Juan Bosch: El golpe de Estado que aniquiló a la democracia

Por Ling Almánzar viernes 25 de septiembre, 2020

EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.- Han pasado ya 57 años desde que el gobierno de Juan Bosch fue derrocado, y la memoria histórica aún se estremece al recordar ese hecho nefasto. El derrocamiento fue un crimen de lesa democracia: barrió lo poco que se había conquistado en siete meses, sepultó la incipiente libertad y trajo el caos que provocaría una incruenta guerra patria.

Detrás del golpe de Estado hay muchos episodios e incidentes. Todo proceso histórico es una explosión de fuerzas históricas que estallan y arrojan llamas sobre el pellejo de una nación. La Historia es un volcán. Juan Bosch fue la víctima, y con él la democracia.

Los liberticidas proliferaron muy rápidamente y dibujaron una imagen atroz del Gobierno. Se creía que Bosch había caído en manos de los comunistas y que el país no tardaría en convertirse en una segunda Cuba. Eso espantaba, ponía los pelos de punta y horrorizaba a los “tutumpotes” que Bosch había denunciado.

Por cierto, el profesor había puesto de relieve la lucha de clases y había definido el antagonismo entre ellas. Para él, no se trataba de una lucha sórdida y feroz entre trujillistas y antitrujillistas. Esto era apenas una cortina retórica, pues el fondo definía una realidad más cruda: el antagonismo socioeconómico entre “tutumpotes” e “hijos de Machepa”.

Por ello aceptaba complacido la presencia de Ramfis Trujillo, el siniestro hijo del Jefe muerto, y creía que se podía democratizar el país con los remanentes trujillistas. En realidad, Bosch era un aliado del postrujillato: había prometido “borrón y cuenta nueva”, una consigna que cobijó a los trujillistas en desbandada y les garantizó impunidad.

Don Juan se había convertido en un actor estelar de la hora. Primero, había despachado a tres emisarios, íntimos suyos y altos dirigentes del PRD: Ángel Miolán, Nicolás Silfa y Ramón Castillo. La misión de ese trío era tantear al régimen, explorar la situación, tocar la convulsa tierra dominicana después de un cuarto de siglo. Así, le allanarían el camino para su regreso.

La misión no podía cumplirse sin el consentimiento oficial. Se obtuvo y los tres llegaron, exploraron y se quedaron. La razón: Ramfis y Joaquín Balaguer, el presidente de la agonía trujillista, querían presentar la “democratización” del país, después de 31 años hundido en la dictadura más cruel. Así pues, los emisarios de Bosch tuvieron la bendición oficial y arribaron el 5 de julio de 1961.

Él, sin embargo, tardaría unos meses más. Finalmente, regresó el 20 de octubre y encontró una llamarada popular. Ese día, jóvenes rebeldes se apoderaron de la calle Espaillat y otras de Ciudad Nueva, e hicieron una fugaz “revolución”. Ese éxtasis revolucionario fue ahogado en sangre y terror. Balaguer fue tan severo que felicitó a la Policía Nacional por su cruel actuación.

Bosch afrontó un gran desafío: ser el candidato del PRD y vencer a Viriato A. Fiallo Rodríguez, el líder de la agitada Unión Cívica Nacional (UCN). Venció con el 59% de los votos. Ese triunfo arrollador y aplastante salió del viente popular, que lo aclamó como su nuevo líder y como su nuevo pedagogo.

En efecto, él le había enseñado a la gente el lenguaje de la democracia y el valor de la libertad. Sus charlas radiales eran cátedras de educación política y orientación democrática, para crear una conciencia ciudadana en torno a lo más preciado: la libertad. Sin libertad, nada se lograba; contra ella, todo se perdía. Bosch, convertido ya en maestro de las masas, fue el alfabetizador de la democracia y el sembrador de la libertad.

El líder perredeísta sedujo al pueblo. Sin embargo, pronto dio muestras de incapacidad administrativa y, montado en la cresta de la popularidad, no supo gobernar y cayó. Su juramentación, el 27 de febrero de 1963, fue una fiesta popular: algarabía, inauguración de un régimen democrático, la plenitud de la libertad. El porvenir se desplegaba risueño ante las masas alegres: por fin, el bienestar colectivo se haría realidad, la corrupción quedaría enterrada (mas no la impunidad) y la República sería regenerada. Bosch prometía una verdadera revolución democrática.

Pero falló en el intento, y su gobierno fue un experimento roto y frustrado. ¿Qué sucedió?

Bosch fue incapaz de mantenerse en el poder. Cierto, él quiso reproducir aquí los esquemas democráticos de otros países. Su empeño máximo: democratizar la República, redimir al pueblo dominicano. En su largo exilio se había vuelto un errante político arrojado de su patria. Allí, en playas extranjeras y bajo otras banderas, había conspirado, contribuido a la fundación del PRD y forjado un ideal libertario.

Ahora, en 1963, tenía en sus manos la gran oportunidad. Es posible que tanto destierro le hubiera creado una imagen borrosa de la realidad, y que apenas tuviera una idea claroscura de la suerte dominicana. Sin embargo, él sabía que las viejas estructuras heredadas del trujillato -las que él conquistó y atrajo con sus prédicas- no le permitirían gobernar a sus anchas.

Es justo repetirlo: Bosch captó a los trujillistas, los cobijó en sus prédicas y les garantizó impunidad. La libertad también era para ellos. Pero la abigarrada alianza se rompió y arrastró a la desdichada república. El pecado de Bosch fue dejar esas estructuras intactas: no las tocó y los trujillistas empezaron a conspirar, primero en forma velada y después abiertamente.

El presidente llevaba consigo el pesado estigma del comunismo. Los trujillistas, aún en el poder, creían que la cacareada libertad tenía sus límites y que, más allá de esos límites, era sencillamente intolerable. El enemigo estaba muy cerca: Fidel Castro y su espantosa Cuba.

El régimen castrista era para ellos un horror, pues esa experiencia podía repetirse aquí. Fidel había enterrado las estructuras del terrible batistato, y había echado las bases de una nueva sociedad. (Claro que fracasó, pero logró que la gente construyera su propia realidad y asumiera culturalmente el proceso revolucionario.) Aún más: había celebrado juicios de fusilamiento a los criminales de la tiranía de Batista. Esto era ya demasiado, en una isla que había sido un paraíso para la gran mafia del mundo. Cuba se volvió, así, un satélite de la Unión Soviética.

Bosch venía de ese mundo cultural y político; sus ideas avanzadas eran como una guillotina para la mentalidad totalitaria de los gorilas trujillistas. Por tanto, no podían permitir que un demócrata gobernara.

Pero ese demócrata los dejó en sus puestos, pero ya sin los privilegios de otros días, y selló así su destino trágico.

La conspiración arrancó antes de la juramentación, con la masacre de Palma Sola. Este remoto pueblo de San Juan fue el escenario donde los militares irrumpieron y mataron. Allí saciaron su apetito criminal: mujeres, niños, ancianos, fueron aniquilados. Lograron su cometido: exterminar el culto a Liborio, muy enraízado en la zona. ‘Papá’ Liborio había sido un curandero rural nacionalista, que hacía “milagros” y combatía a los yanquis de la ocupación. Lo asesinaron en 1922, y su cadáver amarrado fue exhibido en público, como muestra patente de que era un simple mortal. Su legado creció y se expandió con gran devoción y con una legión de creyentes. Liborio se volvió un ídolo popular. El pueblo quedó ensangrentado y dejó muerto al general Miguel Rodríguez Reyes. Los rumores señalaban a este oficial como el ministro de las Fuerzas Armadas del gobierno boschista.

Aun así, Bosch nada hizo con los militares. Es verdad que estos matarifes, manchados en el trujillato, no fueron los únicos conspiradores. Empresarios, comerciantes y religiosos se unieron a la carroza de la conspiración. Así, la cúpula católica emprendió las “reafirmaciones cristianas”, genuinas protestas contra Bosch. La razón era la apertura democrática derivada de la Constitución boschista, que reconocía a los hijos extramaritales y los derechos del concubinato. Eso era insoportable y Bosch debía caer.

La élite empresarial atacó al Gobierno, denunciándolo como presunto expropiador, y gritó que querían restringir la propiedad privada. El régimen había impulsado una ley de plusvalía que le ponía un tope a los beneficios de la industria azucarera. Poco antes del zarpazo, después de una visita de Bosch a México, los comerciantes hicieron una huelga y paralizaron las actividades económicas.

Estados Unidos tuvo su propia participación. Bosch era su aliado: pertenecía al club de la “izquierda democrática” e impulsaba la Alianza para el Progreso, la iniciativa de Kennedy para frenar el comunismo en la región. Don Juan, siendo presidente elegido, había visitado en la Casa Blanca al gobernante estadounidense, pero no se sometió a los dictados de Washington.

Así, tomó un préstamo de 150 millones de dólares a una compañía suiza para acometer grandes proyectos de desarrollo. Sus relaciones con el embajador de EE.UU., John Bartlow Martin, eran cordiales hasta cierto punto, pero se hicieron añicos en los momentos finales. El diplomático quería una muestra pro yanqui de Bosch, quiero decir, una demostración palmaria de sus afectos políticos. Un barco estadounidense llegaría a las costas dominicanas y con su sola presencia disuadiría a los conspiradores. Bosch no permitió esa violación a la soberanía nacional. Sin embargo, en el clímax de su efímero gobierno, cuando la caída era ya tan dramática como inminente, aceptó. Depuso por un momento su intransigencia y cedió demasiado tarde: la suerte estaba echada y el golpe se consumó.

Todos se confabularon y derribaron a Bosch el 25 de septiembre de 1963, hace hoy 57 años.-

 

 

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