La cotidianeidad como panacea a los grandes problemas nacionales

Por Elvis Valoy sábado 4 de noviembre, 2017

El descomunal avance de la tecnología encandila a las personas, haciéndoles creer que sin estos instrumentos es imposible resolver grandes males. Con los pertrechos técnicos, viene el confort, el cual es utilizado por la gente como manera de lograr una vida más holgada y cómoda.

 Los cambios tecnológicos generan obsesión, y estas mutaciones que en muchas ocasiones son peores que la enfermedad, originan otras dificultades, fracasándose en el intento de subsanar los acuciantes daños que golpean a la población en su día a día.

 La tecnología y quienes las mercadean como el remedio a los trastornos que nos abaten, se han encargado de hacer creer a la población que sin estas  herramientas no hay forma de alcanzar peldaños de desarrollo óptimos.

 Los que así piensan se equivocan, pues el progreso está ligado a otras grandes variables, como son la educación, la institucionalidad, etc., las cuales en su ausencia ningún salto cualitativo es alcanzado, haciéndose imposible avanzar.

 ¿No será parte del subdesarrollo concebir que la instalación de sofisticados sistemas tecnológicos son la panacea a los grandes males?

 Pongamos como ejemplo una cámara. Consideramos que la instalación de cámaras en determinadas zonas  acabará con la realización de actos delictivos, algo que no se ha producido.

 Si nos trasladamos a otros países notaremos que eso no ha ocurrido, como es el caso de Panamá, en donde a diario ocurren hechos de sangres frente a cámaras y sin que los perpetradores  de estos actos deleznables sientan preocupación alguna por su filmación.

 Sin embargo, existen cientos de medidas artesanales que permiten la solución a grandes dilemas, y que su implementación igualmente va creando el sentido de institucionalidad y orden que tanto necesitamos. Es el caso de un simple número, que puede inclusive ser manuscrito. Un número de llegada impone disciplina.

 Asimismo una fila es sinónimo de organización, sistema  y método, imponiéndose con este rústico estilo reglas que ordenan cualquier intento de indisciplina.

 Las grandes inversiones en fastuosos hospitales, repletos de sofisticados aparatos médicos, no han resuelto el asunto de la salud de la población humilde. Si a este complicado y costoso sistema le hubiéramos antecedido con la organización de planes sectorizados, en donde en una simple casa barrial pudiera acudir la gente a tratarse sus dolencias, con galenos y galenas dando ese servicio hasta en patios, hoy nuestros aprietos de insalubridad serían mínimos.

 Si a la despiadada violencia que crece en la sociedad la combatiéramos con educación casa por casa, llevando un simple y didáctico volante, y concienciando sobre este criminal conflicto, estoy seguro que este perverso y ruin flagelo se reduciría considerablemente.

 Si nuestras juntas de vecinos funcionaran, si nuestras asociaciones de padres y amigos de las escuelas jugaran el rol al que están obligados a realizar, si los clubes deportivos y culturales asumieran sus espacios en la vida pública, si nuestras asociaciones de profesionales se enfocaran en hacer su trabajo, si las escuelas y universidades funcionaran como entes transmisores de valores humanos, etc., no habría tecnología alguna capaz de solucionar los perjuicios que estos estamentos sociales  pudieran remediar.       

 Indiscutiblemente que tenemos en nuestra cotidianeidad el antídoto a nuestros grandes problemas.        

 

 

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