Héctor J. Díaz

Por Ramón Saba jueves 23 de enero, 2020

En ocasión de arribar a los que serían sus 110 años de su nacimiento, traigo el recuerdo y la semblanza de este bardo nuestro, cuyos textos viven aún en nuesrta memoria y son tan repetidos en encuentros culturales y poéticos.

Nació en Azua de Compostela el 21 de Enero del año  1910, bautizado con el nombre de Héctor José de Regla Díaz, y falleció en New York el 30 de julio del año 1950,  a los 40 años de edad.

Locutor, declamador, compositor y poeta. Su brillante y vibrante oratoria cautivo a los más exigentes intelectuales de la época, cualidad a la que se sumaba una voz grave que encantaba al auditorio y en especial a las damas cuando le llevaba serenata. Este vate dominicano es sin lugar a dudas, el poeta más popular de República Dominicana, pero por mezquindades inexplicables, aparece en muy pocas antologías. En la radio produjo los programas  Recordar es vivir, Serenata Moderna, Cartas a la Posteridad, Canción de la  vida Diaria, Tradiciones, leyendas y supersticiones Dominicanas. Su fuente inspiradora fue casi siempre la mujer, salvo contadas excepciones. Dedicó mucho tiempo a la tarea de impulsar  la presentación de artistas en el interior del país. Gran parte de sus declamaciones poéticas en Radio Yuna, fueron acompañadas a la guitarra por la educadora Luz María Delfín.

 

Aparte de sus publicaciones regulares en el periódico Listín Diario, dejó como legado los libros Lirios Negros, Flores y Lágrimas, Ritmos  Íntimos, Plenitud y Versos para una sola Noche, post-mortem se ha recogido lo mejor de su producción en una antología. Como autor de reconocidas piezas musicales como Tu Nombre, Dolores,  Oh Paris, Entre tu amor y mi amor y el famosísimo merengue El Negrito del Batey que retrata al trabajador dominicano desde una óptica realista y franca.

También son de su autoría los merengues El Mal Pelao y La Muerte de Martín, que fotografían paisajes socioculturales del folclore dominicano. Sus poemas más repetidos son Lo que quiero y La leyenda del negro haragán, el primero es puro desamor y el segundo de corte afroantillano dedicado al declamador Carlos Lebrón Saviñón.

Notables poetas dominicanos han externado “Fue un  poeta fuerte y perdurable, que en parte tenía tinturas de poesía negroide  y un ritmo inmejorable, donde prevalecía un estilo limpio, repletos de  imágenes claras y llenas de vida.” (Héctor Incháustegui  Cabral) y “Poseía una personalidad  única e inconfundible. La de no imitar a nadie. Razón por la cual, en su  verso ágil y sonoro, jamás podremos encontrar el grillete mohoso del  esclavo, ni mucho menos la humillante librea de un lacayismo bochornoso.  El era él en él mismo.” (Franklin Mieses Burgos)

Concluyo esta entrega de TRAYECTORIAS LITERARIAS DOMINICANAS con un fragmento de un poema de Héctor J. Díaz, integrado por perfectos versos alejandrinos:

Lo que quiero

Que nadie me conozca y que nadie me quiera.
Que nadie se preocupe de mi triste destino. 
Quiero ser incansable y eterno peregrino 
que camina sin rumbo porque nadie lo espera.

Caminar rumbo adentro, solo con mis dolores,
nómada, sin amigos, sin hogar, sin anhelos.
Que mi hogar sea el camino y mi techo sea el cielo,
y mi lecho las hojas de algún árbol sin flores.

Que no sepan mi vida, ni yo sepa la ajena.
Que ignore todo el mundo si soy triste o dichoso.
Quiero ser una gota en un mar tempestuoso
o en inmenso desierto un granito de arena.

Cuando ya tenga polvo de todos los caminos,
cuando ya esté cansado de luchar con mi suerte,
me lanzaré en la noche sin luna de la muerte, 
de donde no regresan jamás los peregrinos.

Por Ramón Saba

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