¿Hasta dónde hemos llegado?

Por Victor Elias Aquino lunes 24 de junio, 2019

Un símbolo de  la decadencia social  y espiritual, que hace tiempo afecta a la sociedad dominicana, es  que la gente debe exponerse a tener que escuchar una música urbana carente de   valores  morales, sociales y hasta cristianos, con letras que son un monumento a la degradación de la mujer,  la moral y las buenas costumbres hogareñas.

Es que, al parecer, “ya no se necesita que lo que se cante sea agradable al oído”, que tenga letras, que en la parte  musical tenga armonía y que  la persona que cante  lo haga afinado.

Sólo hay que encender la radio para estar expuestos al  “lenguaje vulgar”, expresiones soeces que denigran a la mujer y estimulan de manera seguida al consumo de sustancia prohibidas, al sexo desenfrenado desde la más tierna infancia, a la infidelidad conyugal, y lo peor de lo peor de lo peor, “se establece como una práctica común, el no respetar a nada ni a nadie, tampoco a las leyes”.

Cabe la pregunta, ¿hasta dónde hemos llegado?

Es triste, pero los exponentes  de música urbana, los genios de la vestimenta estrafalaria, acompasados con el mal gusto, el lenguaje vulgar, los malos hábitos y peores ejemplos de vida, de familia e incitaciones frecuentes a la violencia, tienen harta a una sociedad que quiere un respiro.

Se trata  de antivalores que   son los más populares del momento, llenan fiestas y  estadios y los políticos los utilizan en sus campañas y spots publicitarios.

Penosamente es un reflejo de la sociedad contemporánea en la que vivimos actualmente, que degenera, que se desgasta,  que se desangra.

Pero, no podemos tirar la toalla,    siempre se puede aspirar a algo mejor;     el camino de  la  calidad, de la belleza, de lo prístino. Mientras otros están conformes con que le hayan robado su país y  se conforman con menos calidad o ninguna calidad, o lo  peor: calidad cero.

¡Que  nos devuelvan el país!

Pienso en el tema de las letras, y veo espíritus acomodados, recostados, poco elevados, que  no tienen otra cosa mejor para hacer, que  escribir  letras que  maldicen a la mujer, a su cuerpo; aunque,  naturalmente,  siempre habrá  excepciones, “y no solo de pan vive el hombre”.

Frente al atropello del lenguaje,  existen los espíritus que se elevan, se remontan  en el tiempo y el espacio,    para cantar a la mujer y sus  encantos en sus cinco lenguajes.

Es como una competencia  de mal gusto, y cada  letra que se escribe es peor que la anterior, salvo contadas, muy contadas excepciones.   Me apena, cada vez que se llama artistas a estas personas.  ¡Artistas de qué! Aunque llenen  estadios y centros de diversión.

El contenido que acompaña a estos ritmos  no son más que chapucerías de mal gusto, pero es que la  degeneración de la sociedad va en el mismo sentido  que estos intérpretes.

Para los años  50 del siglo pasado  vino el mambo y mucha gente protestó porque era muy movido y tenía coreografía; y la gente de esos tiempos estaba más bien acostumbrada a la música suave, pero no había ausencia de calidad musical; que es lo que ocurre hoy en día.

El afamado maestro, director de la Orquesta Sinfónica Nacional, maestro José Antonio Molina,  se refirió al tema, en fecha tres de agosto del 2014, y puntualizó: “La música es retrato de la sociedad, esa música es el reflejo del deterioro de la sociedad, esas letras que incentivan la violencia son un veneno para la sociedad”.

El maestro  José Antonio Molina acertó en la diana, como excelente maestro de la música, propugna  por una política incluyente que permita que personas de todos los extractos sociales, principalmente los jóvenes, puedan disfrutar de los conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional.

Comparto el criterio del maestro de que la música educa y forma, y más que todo, transforma a los seres humanos.

Ese José Antonio Molina; hijo de don  Papa Molina y doña Josefina Miniño,    en su  fructífera carrera ha dirigido a artistas como los mismísimos   Liza Minnelli, Celine Dion, Sting, Stevie Wonder, Elton Jhon, Vanessa Williams y Andrea Bocelli.

 

POR Víctor Elías  y Carlos José Aquino

 

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