Keynes y la crisis actual

Por Víctor Manuel Peña lunes 20 de abril, 2020

La Gran Depresión de 1929 echó por el suelo el esquema macroeconómico de la escuela clásica centrado en el supuesto del equilibrio de pleno empleo garantizado por el mercado.

La macroeconomía clásica, concebida en el marco del esquema del liberalismo económico, preceptuaba que no convenía al equilibrio y estabilidad del sistema económico la intervención del Estado en la economía.

En el pensamiento clásico se concebía el Estado como un eterno generador de distorsiones y de externalidades negativas.

El orden económico y social funciona en armonía, en orden y en equilibrio cómo funciona el orden natural de las cosas.

O sea que el orden económico y social reflejaba en su funcionamiento el orden inherente a la naturaleza.

La gran crisis económica de 1929 se encargó de derrumbar los laxos y frágiles fundamentos del liberalismo económico asumidos plenamente por la escuela clásica.

El desempleo solo es posible si el individuo no tiene ni la voluntad ni el deseo de trabajar de acuerdo al discurso del liberalismo económico clásico.

La gran depresión de 1929 fue el escenario de la historia para derrumbar,  por un lado, el esquema de la macroeconomía clásica en el contexto de la economía mundial capitalista, y, por otro lado, para permitir la eclosión o aparición de un nuevo enfoque de la macroeconomía.

Keynes, economísta inglés que había sido exitoso en su condición de especulador en los mercados bursátiles en Gran Bretaña, estudió minuciosamente las causas y efectos de la gran depresión de 1929 y concluyó su investigación cuando publicó en 1936 su libro Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, en el que aparecen explicados y esbozados los fundamentos de la macroeconomía moderna.

La crisis de 1929, generada por factores vinculados a la propia dinámica de la economía capitalista, fue analizada por Keynes para reelaborar conceptos y categorías de la economía y para elaborar y definir nuevos conceptos y categorías para concluir en un nuevo modelo de demanda, de demanda agregada, en el que se le asigna al Estado, específicamente al gasto público, un papel central en la estabilización de los ciclos económicos.

Decía Keynes que de los ingresos generados por la economía hay una parte que no se convierte en demanda efectiva porque los agentes económicos ahorran un aparte de esos ingresos.  Por esa razón hay una parte de la oferta agregada, de los bienes producidos en la economía, que no va a tener salida en el mercado debido a la insuficiencia de la demanda efectiva o de la demanda agregada.

La intervención del Estado en la economía con un determinado nivel de gasto público fue concebida por Keynes en la línea de compensar la insuficiencia de la demanda efectiva o de la demanda agregada de los privados.

El gasto público, consumo e inversión públicos, pasa a ser otro componente en la demanda agregada en la economía.

Aunque Keynes contempla conceptual y teóricamente el papel del dinero en su modelo macroeconómico, siempre priorizó la efectividad de la política fiscal respecto de la política monetaria.

Realmente Keynes no desarrolló una teoría de la distribución del ingreso, pero sí asumió algunos conceptos propios de la teoría marginalista de la distribución del ingreso de la escuela neoclásica como el de eficacia o productividad marginal de la inversión o del capital.

Con eficacia o productividad marginal del capital Keynes establecía que ésta debe ser superior a la tasa de interés, que él asumía en su modelo simplificado como único costo del dinero.

Aunque Keynes visualizó una relación estructural entre el sector monetario y el sector real a través del puente del dinero y de su precio o costo, nunca desarrolló tampoco una teoría del fenómeno del interés.  Aún así definió y desarrollo un nuevo tipo de demanda de dinero, la demanda de dinero por el motivo especulativo.

Eugene von Böhm Bawerk, economista neoclásico de origen austríaco, sí desarrolló en sus libros Teoría Positiva del Capital y Capital e Interés una teoría del fenómeno del interés.

Keynes siempre creyó que los efectos de la política fiscal, vía sus dos brazos activos del gasto público y de la tributación, tienen efectos inmediatos o más inmediatos y directos sobre la actividad económica agregada, en especial sobre la demanda agregada.

En cambio, los efectos de la política monetaria, debido a los desfases o retardos con que operan los mecanismos de transmisión de los efectos de la política monetaria, toman mínimo seis meses para dejarse sentir en el sistema económico.

Desde hace tiempo se sabe que eso que creía Keynes no es totalmente así en cuanto a la política monetaria.

En el modelo keynesiano el gasto público actúa primero sobre la demanda agregada y a través del efecto del multiplicador, el gasto público, que es a su vez parte de la demanda agregada, producirá efectos inevitables y dinámicos sobre la oferta agregada.

En ese contexto, los niveles de producción aumentarán y con ello el nivel de empleo en la economía.

Los millones de empleos que fueron destruidos en la Gran Depresión de 1929 dieron cuenta de que el desempleo mayoritario que se genera en la economía capitalista, producto de su propia dinámica, es un desempleo involuntario, aparte del desempleo friccional, del desempleo estacional y del desempleo tecnológico de que nos habla Karl Marx en su libro El Capital, el cual aparece como consecuencia de la reproducción ampliada o de la acumulación de capital- sustitución in crescendo de los trabajadores por las máquinas-.

En el esquema de reproducción ampliada o de acumulación de capital de Marx hay implícito un modelo de demanda efectiva.

Ahora bien, la crisis de la economía que vive el mundo actualmente -aún cuando el FMI, el Banco Mundial y la CEPAL en sus pronósticos proyectaban una recesión de la economía mundial para este año 2020-, lo cierto es que la recesión mundial que ya se está considerando, como consecuencia de los efectos trágicos y dramáticos del Coronavirus, está muy por encima de los ligeros pronósticos que se hacían desde el 2019 vistos en la perspectiva del año 2020.

O sea que la crisis de la economía mundial y de las economías nacionales que estamos viviendo no es producto de la misma dinámica de la economía, sino producto de las consecuencias muy negativas del Coronavirus sobre la economía, aparte de sus consecuencias trágicas sobre la salud humana.

Al haber una parálisis de las economías nacionales hay una parálisis o semiparálisis de la economía mundial porque para reducir la propagación comunitaria del Coronavirus ha habido que levantar y cerrar fronteras, cerrar aeropuertos, los hoteles cerradas, la mayoría de las industrias cerradas y todo eso afecta muy sensiblemente el comercio internacional tanto por el lado de las exportaciones como de las importaciones.

¿Qué hacer para enfrentar esta crisis excepcional en la vida de las naciones?

Es innegable que para enfrentar esta crisis los gobiernos de los Estados tienen por necesidad, por razón de vida o muerte, que aplicar una política económica de expansión del gasto público, y naturalmente que esa expansión del gasto público se haga en el marco de la racionalidad y de la eficiencia. Claro, hay que priorizar la eliminación del gasto superfluo como determinados elementos del gasto tributario y suprimir el gasto en publicidad.

Y la expansión del gasto público es para enfrentar la crisis sanitaria y humanitaria pero es al mismo tiempo para enfrentar también la parálisis de la economía.

En esa política de expansión del gasto público tienen que estar coordinadas y armonizadas la política fiscal y la política monetaria y cambiaria. De lo que se trata es de incorporarle liquidez a la economía para mantener o aumentar la demanda agregada y proporcionarle estímulos a la producción.

Jamás debe hablarse en estos momentos de austerización del gasto público.

Los bancos centrales disponen de diferentes mecanismos convencionales y no convencionales de política monetaria para proporcionarle no solo liquidez a la economía, sino para influir en la baja o estabilidad de los tipos de interés e influir en la estabilidad del tipo de cambio y de la inflación.

Por el lado fiscal, hay que flexibilizar el cobro de impuestos como el ITBIS y el impuesto a la renta para crear estímulos a la reactivación de las actividades de las empresas en los diferentes sectores de la economía.

Y esa expansión del gasto público tiene que expresarse en la asunción de amplios programas de ayuda a los sectores más vulnerables, trabajadores informales y a los trabajadores suspendidos en las empresas. Pero también el Estado está llamado a proteger mientras dure la crisis a los que ejercen profesiones liberales.

Es indudable que esa excepcional expansión del gasto público va a implicar en alguna medida un aumento del déficit fiscal porque la mayoría de los países pobres del mundo tienen bajos coeficientes de tributación.

En caso de que los organismos de cooperación multilateral no creen un fondo general o de solidaridad para asistir a los países subdesarrollados y de que el G-20 no lo haga tampoco, los gobiernos de los países pobres deberán ponerse de acuerdo para declarar una moratoria en el pago del servicio de la deuda externa.  Ningún Estado debe asumir esa moratoria de manera individual.

Y esto deberá hacerse porque necesariamente los gobiernos de los Estados de los países pobres deberán buscar recursos por diferentes vías para financiar la expansión del gasto público y en esa medida poder enfrentar la crisis sanitaria y humanitaria y sobre la economía desatada por el Coronavirus.

No estoy de acuerdo con que los gobiernos de los Estados pobres se endeuden con los organismos de cooperación para combatir la tragedia del Coronavirus, tanto en la parte de salud como en la parte que tiene que ver con el rescate o salvataje de la economía. La ONU debe colocarse a la cabeza para que los organismos de cooperación multilateral –FMI, Banco Mundial y BID- creen un fondo general o de solidaridad para ir en auxilio y en ayuda de los países pobres o subdesarrollados.

Y ello así porque ninguno de los países pobres o subdesarrollados del mundo tiene la capacidad de creación de liquidez y de asumir programas de asistencia a los productores como la tienen los países desarrollados del mundo.

Hacer lo anterior conviene también al salvataje y a la recuperación de la economía mundial.

Fue el Estado, y no el mercado, quien sacó a la economía capitalista de la Gran Depresión de 1929. Hoy, es el Estado, y no el mercado, quien está llamado a levantar la economía capitalista de la parálisis y aplicar políticas de protección a la población.

La crisis planetaria provocada por  el Coronavirus desengaveta y pone en la agenda de los gobiernos de los Estados la asunción de la macroeconomía de Keynes para enfrentar esta colosal crisis del Coronavirus en sus diferentes dimensiones.

*El autor es economista y abogado.

 

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