Jugando ajedrez al estilo de Víctor Korchnoi

Por Francisco S. Cruz sábado 21 de octubre, 2017

Los entretejes de la política criolla a veces discurren entre juegos de máscaras y estilos descarnados que ponen en evidencia un signo vital de esa actividad: los temperamentos. Y como la política y la guerra tienen mucho del juego ciencia (el ajedrez), no pocas veces –o con relativa frecuencia-, en el juego de la política, salen a relucir estilos y temperamentos. Por ello, los hay políticos fríos o flemáticos, calculadores y estratégicos, y hasta impulsivos y deslenguados (llámese: ¡calientes!). Por supuesto, el tibio (el que no toma partido), no existe; y si existe, nadie lo quiere.

Traigo el símil -de política y ajedrez- a colación, para recordar a un Gran Maestro del ajedrez –Víctor Korchnoi (1931-2016)- que además de magistral y talentoso ajedrecista, tuvo el mérito de disputar, en varias ocasiones, el titulo mundial de ajedrez (contra Kárpov y Kaspárov); pero más que ello, fue el primer ajedrecista ruso -de su nivel- que, en 1976, desertó –en calidad de disidente al régimen- de la ex Unión Soviética. Sin embargo, y a pesar de su gran talento y juego agresivo, tenía, se podría decir, una extraña manía –que manifestó en medio de algunas partidas-: tocaba, quizás sin quererlo, las piezas y en varias ocasiones hubo de abandonar partidas traicionado por ese subconsciente.

Tal escenario, de impulso inconsciente, impasibilidades o contenencias verbales, juegos de palabras y de insinuaciones –directas o indirectas-, se dan en nuestra política vernácula (incluso, hay registro histórico de derrotas electorales, memorables, asociada al fenómeno), pues, de vez en cuando, a uno que otros actores públicos o figuras políticas se les dispara el gatillo creando, de paso, dimes y diretes, y cuando no, trifulcas verbales que no pocas veces terminan en enemistades irreconciliables (a propósito, nuestra historia política contemporánea es rica en esa materia), situaciones inexplicables; o peor, en verdaderos pulsos políticos que terminan dirimiéndose en las urnas, los medios de comunicación, las redes sociales o, como en el famoso caso Vargas Llosa-García Márquez, que se rumoró no por política- a galletas o pescozones.

Entonces, y con estos registros históricos a mano, conviene que, para el ejercicio de la política y de la vida pública, la prudencia sea norma y guía. Para evitar taras y vicios; pero también, prejuicios, continencias verbales, descortesías, palabras destempladas, inoportunas o, cuando no, innecesarias…

Porque no podemos, como niños malcriados, estar siempre haciendo rabietas o insultando; y después, salir con el recurrente estribillo de que, “donde dije dijo, digo Diego”.

O quizás –tal rabieta-insulto-, cuando sucede en adulto –con relativa frecuencia-, es signo, inequívoco, de que, debemos, como buenos boxeadores, retirarnos. Y más aún, si ya lo hemos anunciado…

 

 

 

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