Guerra en los ecosistemas

Por Francisco Rafael Guzmán

Con un título como  este o parecido a este escribí un artículo en el desaparecido tabloide La Nación hace más de 20 años. Desde hace más de cuatro décadas me viene preocupando el medio ambiente. A finales de los 90s junto con un colega y amigo, haciendo un recorrido por provincias del Nordeste por sugerencia mía, el colega  y yo nos acercamos o llegamos al municipio de Hostos en la provincia Duarte.

Quería saber si se conservaba alguno de los tantos humedales que vi más o menos en enero 1972 (hoy hace casi 50 años), ocasión en que andaba con un grupo de hermanos y primos, fue la oportunidad en la cual vi gigantes árboles y vi una especie desconocida de pájaro o avecilla que desconocía, además de muchas lagunas en medio de tierras  de pastos para ganado y selvas vírgenes. Esos árboles no podían alcanzar el sol a baja altura debido a la espesura y extensión de los bosques, por eso crecían mucho.

La aldea de Hostos parecía que todavía era una villa de los inicios del siglo 20, en esos momentos en que la Guerra de Vietnam no concluía pero si pasaba a la baja intensidad, en bromas entre familiares usaba los nombres de lugares de ese país parangonándolos con los de ese lugar de la provincia Duarte. Era en ese año que se celebraría en Estocolmo la Primera Conferencia Mundial del Medio Ambiente; vivimos una realidad que se llama Cambio Climático y desde ese entonces acá casi nada se ha hecho por preservar el medio ambiente.

A finales de los 90s, cuando hacíamos el recorrido José Francisco Pérez y yo no vimos nada de lo que había visto en 1972, el sabia como estaba esa zona  porque la conocía para esos tiempos, pero hicimos el recorrido y me convencí de que no había nada de eso; no estaban los humedades y las zonas boscosas que otrora había, platanales si había. Tal vez, sin ninguna duda, peor ha pasado en la provincia Sánchez Ramírez con la explotación minera, donde a consecuencia de las escorias  la incidencia de cáncer debe ser muy alta. Esto significa que gran parte de la culpa de esa guerra en los ecosistemas, casi toda la culpa, la tienen seres humanos por estar tocando espacio del medio ambiente que no deben tocarse o el modo de tocarlos no es el correcto. En última instancia, los responsables son los representantes de  la clase social o la fracción de esta que explota los minerales, representantes del gran capital que invierten en la minería.

Ahora bien, hace cuatro décadas o más parece que el medio ambiente no era una gran preocupación en el mundo. Recuerdo cuando en 1974 vi y escuché a una señora en una clínica de un pueblo del Cibao referirse a la contaminación de las aguas, la cual parece que era de la confesión religiosa de los Testigos de Jehová, lo cual me sorprendía un poco porque todavía el impacto de la contaminación de las aguas no se sentía tanto. Por otra parte, en aquellos años y todavía en años recientes sobre el medio ambiente, los ecosistemas, el cambio climático y las zoonosis se sabía mucho menos de lo hoy se sabe.

La fiebre aftosa, enfermedad de las reses que posiblemente afecte a los humanos que consumen carne de bovinos infectados de ella, es viejísima, pero poco se hablaba de ella. Esa enfermedad ha provocado conflictos en las relaciones comerciales entre Argentina e Inglaterra, con acusaciones mutuas de un país al otro de quien es el responsable de la propagación de la enfermedad. Algo semejante entre Cuba y Estados Unidos, con relacion a la propagación del virus de la peste porcina africana, que al parecer  no afecta a los humanos por consumir la carne de cerdos infectados.

Hoy se sabe que el metano que emiten las reses o bovinos es mucho más contaminante que el anhídrido (dióxido) de carbono o el monóxido de carbono, pero por eso no sacralicemos los automóviles que consumen combustibles derivados del petróleo que deben ser más de 1,000 millones que circulan por calles y carreteras, tampoco debemos sacralizar la producción industrial basada en combustión de carbón mineral o cualquier otro combustible fósil que contamine mucho. Los bovinos o reses son entre 1,400 y 1,500 millones en todo el mundo, a parte de las ovejas, las cabras y los puercos o cerdos, aunque estos contaminen menos. Además, están las aves domesticadas o salvajes que consumen los humanos, las cuales están trasmitiendo muchas enfermedades.

En el Sudeste Asiático hay las llamadas megas granjas, propiedad de grandes burgueses avícolas, las cuales amenazan la salud de los humanos con zoonosis como la gripe aviar.  Existen otros animales que aunque el ser humano no los domestique o no los haya podido domesticar, aunque no consuma su carne para alimentarse, están haciendo daños en los ecosistemas o pueden enfermar a los a los humanos y hacer daños a plantas y animales. Esto es debido principalmente a las acciones humanas que  provocan alteraciones muy grandes en los espacios de otras especies.

La mejor manera de preservar la vida en el planeta es no violar los espacios de otras especies, eliminando el consumo de plásticos, no hacer uso de los combustibles fósiles, preservar las zonas boscosas y practicar la agricultura orgánica. Es una gran mentira que con la agricultura orgánica se produce menos, porque eso aplica a un plazo muy corto, los agroquímicos deterioran los suelos y en pocas cosechas dejan de producir las plantas.

No podemos seguir tomando de mascotas animales que pueden trasmitirnos enfermedades, no podemos seguir destruyendo zonas boscosas y provocar que absuelvan cauces de ríos, debemos respetar los espacios de especies salvajes y domesticadas. Los ingleses entren los siglos XVIII y XIX llevaron a Australia que era una de sus colonias camellos desde la India y llevaron caballos que hoy son depredadores, no pudieron domesticarlos allí. Desde Australia se lleva a Europa el Eucalipto para secar pantanos, no se sabe si eso fue lo más conveniente.

No menos de 60 millones de monos invaden los espacios de los humanos porque no le dejan casi nada de la selva donde habitualmente vivían. Desorden ecológico en China con elefantes de un parque nacional, ya que se salen de él porque no lo sienten como su hábitat.  Debe de ser castigada la captura y traslados de animales salvajes que nos pueden enfermar. A preservar  los ecosistemas y con ello preservar la vida en la tierra. No podemos llegar a un definitivo  gran ecocidio y acabar con la vida. Se necesitan acciones ya.

Por Francisco Rafael Guzmán F.

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