Jerusalén arde en llamas por culpa de Trump

Por Víctor Manuel Peña lunes 11 de diciembre, 2017

Desde la culminación de la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, Estados Unidos ha intervenido como “mediador” en el eterno conflicto entre Israel y Palestina.

A simple vista, y por la intensa y extensa complejidad del conflicto, todo parece indicar que no hay solución a esta dolorosa, traumática y perturbadora crisis política, en el que el mismo proceso de negociación de la paz ha estado minado de altos niveles de conflictividad.

Huelga decir, que el conflicto en sus dos dimensiones tiene elevadísimos niveles de explosividad o está cargado de elementos explosivos que han  hecho de la violencia una constante.

Y con la violencia al más alto nivel de expresión no hay forma a la vista de resolver este conflicto en el que están enfrentados, como dos eternos enemigos y contrarios, el pueblo de Israel y el pueblo palestino y el Estado de Israel y el Estado Palestino.

Este conflicto de tanta trascendencia, repercusión y relieve internacional se ha dado siempre en un diminuto espacio territorial en el Medio Oriente.

Pero lo que ahí ocurre preocupa a la humanidad entera porque la humanidad es una sola, aunque segmentada bajo el arcoíris (o arco iris) de las nacionalidades y de las fisonomías culturales.

Todo indica que no habido, históricamente hablando, verdadera neutralidad de las potencias que intervienen en la mediación, sobre todo, en el caso de Estados Unidos.

La raíz del problema reside en el hecho de que Israel nunca ha querido reconocer el derecho que tiene Palestina a existir como Estado, no obstante una resolución de las Naciones Unidas en ese sentido desde fines de la década del 40 del siglo XX.

Desde la Segunda Guerra Mundial todos los Estados del mundo, incluyendo a Estados Unidos, que tienen relaciones diplomáticas con Israel han aceptado a Tel Aviv como la capital de este Estado, y ahí han estado todas las embajadas de todos esos Estados.

Eso nos indica claramente que la comunidad internacional, incluyendo la ONU, no se ha manejada de manera inocente frente al conflicto entre Israel y Palestina al reconocer a Tel Aviv como la capital del Estado israelí.

En el decenio de los 90 el Estado federal estadounidense aprobó una ley que reconocía a Jerusalén como la capital de Israel, sin embargo, todos los presidentes que tuvo Estados Unidos después de la aprobación de esta ley, con excepción de Donald Trump, se valieron de dispensas para prorrogar o evitar dar cumplimiento a esta ley en cuanto a ese aspecto.

Y ellos procedían así, menos Trump, porque eran conscientes, sabedores y conocedores que en el momento que Estados Unidos tomara la decisión de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel convertirían a ésta en una eterna hoguera, desatando una guerra demencial no solo entre Palestina e Israel, sino en toda la región contra Israel y contra Estados Unidos.

Que ocurra eso en estos momentos es altamente peligroso porque está ISIS de por medio, un enemigo asaz temible y sanguinario.

¿Por qué Trump ha tomado una decisión tan irracional, tan conflictiva, tan explosiva y tan incendiaria?

Trump está categorizado y calificado como el más grande exponente del populismo moderno de derecha en el siglo XXI, aunque tal vez y sin tal vez, él no maneje de manera correcta este concepto.

El populista de izquierda o de derecha trata de fundar o basamentar sus decisiones apoyándose en las masas, explotando o usando sus sentimientos y sus emociones ora para llegar al poder, ora para ejecutar desde el poder determinadas políticas y asumir determinadas acciones y prácticas.

De paso debo apuntar que el populismo, como expresión exponencial de la demagogia, solo se desarrolla en el contexto de la democracia.

Es decir, que el dirigente o líder populista trata de someter a su razón la emocionalidad o la sentimentalidad de las masas.

Pero en Trump se invierten los roles: la razón (o su razón, si es que tiene alguna) está sometida a la sentimentalidad o a la emocionalidad de las masas.

Por complacer y tratar de reposicionar a las clases medias blancas estadounidenses, Trump ha tomado decisiones como presidente de Estados Unidos que son verdaderos actos de locura.

Esos actos de locura, cometidos por Trump, en vez de recuperar la grandeza de Estados Unidos, están sumiendo y subsumiendo a esa nación en el desprestigio y en la pérdida de autoridad moral como primera potencia.

El gran problema de Trump, aparte de su impreparación para ser presidente de una nación tan grande y tan poderosa como Estados Unidos, es que él no ha sabido delimitar y desmarcar el rol del presidente del rol del candidato.

Para ganar es dable y aceptable que un candidato prometa de todo, hasta el cielo.  Pero un presidente, sobre todo, un jefe de Estado es otra cosa muy distinta.

Un jefe de Estado tiene que tener siempre como norte de sus acciones públicas el interés general y el desarrollo del país o de la nación. Pero un jefe de Estado estadounidense tiene un rol mayor y de más trascendencia dado el protagonismo de Estados Unidos en la política mundial.

Y ese rol de jefe de Estado es más complicado y complejo si se trata de una nación ultradesarrollada, primera potencia y única potencia global como es Estados Unidos.

Entonces Donald Trump ha querido convertir en acciones públicas o políticas públicas todas las sirimbas o vainas que les prometió a las clases medias blancas estadounidenses: construir un muro en la frontera con México, renegociar el TLCAN supuestamente para crear empleos en Estados Unidos y joder a México, guerra contra los inmigrantes indocumentados y la inmigración en sentido general, obstruir el libre comercio fomentado el proteccionismo supuestamente para crear empleos en Estados Unidos, retirarse del acuerdo sobre el cambio climático firmado en París, retirarse de la UNESCO, debilitar la OTAN, impulsar una reforma tributaria en la que ha matado la progresividad del sistema tributario estadounidense, etc.

Trump no solo está trabajando para favorecer a las clases medias estadounidenses sino también a la industria armamentista de Estados Unidos, la que ve ampliado su mercado en Medio Oriente al ver creado un escenario de guerra permanente y progresivo con la absurda decisión de Trump de reconocer a Jerusalén como capital de Israel.

A partir de la controvertida decisión de Trump, todo parece indicar que el epicentro del conflicto entre Israel y Palestina estará en Jerusalén, y no en la Franja de Gaza.

La comunidad internacional, incluyendo el Consejo de Seguridad de la ONU, ha respondido absorta e indignada ante esta desatinada y abrupta decisión que contraviene la política internacional de las naciones del mundo y, sobre todo, de las potencias del planeta, en violación también de acuerdos y resoluciones internacionales.

Ahora bien, si siempre ha estado cuestionada la neutralidad o la imparcialidad de Estados Unidos frente a este eterno conflicto entre Israel y Palestina, ¿quién podrá creer ahora en la confiabilidad o credibilidad de Estados Unidos para intervenir como mediador o como componedor amigable para buscar y lograr la paz entre Israel y Palestina?

¡Solo Israel podrá confiar ciegamente en una mediación de Estados Unidos en busca de la paz en el Medio Oriente!

Creo que frente a esa amarga e irrefutable verdad, y que ha llegado a su clímax la mediación de Estados Unidos como componedor confiable, el protagonismo de la mediación en ese conflicto entre Israel y Palestina debe asumirlo la ONU, sobre todo, su Consejo de Seguridad.

Creo que Francia, Inglaterra, Rusia y China Continental deben liderar la oposición a la decisión de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU en aras de evitarle una gran tragedia al Medio Oriente y al mundo.

Por otro lado, queremos destacar que cuando se ve ese eterno enfrentamiento entre Israel y Palestina desde el ámbito o prisma de lo religioso se pierde toda objetividad.

Así, la causa de Palestina debe ser la causa no solo de los palestinos y de los árabes en general, sino la causa de la mayoría de los pueblos del mundo.  La causa de Palestina no tiene nada que ver con el salvajismo de ISIS.

A Israel nunca le ha asistido la razón en el desarrollo de este conflicto, y si el conflicto se ha mantenido es porque a algunas potencias como Estados Unidos les ha convenido mantenerlo, profundizarlo y prolongarlo por encima de las enemistades, contradicciones y diferencias prácticamente insalvables que hay entre Israel y Palestina.

Es innegable que actualmente Jerusalén arde en llamas, simbolizando el centro de gravedad de un nuevo escenario de guerra, por culpa de Trump, figura cumbre del populismo estadounidense en el siglo XXI.

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