencia de Cataluña, una declaración unilateral totalmente fallida, sería un craso error porque eso no tendría ninguna efectividad real.

Si esa contradicción entre la Generalitat y el Estado español sigue encendiéndose hasta llegar a lo intolerable podrían desencadenarse acontecimientos que serían muy embarazosos y lamentables desde el punto de vista del desarrollo institucional, constitucional y democrático no solo de Cataluña, sino de toda España. Y ya se están viendo las consecuencias económicas negativas de esa confrontación para Cataluña.

Precisamente la ilusión de Cataluña no debe anteponerse a los intereses generales de España que rayan en la unidad, la integridad, la soberanía y el desarrollo democrático, institucional y constitucional de esa nación.

Cataluña tiene que entender que a lo imposible nadie está obligado, y por tal razón debe abocarse a un proceso de diálogo y de negociación con las máximas autoridades del Estado monárquico español.

La coyuntura exige de las estructuras de gobierno, de los diferentes partidos políticos y de todos los líderes españoles mucha prudencia, mucha tolerancia, mucha comprensión y una correcta visión de la historia de España, de la historia de Europa y de la historia universal.

 

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