“La Democracia Dividida”

Por Manuel Cruz sábado 29 de junio, 2019

En los llamados países del tercer mundo, sobrevive una cosmovisión política y un liderazgo tan liliputiense que aun en pleno siglo XXI se ha generalizado y aceptado, que se vive en democracia por la mera existencia formal de las instituciones que la proyectan en varillas, block y cemento. (Congresos, Palacios, Cámara de Cuentas, Juntas Electorales, etc) y, por la anquilosada idea de que ejercer un voto es sinónimo de legitimidad. Sin embargo, el politólogo boliviano Hugo Mansilla dice que “después de largos años de transición a la democracia en tierras de América Latina, coexisten en curiosa simbiosis instituciones modernas; con costumbres ancestrales, prácticas particularistas y hasta irracionales”.

¿Qué es un Congreso?

A pesar de la cooperación por la gobernabilidad que debe existir entre los poderes de un Estado, sobre todo entre el ejecutivo y el legislativo; no menos cierto es, que el peor daño que se le puede hacer a un país es que esa relación se constituya en un maridaje carente de conflictos. Toda vez que, en los sistemas presidencialistas esa ignominia deviene en parlamentos pretintados del ejecutivo. Por tal razón, si hacemos una retrospectiva histórica desde los optimates y los populares en Roma, los Tories y Whigs en Inglaterra, los federalistas y centralistas en EE.UU. y los Whigs y los jacksonianos también en EE.UU. etc, observaremos que los congresos fueron, son y siempre serán espacios de luchas y conflictos.

Por eso, aunque sería un absurdo tener un Congreso compuesto por oligofrénicos, tampoco un parlamento moderno puede ser la sociedad Fabiana; ni el club de los Jacobinos, ni la legión del Caribe. El poder legislativo en toda parte del mundo está y debe estar compuesto por la mayor diversidad posible de todos los sectores de una sociedad; políticos, empresarios, lobistas, sindicalistas, religiosos, buhoneros, LGBT y hasta fundamentalistas. Dentro de ese contexto, es donde una verdadera concepción abstracta de la democracia adquiere la operativización. Por ello, impedir por cualquier método la manifestación de esos sectores es volver a la inquisición.

Los Derechos no Necesitan Razón.

 El catedrático y escritor estadounidense James Thurber, describió en varias obras parte de la historia de cooperación y conflicto entre los presidentes y el Congreso de los EE.UU. En ellas, relata acciones originadas por legisladores que parecen de esquizofrénicos. Y, como el pueblo ejerce sus derechos amparados en elementos superficiales; como por ejemplo el color de la piel. Desde esa perspectiva, son muchas las acciones que pudiéramos describir para ilustrar ese aforismo. Verbigracia, el Diputado Geert Wilders desde 2010 es fascista y junto a otros diputados promueven prácticas hitlerianas desde el Congreso, precisamente en Holanda donde está la Corte Penal Internacional.

De igual forma, en la mayoría de los casos los pueblos se manifiestan conforme a la profundidad de su nivel educativo, o con el nivel de hartazgo que hayan generado sus representantes. Por ejemplo, la protesta de mujeres desnudas organizada por la agrupación Fuerza Artística de Choque Comunicativo en Argentina; el campamento de la paz, una carpa de plástico en la entrada de la Casa Blanca en Washington que encabezó por 35 años ininterrumpidos; Concepción Picciotto conocida como (Doña Conchita). Dejando claramente establecido, que la manifestación es un derecho y lo que menos importa es si ese ejercicio tiene algún fundamento.

Democracia a Retazos.

Desgraciadamente, República Dominicana que es un país en 5to de primaria compró la anómala idea de que con la muerte y desaparición física de Trujillo y Balaguer; el país ya estaría camino a vivir bajo el esquema del imperio de la democracia como como manifestó el geopolitólogo polaco Zbigniew Brzezinski. Empero, olvidaron que la construcción de un proceso democrático tiene que ampararse en varios elementos.  El reconocimiento de los errores, la articulación de ideas políticas no de programas de gobiernos y, la promoción participativa y alternativa de liderazgos desde el sistema de partidos. No así, la beatificación permanente de líderes decimonónicos.

En virtud de ello, ver repetir en el siglo XXI prácticas Balagueristas es la prueba inequívoca de que seguimos en la era de Conchoprimo. Votar significa ceder a un representante sus derechos políticos; en modo alguno, eso debe entenderse como la concesión o limitación de derechos fundamentales. Los congresos tienen tantas historias de luchas; que fue allí donde mataron al gran Julio César. Olvidar todo eso representa que, “cuando el pasado ya no ilumina el futuro, el espíritu camina en la oscuridad”, como estableció el gran maestro del liberalismo francés Alexis de Clérel, conocido como el vizconde de Tocqueville.

 

Autor: Lic. Manuel Cruz (M.Sc.)

Anuncios

Comenta