La fundita electoral

Por Manuel Hernández Villeta

En la historia política dominicanas, el plato del día ha sido el principal agente para ganar las elecciones. Quien garantiza el día de las votaciones, el pica pollo y el par de pesos, tiene una ventaja que las encuestas no reseñan.

Los asesores políticos internacionales que interactúan en el país se pierden en su vistazo de las elecciones, en que no cuentan a los que están fuera de las encuestas, a los excluidos, a los que nadie toma en consideración, salvo al momento de abrirse las urnas.

El clientelismo político-partidista se torna en una puja para doblegar voluntades, para comprar votos, para dar el plato del día a cambio de un extravío de la conciencia. El deber cívico es inexiste donde no se prenden los fogones.

Los procesos electorales en la República Dominicana tienen que modernizarse y democratizarse, para que se deje el viejo mecanismo de burlarse de la miseria de los más necesitados. En el área de los que muchos llaman despóticamente el “pata por suelo”, el arroz y las habichuelas tienen más poder que la tarea de hacer valer el derecho a elegir y ser elegido.

Es imposible esperar ecuanimidad y lógica de pensamiento de una mujer o un hombre que no tiene su comida segura, que carece de servicios de asistencia médica, sin educación, sin trabajo y viviendo en piso de tierra y techo de cartón.

La estela de dictaduras y déspotas ilustrados que ha tenido la historia reciente de la República Dominicana indica bien a las claras que hay una parte considerable de la población que impulsada por su miseria extrema, vende su libre determinación al mejor postor. Ya hay segmentos de clase media que aceptan a gobiernos de puño de hierro si le garantizan la seguridad y la tranquilidad.

El día de las votaciones todos tienen el mismo valor. El rico y el pobre valen lo mismo al momento de votar. Es la hora en que la mayoría silente habla. Puede poner y quitar gobiernos al ejercer su derecho democrático en las elecciones.

Los excluidos constituyen una aplastante mayoría en el país, pero callan, no opinan, son mudos, temen a que se escuchen sus demandas, y solo esperan el momento en que un creador de imagen les compre el voto.

Es un sueño imposible, ponderar la democracia sin mejorar las condiciones económicas de millones de dominicanos. La democracia no es una simple materia de eruditos, sino que tiene que ser la norma de convivencia civilizada, donde todos tengan la misma oportunidad de llevar una vida decente.

En el corazón de los barrios marginados la democracia no pasa de ser el discurso florido de un político, allí el hambre y la desesperación aprieta, y los llamados de auxilio se pierden en la borrasca. Hoy hay que cambiar para que se mantenga la paz, el desarrollo y el progreso. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

 

Por Manuel Hernández Villeta

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