Haití necesita una segunda revolución (1)

Por Ángel Moreta

La revolución haitiana constituye una serie de luchas sociales que se desarrollaron entre los años 1791 y 1804, acontecimientos que se desplegaron bajo la inspiración de aquellos que lideraron la revolución contra el sistema esclavista instaurado por la monarquía francesa en la isla de Saint Domingue.

El sistema esclavista, junto con las demás colonias del Caribe del imperio colonial francés, era la fuente de la tercera parte de los ingresos de Francia. La población esclava, que era el estrato social más bajo, decuplicaba a toda la población libre y representaba la mitad de la población total de esclavos en el Caribe, que se ha calculado cercana al millón.

La revolución haitiana, fue un conjunto de rebeliones y batallas que se desarrollaron a lo largo de casi quince años, y al decir de Juan Bosch, en su libro Frontera Imperial, fue un acontecimiento histórico de carácter social, racial y nacional. Las potencias de la época no reconocieron inmediatamente la independencia de Haití, y no perdonaron una revolución anti esclavista radical en el Caribe, por lo cual le impusieron como castigo bloqueos que duraron muchos años, y negaron las posibilidades de ayuda y de desarrollo del Estado haitiano; por ejemplo, Estados Unidos, vino a reconocer la independencia de Haití cincuenta años después, en 1862.

Pasados los años, que el ex embajador de Haití en República Dominicana, Daniel Supplice, en una carta enviada en julio del pasado año 2015 al presidente Martelly, calcula en 210 años; continúa vigente el estado de opresión e ignorancia del pueblo haitiano en toda su extensión durante ese tiempo, antes y después de la revolución.

El experimentado e incidental diplomático cayó en desgracia al exponer al presidente haitiano, el drama social y humano prevaleciente en Haití y en República Dominicana en relación con el problema de identidad del pueblo haitiano, enfatizando en que el Estado de ese país no ha podido y no ha querido desde hace 211 años, entregarles a los ciudadanos de ese país sus actas de nacimiento, que les permitan probar que tienen existencia como ciudadanos.

A lo largo del tiempo, núcleos de los esclavos liberados del sistema de la esclavitud en las ciudades, se desarrollaron como élites mulatas haitianas, grupos corporativos dominantes, que fueron adquiriendo preeminencia social, hasta llegar al día de hoy al nivel de estamento social dominante en la sociedad haitiana.

Hasta el presente, núcleos de las élites mulatas lograron con el tiempo asumir el control hegemónico del poder político y del Estado haitiano. Se han desarrollado, antes de la dictadura del presidente Duvalier, y después de la caída, como estamentos privilegiados controladores y detentadores de la hegemonía y la dominación del Estado y de la sociedad de ese país en armonía y connivencia con Estados Unidos y Francia.

 

Prácticas neocoloniales

Decíamos en 2015 en el artículo titulado “Continúa la intensa explotación social del pueblo haitiano”, que las élites políticas egoístas y contradictorias haitianas, exhiben una mentalidad y unas prácticas neocolonialistas en relación con su propio pueblo. Decíamos que es necesario desarrollar como proyecto de conocimiento e investigación tendentes a una caracterización sociológica de las élites mulatas dominantes haitianas.

Es necesario profundizar en una labor del conocimiento con la cual procuremos desarrollar una sociología de la hegemonía de las élites haitianas como ángulo de análisis no explorado todavía en cuanto se refiere a los aspectos históricos de las relaciones económicas y políticas con República Dominicana.

Actualmente tenemos un resultado histórico negativo; y son los niveles de explotación económica y social del pueblo haitiano, al cual las élites mulatas controladoras le arrebatan a ese pueblo todas las oportunidades de desarrollo, manteniéndolo en la pobreza, en la opresión y el desamparo social, mediante una lógica de expropiación y de miseria, carente de lo indispensable para vivir y afectado por el hambre y la desesperación.

Mientras tanto, gobiernos haitianos van y gobiernos haitianos vienen, y debido a que responden a las necesidades egoístas de las élites dominantes, o las troikas corporativas, y ninguno ha resultado capaz de comenzar la estrategia de despegue hacia el desarrollo del pueblo y de la sociedad haitiana a niveles más altos de vida económica y social. Los responsables de esta situación, en un país intervenido por los estados capitalistas hegemónicos, principalmente los Estados Unidos, son los funcionarios que se ocupan principalmente en los negocios privados nacionales e internacionales.

En el trabajo aludido, de fecha 5 de agosto 2015, iniciamos una caracterización sociológica de las élites haitianas, que lleva a una antropología de esos grupos políticos en su cotidianidad, donde se juntan altos niveles de enriquecimiento ilícito, lavado y apropiación privada de la riqueza pública, incluyendo capitales provenientes del contrabando, negocios espúreos y tráfico internacional de estupefacientes, de armas y mercancías.

Las élites políticas haitianas tienen prácticas esencialmente egoístas con respecto a su propio pueblo; pretenden sacar provecho personal y político de enfoques nefastos y difamatorios contra sus vecinos.

Saquean cotidianamente al pueblo haitiano, que hoy, como ayer, sobrevive, en medio del flagelo de la miseria y el hambre.

Resultados históricos negativos

Esas élites y grupos comerciantes y políticos, hacen negocios de importación de alimentos desde Miami, Puerto Rico y otros lugares de Estados Unidos; trafican con mercancías y comestibles desde la República Dominicana, formando emporios comerciales orientados a la especulación, el dumping y el agiotismo, con la participación y la complicidad de las altas esferas gubernamentales haitianas, las cuales depositan fondos y capitales que obtienen de préstamos y donaciones internacionales; y las depositan y protegen en bancos europeos, norteamericanos, de Gran Caimán y República Dominicana, con la protección cómplice de los países capitalistas hegemónicos de economías neoliberales, fundamentalmente con la nación del norte.

Actualmente constituyen grupos de expoliadores y embaucadores, que chupan miserablemente la sangre del pueblo haitiano día tras día; la mayoría de esos grupos económicos y políticos,  (duvalieristas y ex-duvalieristas), son parte de la clase dominante haitiana, funcionarios y comerciantes corruptos que viven de las consignaciones y del contrabando (buorguesie consignataire); tienen mansiones y villas en Bávaro, provincia La Romana e Higuey, República Dominicana, haciendo también negocios, muchos de ellos fraudulentos y lesivos a la dignidad de la República Dominicana; y ofensivos a la seguridad y tranquilidad del pueblo haitiano y del pueblo dominicano.

Realizan negocios ambiguos, sucios o espúreos, que les producen enriquecimiento ilícito, todos contra el pueblo y la nación de Haití, que merecen mejor suerte frente a la malicia, la avaricia y la ambición política y económica de estos grupos mafiosos.

Son esos mismos grupos dominantes y hegemónicos, en complicidad con élites dominicanas, los que mantienen la explotación económica y social del pueblo haitiano, que se ve obligado a emigrar en masa hacia la República Dominicana y otros países (véase la encuesta de la Oficina Nacional de Estadística, ONE 2014, sobre las condiciones de pobreza de las mujeres inmigrantes haitianas, empujadas a emigrar por causa de las difíciles condiciones económicas y familiares.

Por esas razones, cuyos fundamentos ameritan un desarrollo histórico y sociológico, es que decimos que el control hegemónico depredador (CHD) de las élites políticas haitianas, hacen necesaria una segunda revolución haitiana que permita la modificación estructural, el trastorno y la liquidación radical del estado de cosas a que nos venimos refiriendo. Y la subordinación de hace más de cien años a los Estados Unidos, que mantienen a esa sociedad en estado de frustración histórica, de explotación de sus riquezas naturales, de agresión cultural y de esclavitud disimulada. 

 * El autor es jurista, filosofo, sociólogo y profesor universitario.

 

Por: Ángel Moreta

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