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La humildad y el difícil arte de gobernar |

La humildad y el difícil arte de gobernar

Por Luis José Gonzalez Sanchez domingo 15 de octubre, 2017

Las 48 Leyes del Poder, de Robert Greene y, El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, son dos auténticos legados del pensamiento político moderno que han intentado, al margen de las valoraciones morales o éticas,  ofrecer  una explicación lógica sobre los elementos que se deben aplicar para ser exitoso en la difícil tarea de ejercer el poder.

Ambos autores analizan minuciosamente las cualidades  que deben adornar al gobernante y esquematizan la estrategia como una de sus principales virtudes para la consecución de la preservación del poder.

Sin embargo, el más simple análisis sobre las distintas teorías  del arte de gobernar, conlleva necesariamente a adentrarnos en la definición de conceptos inherentes al líder que ejerce el poder y, en ese contexto,  jerarquizar la humildad como un elemento esencial en la personalidad del gobernante, que  incide en la sociedad actual, de manera determinante en sus niveles de aceptación o rechazo entre sus súbditos o gobernados, nos permite trazar una hoja de ruta para encausarnos por el tortuoso camino de las definiciones en teoría política.

 

En la Ley número 3 del libro de Grenne,  el autor hace una apología  de la simulación y el engaño como herramienta del “príncipe” para erigirse ante sus súbditos  como la figura ungida por la divinidad para ejercer el poder.

 

Al respecto, cabría preguntarnos, en qué contexto histórico social serían aplicables estas premisas?; En contexto de la crisis  contemporáneas  de los partidos  y  el  liderazgo  político?; No estamos frente a una sociedad hastiada de la teatralidad narcisista de sus líderes?

 

 

La humildad ha adquirido un peso importantísimo en la  valoración positiva del líder en las sociedades modernas, incluso más allá de la actividad meramente política. Un  estudio de una reconocida entidad académica  reveló que los líderes humildes mejoran el desempeño a largo plazo, porque genera un ambiente de cooperación.

 

Asimismo, la investigación  señala que estos líderes tienen  una visión balanceada  de sí mismos -tanto de sus virtudes como de sus defectos-  y un gran aprecio por las fortalezas  y  contribuciones de los demás, contrario al  líder carismático  narcisista  que  es percibido  como  arrogante, inaccesible, que reduce el intercambio de información entre los miembros  de  un  equipo, haciéndose acompañar, generalmente, de un entorno compuesto por otros narcisistas que lo convierten en impermeable ante los ojos de sus gobernados.

 

El líder humilde es puntual porque pondera el tiempo de quienes les esperan  y ese gesto tan simple, enaltece sus virtudes. Mientras que el líder carismático narcisista se vanagloria por los sentimientos de ansiedad y angustia que provoca su ausencia.

 

En el manejo de crisis, es notoria la diferencia de enfoques entre los tipos de liderazgos aquí analizados. Las crisis sociales y económicas  son un  escenario  único para  poner a prueba a los líderes carismáticos narcisistas  pues crean condiciones de incertidumbres ideales para la ascensión de figuras carismáticas. Pero al mismo tiempo, dichas  crisis nos vuelven más vulnerables  para escoger al líder equivocado.

 

El líder humilde,  en cambio,  posee la  capacidad  de  administrar las crisis a partir del entusiasmo que inspira en los demás y la devoción que impregna en su accionar a favor del bienestar general.

Tome usted, amigo lector, sus propias conclusiones.

 

 

 

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