Globalización y populismo (Primera parte)

Por Alcides Pimentel Paulino lunes 25 de febrero, 2019

Estamos asistiendo a un cambio de paradigma a nivel global. Los cambios a los que está sometiendo la globalización a la Democracia, están provocando un reajuste en todo el sistema mundial. El populismo es uno de los efectos en esta batalla que se ha desatado para manipular a la opinión pública en busca del poder. Estamos inmersos en una guerra ideológica de la que muchos no son conscientes, agravada por una crisis de sobreinformación intencionada, que busca confundirnos, para que no tengamos las ideas claras. Todo vale con tal de conseguir los objetivos.

La globalización es un proceso económico, tecnológico, político, social, empresarial y cultural a escala mundial, que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo, cuyo principal objetivo es el crecimiento y la competitividad lógica del capitalismo. La libre circulación de capitales y la sociedad de consumo son sus principales exponentes, fusionados bajo el nombre de “Neoliberalismo”. Hasta el 2007, la globalización tendía hacia el multiculturalismo, pero fruto de la crisis, diversos grupos en los países occidentales vuelven a girar hacia la asimilación occidental. La globalización es un fenómeno que tiene sus inicios en 1492 con el descubrimiento de América. La Caída del Muro de Berlín en 1989, significó la incorporación del bloque comunista que encabezaba la Unión Soviética. Organismos como el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización Mundial del Comercio (OMC), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) o el Foro Económico Mundial, intentan regularla e impulsarla, pero son las grandes empresas y las multinacionales las que llevan la voz cantante.

La globalización provoca un doble movimiento. Tiende a la igualdad a nivel mundial, pero también perjudica a las sociedades locales a nivel nacional. El auge del capitalismo asociado al libre mercado provoca un desmantelamiento del Estado del bienestar. Este fenómeno provoca una ola conservadora; tanto económica como identitaria. Muchos ciudadanos de países ricos se tornan más egoístas para no perder derechos y privilegios que se daban por eternos. En el fondo, se trata de conservar lo que queda del Estado del bienestar. Hay que imaginarse la economía mundial o la riqueza como un gran pastel, como explica la “teoría de los bienes limitados”. Si cada vez hay nuevos países que se llevan trozos más grandes, hay menos para repartir entre el resto.

La palabra populismo es un fiel reflejo de la “realidad difusa o líquida” que se ha creado, como dice Zygmunt Bauman. El populismo es un concepto difícil de definir. Se podría decir que es la filosofía política que defiende los derechos de las clases populares contra las élites privilegiadas. Populismo deriva de “populi“, es decir, de lo popular, del pueblo llano. Se trata por tanto de una tendencia política que tiende a defender los intereses y las aspiraciones del pueblo. El inconveniente es que el pueblo en su conjunto es muy complejo, de modo que el objetivo es convencer a la “mayoría” con argumentos, en muchos casos falsos, pero que les benefician. No se trata de un fenómeno nuevo. En la antigua Roma existían los “factio popularium” que eran partidos o facciones del pueblo.

 

El populismo se sustenta en la “Demagogia”, que es el empleo de halagos, falsas promesas que son populares (bien intencionadas), pero difíciles de cumplir. Se utilizan procedimientos similares al populismo para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de la propia ambición política. La polarización actual de la sociedad es un buen caldo de cultivo para estas ideas. El peligro es que tanta polarización ideológica podría desembocar en conflictos civiles o bélicos.

 

Las sociedades modernas se han dividido en dos bandos claramente definidos: progresistas y conservadores, que no es exactamente lo mismo que derecha e izquierda. En medio queda un amplio espectro de personas que son críticos con ambos bloques, pero que consideran que en los dos hay cosas positivas, de ahí el auge de los denominados partidos de centro. Esta división es más compleja que la que se producía entre la clase trabajadora por un lado y la burguesía, el clero y la aristocracia por el otro.

 

El populismo se utiliza para cosas muy diferentes. Se basa en lo “políticamente correcto“, en lo que se supone que la mayoría quiere oír. La palabra “populista” se ha convertido en peyorativa porque sus argumentos no están basados en los hechos o los datos objetivos, sino en sentimientos. El populismo es más una estrategia que una ideología, ya que puede ser de izquierdas o de derechas. El populismo es utilizado con frecuencia por la extrema izquierda como por la extrema derecha en términos demagógicos. Partidos como Syriza o Alternativa para Alemania (AFD), no tienen reparos en utilizar la demagogia o el populismo para convencer a la opinión pública. Como afirma Ernesto Laclau, el populismo intenta reducir fenómenos complejos a simplificaciones que llegan a la opinión pública mediante dicotomías (buenos/malos, ricos/pobres, trabajadores/privilegiados, hombres/mujeres, nacionales/inmigrantes, etc.). Populistas de derechas pueden ser Donald Trump (EE.UU), Marine Le Pen (Francia), Mauricio Macri (Argentina), Nigel Farage (Inglaterra), Viktor Orban (Hungría) o Jaroslaw Kaczynski (Polonia).

 

El término populista cuando se utiliza con intención peyorativa puede ser muy subjetivo, y esto contribuye a perder los límites sobre el término. Se utiliza con demasiada frecuencia para definir al adversario político, como ocurre con el término fascista. De ahí que líderes como Evo Morales, Luís Ignacio Lula da Silva, Michel Bachelet, Álvaro Uribe, Rafael Correa, Hugo Chávez, Antauro Humala, sean tachados de populistas.

 

Bajo una supuesta “igualdad social”, disfrazada de justicia, se intentan sustituir los planteamientos o argumentos racionales por emocionales. La frase: “poner urnas no puede ser nunca ilegal” tiene trampa. Según la Real Academia Española (RAE) el populismo es una “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. En general, los populismos presentan unas cuantas características comunes, como son: el rechazo de las instituciones tradicionales existentes y a los profesionales de la política, en su conjunto. Prefieren mediante una retórica nacionalista o ultranacionalista movilizar a las bases para realizar cambios sociales significativos. En muchas ocasiones, los populistas caen en contradicciones al bajar a la compleja realidad. Muchos líderes populistas derivan en caudillos al confundir los movimientos con su persona. Puede que algunos de ellos no sean conscientes de este hecho, como le ocurre a Pablo Iglesias en Podemos. Trump e Iglesias comparten esta simplificación de la realidad, aunque estén en polos opuestos. Ambos son autoritarios a su manera. Intentar engañar a la opinión pública, con argumentos simplistas, alejados de la realidad de la democracia liberal. Ellos, ambos hedonistas, son el movimiento.

 

En Europa, el populismo de izquierda ha utilizado como enemigo al sector financiero global y a los intereses económicos y políticos alemanes. En España, el enemigo era “la casta“, un conglomerado formado por los dos principales partidos, el Partido socialista (PSOE) y el Partido Popular (PP). Para Podemos, a pesar de sus diferencias ideológicas, los dos representan a las élites que habían usurpado el poder popular. Para la derecha, el populismo, son las ideas más radicales de la izquierda que tienden al comunismo/socialismo, interpretado como un modelo que perjudica a toda la población, y no solo a la clase trabajadora. Para el filósofo Fernando Savater, los populistas son como “curanderos” de la política. Personajes que plantean soluciones ilusorias a problemas reales complejos. Ser populista es creer que el pueblo tiene razón siempre, sin importar si lo que plantea es justo o cierto. ¿No es curioso que Putin o Puigdemont tengan la misma idea sobre Europa cuando no les dan la razón?

 

Las ideas populistas son fáciles de implantar, debido a la ignorancia de gran parte de la opinión pública cegada por lo políticamente correcto y mal informada. En España, el 40% de la población no lee. En el mundo anglosajón, el término populista se utiliza de manera positiva y negativa, mientras que en castellano, la interpretación peyorativa es mayoritaria. Como afirma Ernesto Laclau, los populismos adoptan una especie de representación teatral, en la que simulan defender al pueblo, mientras defienden su parcela de poder, al tiempo que legitiman los intereses de la élite capitalista.

 

Los “Think tanks” o laboratorios de ideas son el mejor exponente del populismo. Como afirma Stephen Walt, la mayoría de laboratorios de ideas están vinculados a intereses particulares. No buscan aclarar la verdad o acumular conocimiento, sino convencer a la opinión pública sobre sus teorías como es el caso de Steve Bannon. Los “Think tanks” son ejércitos en la batalla ideológica que se está produciendo a nivel mundial. La importancia de los rusos en las elecciones americanas, el aumento del fascismo o los separatismos, huelen mucho a “fake news“. Excusas de mal perdedor ante fenómenos complejos. En mayor o menor medida, todos los partidos políticos mienten, para poder llegar al poder. Nadie está en posesión de la verdad absoluta, ya que ésta no existe.

 

 

Por Alcides Pimentel Paulino

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