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Hipocresía e indolencia estimulan corrupción

Por Jose Baez Guerrero Lunes 9 de Enero, 2017

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Jose Baez Guerrero Jose Baez Guerrero

Nuestro país padece una epidemia de corrupción administrativa que los adversarios del PLD pretenden achacar exclusivamente al gobierno y sus funcionarios. La nación requiere urgentemente superar este marasmo moral y ético. Pero, como el famoso chiste del violador de monjas, “dije que todas…”.

Es una falacia que la corrupción del pasado bajo administraciones reformistas y perredeístas haya sido “juego de niños” comparada a la actual. Si comparamos el tamaño de la economía nacional quizás antes fue peor.

Balaguer administraba presupuestos magros. En 1990, luego de una inflación sin precedentes, fue de poquito mas de RD$7 mil millones. Al salir del poder en 1996, fue de menos de RD$26 mil millones, cuando el PIB fue de sólo US$18 mil millones. Sin embargo, desde sus famosos doce años de 1966 a 1978, las administraciones de Balaguer dejaron funcionarios tan ricos que todavía hoy viven de eso.

Entre 1978 y 1986, los ochos años perredeistas, hubo tantas denuncias de vagabunderías que el PLD publicó por primera vez su “álbum de la corrupción”. Del segundo gobierno de esos dos, todavía quedan funcionarios prófugos de la Justicia quienes huyeron al extranjero mientras otros fueron condenados en juicios espectaculares y escandalosos.

En 2004 al dejar el gobierno Hipólito Mejía de PRD, el presupuesto fue RD$121 mil millones y el PIB fue US$22 mil millones. Para 2016 el presupuesto llegó a RD$566 mil millones, pero el PIB real dominicano alcanzó más de US$73 mil millones. En este contexto, ¿puede realmente afirmarse que roban más ahora que antes? ¿O es que los malandros han hecho “ajustes por inflación” o ante el prodigioso crecimiento económico?

Sin excusar ni justificar el robo al erario, los sobornos y demás vagabunderías, visto lo anterior, ¿puede algún ser inteligente creer realmente que sólo los “comesolos” son corruptos o los más corruptos? El malestar moral y ético que corroe nuestra sociedad trasciende la política partidista y afecta casi todos los ámbitos. Lo de Odebrecht se ha sabido porque tras la investigación en Brasil sobre Petrobras, en los Estados Unidos hubo seguimiento judicial al caso, en beneficio de las empresas gringas competidoras de las brasileñas. Pero, ¿cree alguien que ese modelo de negocios operó o funcionó solamente afectando a funcionarios públicos de los últimos tres gobiernos dominicanos?

Son muy pocas las empresas dominicanas que para competir no se vean requeridas a ofrecer comisiones ilegales u otros “incentivos” que no son sólo para sus transacciones gubernamentales. No se trata de repetir lo que el famoso periodista Rafael Herrera dijo durante el juicio al ex presidente Jorge Blanco en 1988, “¡aquí todos somos corruptos!”, porque no es así. Pero tampoco es verdad que el PLD y el gobierno poseen un monopolio de la corrupción y la vagabundería. ¡Hay opositores muy aventajados también!

Mientras hasta hace pocas décadas los políticos debían depender de las dadivas o financiamientos de empresarios y simpatizantes para mantener sus partidos y estructuras políticas, actualmente la mayoría de los principales lideres políticos poseen suficientes recursos propios o de sus organizaciones. Esa independencia financiera debilita la influencia del empresariado, muchas de cuyas protestas por la corrupción responden a la mengua de su influencia política y al alto costo de ciertos negocios que de hecho casi siempre requieren algún apalancamiento político, léase uno o más socios partidistas.

Sin embargo, en los círculos socio-económicos más poderosos e influyentes del país se sabe perfectamente quiénes son los políticos o empresarios más corruptos, cuáles ejercen ese lisio moderadamente y quienes a fuerza de pendejos poseen algún prestigio por su honestidad. Darle cuartos a algún funcionario para facilitar negocios raras veces es visto como corrupto y en licitaciones y concursos dizque es común que los participantes compitan también en el porcentaje del soborno. Jefe de compras es un puestazo.

Los funcionarios que se enriquecen son comúnmente casi todos conocidos por el público, por sus desfachatadas ostentaciones e inexplicables cambios de vida. Pero sólo mediante el robo directo al erario difícilmente se amasan grandes fortunas; estas resultan de la participación en negocios de enormes proporciones, cuyas comisiones y sobornos no debe ser muy difícil rastrear si algún implicado desea colaborar, como en el caso Odebrecht.

El problema pues no es judicial ni legal, sino de moral social, pues ningún corrupto necesita esconder las plumas del pato robado sino invitar al vecino al sancocho. Cualquier fiscal cojonudo auxiliado por la DGII podría ser heroico.

Dicen frecuentemente: “no hay políticos presos”. Tampoco grandes empresarios, con pocas excepciones. Ni los botan de clubes ni les hacen el fo. Pretender ahora que sólo el PLD o funcionarios de su gobierno son los únicos o los más corruptos no es conducente a buscarle solución a este vergonzoso desmadre ético, moral y legal. La cara más fea de la corrupción es nuestra indolencia e hipocresía colectivas.