La democracia y sus enemigos

Por Víctor Manuel Peña lunes 22 de abril, 2019

La democracia dominicana, y con ella la libertad, comienza su agitado renacimiento después de la muy prolongada, proterva y tenebrosa era de la tiranía que culminó el 30 de Mayo de 1961 con el ajusticiamiento de Trujillo.

De entrada debemos subrayar que no hay democracia sin derechos humanos y sin libertad.  Y los derechos humanos no se pueden ejercer si no existe la libertad o las libertades.

La libertad del ser humano es una precondición o condición fundamental para el ejercicio de los derechos humanos.

Por eso en la protagónica lucha del pueblo dominicano contra la tiranía de Trujillo se asumieron de manera conjunta los objetivos de la libertad y de la democracia y viceversa.

La era de la tiranía se expresó y se tradujo siempre en una negación o interrupción total de la libertad y de la democracia del pueblo dominicano. Paradójica o contradictoriamente en la Constitución dominicana de 1924 estaba consignado y configurado el Estado burgués de derecho.

Generalmente en los países capitalistas los gobiernos totalitarios, fascistas tiránicos y autoritarios se han desarrollado contradictoriamente en el contexto del formato constitucional del Estado burgués de derecho.  Aunque las dictaduras, las tiranías y los regímenes fascistas implican en la práctica una interrupción de la vigencia del Estado burgués de derecho.

En la historia política de la República Dominicana hasta el ajusticiamiento de Trujillo en 1961 pocos o muy pocos gobiernos habían sido esencialmente democráticos y libertarios, destacándose de manera singular los gobiernos de Ulises Francisco Espaillat y Gregorio Luperón en la segunda mitad del siglo XIX.

No obstante las instituciones democráticas contempladas en la constitución de 1844, reflejo de la evolucionada situación política en Europa y en Estados Unidos, la realidad económica, social, política y cultural del pueblo dominicano marcó su destino autoritario en el siglo XIX y en los primeros 31 años del siglo XX.  En 1844 no éramos una sociedad capitalista y sin embargo fue adoptado en la primera Constitución el formato del Estado burgués de derecho.

La democracia como forma de gobierno o régimen político nace en la segunda mitad del siglo XVIII con la independencia de Estados Unidos en 1776 y la revolución francesa de 1789. La revolución francesa fue la verdadera cuna del nacimiento de los derechos y de las libertades del ser humano. En el marco del formato del Estado burgués de derecho han aparecido otras formas de gobierno como la democracia parlamentaria y la democracia constitucional.

Hasta el momento de la revolución francesa, en Europa habían predominado la monarquía y la aristocracia, sobre todo la primera, y con esas formas de gobierno habían tenido vigencia total el absolutismo y el autoritarismo de los reyes.

Trujillo, como producto político podrido, fue un resultado directo de la intervención militar estadounidense de 1916 y el burdo e infantil desconocimiento de la constitución de 1924 por parte de Horacio Vásquez. Dos circunstancias históricas, la de la intervención gringa y el error capital de Vásquez producto de sus desbocadas e irrefrenables ambiciones reeleccionistas, que estaban igualmente podridas y que dan cuenta de la podredumbre y de las grandes miserias humanas en la historia universal y en la historia dominicana.

Tanto la intervención militar estadounidense de 1916 como el desastre institucional de Horacio Vásquez torcieron el destino dominicano dando paso no a la democracia y a la libertad, sino a la excepcional tiranía de Trujillo en nuestro país y en América.

Históricamente está archidemostrado que la democracia y la libertad tienen sus enemigos irrenunciables dentro y fuera de la sociedad nacional.

Tanto la revolución francesa como la guerra de independencia de Estados Unidos se desarrollaron en medio de las grandes contradicciones que había generado per se el nacimiento de la sociedad burguesa tanto en Francia y Europa como en Estados Unidos. En Francia las contradicciones se daban entre la naciente burguesía y la monarquía, acompañada e impulsada esa lucha de la burguesía contra la monarquía por los intelectuales de la Ilustración y los enciclopedistas. En Estados Unidos, en cambio, las contradicciones se daban fundamentalmente entre las colonias y la metrópoli colonial que era Inglaterra en el plano externo y entre la naciente burguesía y los colonos ingleses en el plano interno.

El hecho es que esas revoluciones coronaron el triunfo político y social de la burguesía y dieron paso al nacimiento de la libertad, de la democracia y del Estado burgués de derecho.

El hecho innegable y esencial es que la democracia y la libertad, vistas en el contexto de esas grandes e inevitables luchas y contradicciones, siempre han tenido sus enemigos internos y externos.

El centro de la configuración y la consagración del Estado burgués de Derecho, es decir, de la organización política de la sociedad, es la constitución. Y en ella están fielmente consagrados los derechos y las libertades del hombre y las necesarias y debidas garantías para el efectivo ejercicio de esas libertades y de esos derechos.

Toda constitución es un acto que es resultado del ejercicio del poder constituyente por parte del pueblo, único poseedor y depositario de ese poder constituyente.

“Una ley constitucional es, dice Carl Schmitt, por su contenido, la formación que lleva a la práctica la voluntad constituyente”. Y sigue diciendo Carl Schmitt: “Así como una disposición orgánica no puede agotar el poder organizador que contiene autoridad y poder de organización, así tampoco puede la emisión de una Constitución agotar, consumir y destruir el poder constituyente. La decisión política implicada en la Constitución no puede reobrar contra su sujeto ni destruir su existencia política. Al lado y por encima de esa Constitución sigue subsistiendo esa voluntad. Todo auténtico conflicto constitucional que afecte a las bases mismas de la decisión política de conjunto puede ser decidido, tan solo, mediante la voluntad del poder constituyente mismo.  También las lagunas de la Constitución –a diferencia de las oscuridades y discrepancias de opinión de las leyes constitucionales en particular- pueden llenarse, tan solo, mediante un acto del poder constituyente; todo caso imprevisto, cuya decisión afecte a la decisión política fundamental, es decidido por él”. (Teoría de la Constitución, Pag. 125)

Los grandes clásicos del constitucionalismo moderno, Karl Loewenstein y Carl Schmitt, establecen taxativamente que esas libertades y derechos, expresión del principio de la participación, constituyen per se “limites y controles al ejercicio del poder”.

Pero en el caso dominicano actual, esos límites y controles al poder estatal que establece la Constitución están funcionando poco, de tal manera que se advierten sesgos y rasgos de autoritarismo no presagian un mundo halagador ni lleno de expectativas deslumbrantes!

En otras palabras, están en juego el orden democrático e institucional del país. Aunque la amenaza fundamental a la democracia y a la libertad son los desesperados aprestos reeleccionistas que hay en el ambiente político, están también las presiones desde el poder, utilizando todos los mecanismos habidos y por haber, contra todo el que está abiertamente en contra de la reelección, ora de la esfera empresarial, ora de la esfera de la sociedad civil, ora de la esfera política!

Son muchos los presionados desde el poder tirándoles atrás los tentáculos de Impuestos Internos o de Medio Ambiente o de EDESUR o de Obras Públicas o de Salud Pública, etc.  Pero también están los despidos en la Administración Pública de empleados y/o dirigentes del PLD que han expresado sus simpatías por Leonel.

Y así se han asumido posiciones más directas, insultantes y abusivas como haber despojado de su seguridad militar, en plena vía pública, al presidente del Tribunal Superior Electoral por la sentencia emitida por éste que no le da ganancia de causa al presidente del PRD. Y expresiones muy lamentables como aquélla triste, lúgubre y horripilante frase de que “el poder no se desafía”.

Y esas acciones tan degradantes son heridas profundas que se le han estado infligiendo a la democracia y a la libertad.  Poco a poco con esas piedras se ha estado levantando el edificio del autoritarismo en reemplazo del bello y necesario edificio de la democracia y de la libertad.

Pero las consecuencias de ese derrumbamiento paulatino del edificio de la libertad y de la democracia pueden ser fatales y terribles para el desarrollo institucional del país!

¡O sea que los enemigos de la democracia y de la libertad están también en el gobierno!

No obstante los desatinos de algunos funcionarios que quieren reelegirse en sus cargos, no hay condiciones ni en la sociedad ni en el pueblo ni en el Congreso ni en el PLD para imponer la locura o el maleficio de la reelección, so pena de desatar un huracán político y social capaz de trascender en sus dimensiones, consecuencias y efectos la Guerra Patria de Abril de 1965.

No sigan inventando con esa locura de la reelección porque ya el pueblo tomó la irrenunciable decisión y determinación de llevar a Leonel al poder en mayo de 2020.

¡Así, “no hay marcha atrás” es mucho más que un slogan: es la irrenunciable decisión y determinación de un pueblo que siempre ha estado dispuesto a casarse con la gloria y la inmortalidad sin importar el precio que haya que pagar!

La realidad económica, social, política y cultural de la República Dominicana y la conciencia colectiva no son favorables a la instauración de una dictadura o de un gobierno autoritario en nuestro país. Tampoco es favorable a un proyecto de esa naturaleza la cruzada de la comunidad internacional contra los gobiernos autoritarios en la región.

Estamos del lado de las fuerzas que pugnan por la vigencia y la continuidad de la democracia y de la libertad en el país y en la región: los enemigos de la democracia y de la libertad no prosperarán en la ejecución de sus macabros planes.

*El autor es Economista y Abogado.

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