La felicidad como política pública

Por Venecia Joaquín lunes 13 de noviembre, 2017

La Vicepresidente de la República, Margarita Cedeño, en su artículo  “Felicidad Interior Bruta” cita fuentes que dicen que el Producto Interno Bruto, PIB, “se utiliza de forma errónea cuando aparece como medida del bienestar de los ciudadanos”,  pues solamente toma en cuanta el ingreso promedio a que pueden aspirar ;que hay quienes plantean que el desarrollo económico  no es  sinónimo de felicidad;  que el verdadero desarrollo se encuentra en la complementación del desarrollo material y espiritual. Concluye diciendo que  producto de estas corrientes,  ha nacido la Felicidad Interna Bruta, FIB.

En su exposición,  la Vicepresidente recurrió, entre otros,  a los pensamientos filosóficos de  Epicuro, quien considera que la felicidad  y la dicha no la proporcionan ni la cantidad de riquezas ni ciertos cargos y poderes, sino  la ausencia de sufrimiento; a las enseñanzas budistas; a la doctrina utilitaristas de Jeremy Bentham y su posición de que “el legislador debe preocuparse de que con sus leyes dé la mayor felicidad al mayor número de ciudadanos”;  al Bután, un pequeño reino entre India y China,  convertido en laboratorio para probar el concepto de Felicidad Interna Bruta y cómo impulsarla desde el Estado, buscando el bienestar de los ciudadanos.

Parecería que la Vicepresidente acaba de comprender  que   lo más importante no es lo económico, sino también la paz interior  y termina preguntando  ¿Cómo logramos que el Estado asuma la felicidad como política pública y la asegure a todos sus ciudadanos?

Antes de que   busque esa respuesta  en  filósofos y culturas lejanas, me permito darle la opinión de aldeanos del campo donde nací y que comparto. Con  lenguaje coloquial, expresan que  lo más importante no es lo material, sino  la paz espiritual, vivir tranquilos, en familia; que quienes desvían de ese camino, son algunos  líderes nacionales ambiciosos, exhibiendo riquezas y apoyando corruptos.

Con palabras llanas, los campesinos explican, que es  responsabilidad  del  Estado,  abrirle a la población los caminos hacia  la felicidad  y ¡asumirla como política publica! Que  es fácil hacerlo. Bastaría  trabajar en base a un plan que garantice el bienestar de los ciudadanos; institucionalizar la nación; introducir programas sociales al alcance de todos; administrar los recursos de manera equilibrada, sin privilegios; abrir fuentes  de trabajo; establecer mecanismos   para que la población desarrolle sus potencialidades y cubra sus necesidades básicas de comida, educación, salud, techo; enseñar  a ser personas de bien, útiles a la sociedad,  erradicando  la corrupción.

Con  igual o más credibilidad que  destacados filósofos y políticos, nuestros campesinos  son fuentes de aprendizaje. Pisando y labrando la tierra, rodeados de árboles y animales, consideran que  si los gobernantes se manejaran sin privilegios para grupitos,  la felicidad llegaría a todos los hogares; que  no solo aumentaría la Felicidad Interna Bruta, FIB, sino también el PIB.

De ahí que,  la respuesta a la pregunta  ¿cómo logramos que el Estado asuma la felicidad como política publica y la asegure a todos los ciudadanos? que hizo nuestra Vicepresidente de la República, esa respuesta  puede encontrarla  reflexionando sobre la vida y el sentir de nuestros campesinos, pero también de cualquier persona humilde   del pueblo.

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