La certeza del amor nace en dios

Por Víctor Corcoba Herrero lunes 9 de enero, 2017

Me gusta meditar cada día al levantarme, y hoy, al hacerlo, he sentido ganas de donarme caricias. Tras una intensa noche de sueños, desperté y comprendí la dulzura con la que el hacedor nos ama sin medida, estando siempre ahí, en perenne guardia, con actitud de entrega y donación.

 

No es fácil amar a quien no quiere amarnos, oponernos al mal con el bien y reponernos porque sí.

En el Todopoderoso está el sostén y el sustento, es el primero en consolarnos y en calmarnos,

el primero en redimirnos y en protegernos, el primero en todo, hasta en abrazarnos y perdonarnos como un bondadoso padre, que busca enternecernos, enviándonos

a su hijo, con el don del espíritu en perpetuidad.

 

Aunque falta ternura en la tierra y sobran intereses, ya que pensamos en ese afecto usurero, no donado,

que se entusiasma por un ser y luego se extingue sin más, y nos abandona como si nada hubiese sido, el testimonio del Crucificado nos abre el corazón.

Por eso, hace falta volver a los puros latidos del ser, regresar al níveo pulso que todo lo purga y depura, volver a ser de Cristo, porque Cristo es el aire que limpia y nos da aliento, la vida que nos vive; es Él quien nos aguarda, es Él quien nos halla, es Él quien nos da fuerza y nos pone en camino, en el camino de la certeza.

 

No hay mayor jardín en flor que la verdad imbuida en el verso de la creación, donde todo se recrea con la autenticidad y la lucidez de los abecedarios más níveos, sembrados con la ternura del diálogo,

crecidos al regazo de las relaciones de gratuidad, y ascendidos con el esplendor originario de la pureza.

 

Volvamos a esa moral que se nos ha vertido como un don, pues aunque ahora lo justo parece disiparse, con nuestra bondad venida del Creador, la semilla del amor continuamente brota de sí misma para todos, pues nada es para uno mismo, sino para compartirlo.

Germine, por ende, la voz verdadera en todo labio humano, y florezca el encuentro de corazones porque también sí.

No olvidemos que abrazarse significa confiarse en el otro, aquel que va a nuestro lado, con la mano extendida, deseoso de acogernos y ansioso por querernos,

pues si importante es acoger para amparar, querer también lo es todo, es el genuino sí, que con amor corrige y enmienda, pues nadie puede estar radiante si no sabe cultivarse y dejarse cautivar por su análogo.

Pongamos en valor la pasión y el desvelo por ser de Dios, fijémonos en la Madre, María, en sus ojos compasivos, en Jesús que nos mira a cada uno de nosotros;

¡con un amor que permanece, con una vida que se eterniza!

Comenta