Franklin Mieses Burgos

Por Ramón Saba jueves 16 de enero, 2020

Franklin Mieses Burgos nació en Santo Domingo el 4 de diciembre de 1907 y murió en esta misma ciudad el 11 de diciembre de 1976.

Fue uno de los primeros en integrar el movimiento literario denominado Poesía Sorprendida que según explicaba nuestro postumista Domingo Moreno Jimenes, su origen se produjo gracias a su iniciativa (la de Moreno Jimenes) en contubernio con el poeta chileno Alberto Baeza Flores y el dominicano Mariano Lebrón Saviñón , luego estos dos últimos se reunieron con Franklin Mieses Burgos, Freddy Gatón Arce y el poeta y pintor  español Eugenio Fernández Granell y, bajo el lema de “Poesía con el hombre universal”, dejaron formalmente constituido el grupo.

Los más relevantes integrantes de este movimiento que acabó liderando Mieses Burgos fueron Rafael Américo Henríquez, Manuel Llanes, Manuel Valerio, Freddy Gatón Arce, Manuel Rueda, Mariano Lebrón Saviñón, Antonio Fernández Spencer , José Glass Mejía y la única mujer fue Aida Cartagena Portalatín, cuyo período de acción se enmarcó entre los años 1943 al 1947.

Considerado por muchos como el mejor exponente de la poesía lírica dominicana por sus poemas cabalmente elaborados que incluyen formulaciones populares extremadamente musicales (como es el caso de su poema-merengue Por dentro de una noche) , poseedores de una lírica que se ajusta fácilmente tanto a los cánones de la poética medida como a la versificación libre, salpicada ambas de las más hermosas metáforas y plenos de unos matices sensuales de corte surrealista, donde se descubre su maestría en el manejo de temas de carácter social, político o filosófico.

Son muchísimos los escritores, críticos, poetas y estudiosos de nuestra literatura que consideran a Franklin Mieses Burgos un poeta entero, de hondos temblores y sublimes emociones, entre ellos Mariano Lebrón Saviñón, Federico Henríquez Gratereaux, José Mármol, Nitín Troncoso, León David y quien suscribe este artículo; aunque otros notables intelectuales, como Máximo Vega, consideran que “se exagera cuando se intenta asumir a Mieses Burgos como el mejor poeta dominicano del siglo XX. La crítica dominicana se enfrenta a una imposibilidad, a una guerra perdida de antemano, como todas sus guerras”.
Indiscutiblemente que en la poesía de Franklin Mieses Burgos resalta una estética plena de aspectos espirituales y sensoriales. La imagen táctil, olorosa, dotada de ciertas tersuras y alusiones musicales, sonoras y visuales que lo convierten en el poeta de los sentidos, cuya versatilidad transitaba desde el más sutil de los sonetos hasta el más cadencioso verso libre.

Otros autores como la poeta Rosa Silverio, pondera de nuestro protagonista que “Si se analiza toda su producción poética, se verá cómo es capaz de construir un poema a través de la versificación libre, o como es capaz de hacer lo mismo sometiéndose a la versificación tradicional, sin que su trabajo pierda ese toque moderno y actual, pero sobre todo poniendo en cada línea su sello personal, su voz inconfundible, su propio discurso.”

Algunas de sus principales obras fueron Torre de voces, Trópico íntimo, Propiedad del recuerdo, Clima de eternidad, 12 sonetos y una canción a la rosa, Seis cantos para una sola muerte, El ángel destruido, Presencia de los días, El héroe y Al oído de Dios, entre otras de igual relevancia.

Indiscutiblemente que Franklin Mieses Burgos es una de las figuras más representativas de la poética dominicana de todos los tiempos, por lo que esta entrega de TRAYECTORIAS LITERARIAS DOMINICANAS cierra presentando uno de sus brillantes sonetos:

A la sangre

Agua de soledad, agua sin ruido,
desatado cristal de pura fuente;
agua que va cayendo interiormente
en mi cielo más hondo y escondido.

¿Qué misterioso viento sumergido,
tu natural hechura de torrente
transfigura ideal y simplemente
en un rojo clavel enardecido?

Hay un íntimo dios que te construye.
El mismo dios que lento de ti fluye
por los labios abiertos de la herida.

Vivo clavel humano que perdura
sujeto por la leve arquitectura
de la fugaz estatua de la vida.

Por Ramón Saba

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